Belén, al terminar de escuchar la historia tan fantasiosa que su amiga acababa de inventar, no pudo evitar soltar una carcajada. Al ver el rostro serio de Sofía, intentó calmarse y dijo entre risas:
—Espera... ¿Lo dices en serio?
Sofía se cruzó de brazos y asintió con firmeza. Belén, con una sonrisa incrédula, añadió:
—Ay, amiga... lo que me pides es imposible. No solo cambiaría la historia por completo, sino que, llegado el momento, estaría en la misma posición de siempre...
—En eso te equivocas. Esta vez vas a escribir una crónica de tu vida.
—¿Qué?
—Bel, es obvio. Te enamoraste de ese hombre aquella noche. Escribiste tres libros fantaseando con una vida a su lado, e incluso puedo asegurar que lo investigaste para que Erick —tu Erick— fuera lo más parecido posible a él.
—Sofía, ¿qué estás diciendo? Eso es una locura. Sabes en lo que me convertiría si lo que dices fuera cierto.
—En una mujer enamorada. Tal vez algo loca, no digo que sea lo más normal del mundo, pero eres una buena persona, amiga.
Belén no sabía si sentirse ofendida o halagada por las palabras de su amiga, pero antes de que pudiera replicar, Sofía continuó:
—Lo que quiero decir es que tienes que dejar de escribir sobre lo que pudo ser... y empezar a escribir sobre lo que realmente sientes. Tal vez, al hacerlo, te enfrentes a una verdad dolorosa y descubras que tu hombre ideal no era tan perfecto como creías. Pero eso también te va a ayudar a soltarlo... y a seguir con tu vida.
—No lo sé, es mucho que procesar... Además, los lectores no estarán nada felices si cambio todo tan de golpe.
—Yo opino lo contrario. Le daría un toque de realismo a toda la saga. Ahora dime... ¿quién es Erick?
—No estoy segura... —intentó evadir la mirada inquisitiva de Sofía, pero esta rápidamente insistió:
—Dímelo.
—Erick Black... —soltó sin más.
—¿Erick Black? ¿El multimillonario, playboy y mujeriego Erick Black?
—Te lo dije. No creo que sea buena idea...
—Ese tipo, amiga... ¿cómo pudiste fantasear tanto con alguien como él? ¿Cómo terminaste una noche con él?
—Oye, sé que no es perfecto... pero sí sabe cómo tratar a una mujer en la cama.
—Eso no lo dudo. Has escrito tres libros reviviendo una sola noche... me puedo imaginar lo bien que te trató.
Belén frunció el ceño al ver la sonrisa burlona de su amiga. Sofía, sin perder el tono juguetón, añadió:
—No voy a negar que es todo un adonis, pero ese hombre se va a morir soltero. Su vida entera gira en torno a mujeres hermosas, fiestas y mucha, pero mucha noche. ¿Qué pasó? ¿Cómo terminaste con él?
—Esa noche había bebido mucho. Estaba muy deprimida. Mi ex prometido me había dejado porque ya no quería esperar más...
—Espera... ¿no era mentira lo de que solo estuviste con un hombre en tu vida?
—No. Siempre creí que debía llegar virgen al matrimonio, y que el hombre que me amara debía esperarme.
—¿Y cuánto te esperó Erick? ¿Media hora? —replicó con una sonrisa sarcástica.
—Oye, no bromees con eso. Aún me siento mal por lo que hice. Le fallé a mi padre, a Dios y a mí misma. Fui criada en un hogar estrictamente religioso. Cuando conocí a Mateo, le conté mi decisión y él prometió esperarme. Pero lo que no sabía era que, mientras me respetaba a mí, se acostaba con cuanta mujer se le ofrecía. Cuando me enteré, lo enfrenté, y me dijo que ya no quería esperar más. Que si no teníamos sexo, él no quería casarse.
—Maldito manipulador... ¿Después de cuántos años juntos te dijo eso?
—Después de tres...
Sofía se quedó en silencio. Ella también era católica, pero había tomado un camino muy distinto: rompió esa promesa con su esposo y se casó embarazada. No podía decir que entendía completamente a Belén, pero sabía que no todos los hogares religiosos eran iguales. Y el de su amiga, claramente, había sido mucho más estricto.
—La noche que lo enfrenté, rompimos el compromiso. No quería ir a casa... tenía miedo de ver el rostro de decepción de mi madre y el de mi padre. Así que fui a un bar y empecé a beber. Era la primera vez que lo hacía y, pronto, empecé a marearme. Salí a tomar aire y entonces lo vi. Él estaba allí, fumando un cigarrillo, vestido de n***o. Sus ojos verdes brillaban bajo la luz de la luna, y su traje... su traje ajustaba sus músculos como si hubiese sido hecho a medida, como si fuera un guante.
—Así, tal cual lo describiste en tu historia...
—Es que así fue como lo viví... Recuerdo que él me miró luego de unos minutos de haber llegado y, al ver que no me acercaba, volteó a verme y directamente me preguntó…
Flashback
Hace cinco años…
Belén.
Luego de pasar varios minutos tomando aire, esperando que el malestar se desvaneciera, escuché una voz ronca y grave a mi lado:
—¿Te encuentras bien?
Sin levantar el rostro, asentí apenas, intentando no parecer tan vulnerable.
—Sí… es solo que allí adentro no podía respirar —murmuré con voz temblorosa.
Escuché el sonido de sus pasos acercándose. Su tono bajó, tornándose más suave y atento:
—¿Necesitas que te traiga agua?
Negué con la cabeza y esbocé una sonrisa débil.
—No, estoy bien. Se me pasará… tal vez. Es la primera vez que bebo y… me siento mareada. ¿Eso es normal?
Levanté la mirada, y entonces lo vi con claridad. Sus ojos verdes brillaban bajo la tenue luz exterior, y una sonrisa se asomó en sus labios, perfectamente delineados.
—Es normal —dijo con calma—. Con el tiempo, te acostumbras.
Solté una risa nerviosa, sin saber bien por qué.
—¿A quién le gustaría sentirse así? Siento que todo se mueve… o soy yo la que está dando vueltas.
El hombre se acercó aún más. Con delicadeza, me tomó del brazo, su tacto cálido, firme.
—Ven, siéntate aquí. Se te pasará pronto —me guió hacia un banco de metal junto a la pared—. ¿Cuánto bebiste?
—Eso es lo más loco… solo una copa. Mi tolerancia al alcohol es... inexistente.
Soltó una risa baja, relajada, mientras se sentaba a mi lado.
—Entonces quédate tranquila. En un rato estarás como nueva. ¿Quieres que llame a alguien? ¿Hay alguien dentro que pueda acompañarte?
Negué con la cabeza rápidamente, tragando saliva.
—No... vine sola. No quería volver a casa.
Asintió lentamente, sin juzgar, manteniéndose cerca pero sin invadir mi espacio. Su mirada permanecía en mí, cálida y atenta.
—Hay días en los que yo tampoco quiero regresar. Pero dime… ¿por qué no quieres volver? Digo, si quieres hablar. Soy bueno escuchando.
Me quedé en silencio unos segundos. Luego bajé la mirada, mis dedos entrelazándose sobre mi falda.
—Porque soy una decepción —murmuré, casi en un susurro—. Mi familia cree que todo lo que hago está mal. A veces desearía haber nacido en otra familia… o no tener ninguna. Tal vez así no me preocuparía tanto por el qué dirán, y podría vivir libremente.
—Oye… ¿estás hablando de ti o de mí? —respondió con una sonrisa leve, pero sus ojos se nublaron, oscuros, como si mis palabras hubieran tocado una fibra profunda—. Mi familia es igual. Hay días que me siento como tú, pero luego recuerdo que, gracias a ellos, estoy vivo. No sé cuál es tu caso, pero… a menos que hayas matado a alguien, todo tiene solución.
—Mi prometido acaba de romper nuestro compromiso… a un mes de la boda. Mis padres ya lo consideraban parte de la familia. Estoy segura de que mi madre me culpará.
—Vaya… eso sí que no tiene solución fácil —dijo, pasándose una mano por el cabello—. Yo también rompí un compromiso una vez. Matrimonio arreglado. No quería que mis padres decidieran con quién debía pasar mi vida, y casi arruino una amistad por eso. Mi padre dejó de hablarme por meses.
—Mi prometido rompió porque no quise acostarme con él —confesé en un hilo de voz. Vi cómo su expresión cambiaba, entre sorpresa y algo más difícil de leer—. No es que no quisiera… solo quería cumplir mi promesa. Llegar virgen al matrimonio.
—¿Todavía se usa eso? —preguntó, sin burla, genuinamente curioso.
—No estoy mal por quererlo… ¿o sí?
—No, claro que no. Pero el sexo es parte fundamental de una relación. Tal vez él ya no podía esperar…
—No fue solo eso. Mientras decía que esperaría… él se acostaba con otras. Me engañaba, y luego quiso hacerme sentir culpable por no ceder.
Vi cómo apretó la mandíbula, molesto.
—Eso es peor. Él sabía en lo que se estaba metiendo. Faltó a su promesa y encima te hizo cargar con su culpa.
—No quería enfrentar la decepción en los ojos de mis padres. Por eso vine aquí.
—Si les cuentas la verdad, puede que no te culpen…
—Tal vez mi padre no… pero mi madre seguramente sí.
—Ese tipo era un idiota —dijo con firmeza—. Si les cuentas lo que me contaste a mí, seguro te entenderán.
—No entiendo por qué se comportó así…
—Porque él ya tenía una vida s****l activa, y tú le pediste algo que implicaba cambiar su forma de vida. Si fuera al revés… tal vez tú hubieras hecho lo mismo.
—No puedo saberlo. Nunca he estado con nadie...
Guardó silencio unos segundos. Luego, con voz más baja, dijo:
—No entiendo por qué se le da tanta importancia a eso…
—Porque nuestra religión lo dice…
—Créeme… no te irás al infierno por tener relaciones antes del matrimonio. Eso es una mentira que muchos padres repiten para que sus hijas se guarden para hombres que no lo merecen. En lo personal, no me importa con cuántos hayan estado antes… a mí me importa que puedan encenderme.
—¿Encenderte? ¿Qué es eso?
Sus ojos brillaron con picardía, y su voz se volvió más grave, más intensa.
—¿Quieres que te enseñe?
Aunque aún me sentía mareada, asustada… y nerviosa, asentí. Era como si algo dentro de mí se hubiera soltado. Como si necesitara perder el control solo por esa noche.
Su mano subió lentamente hasta mi nuca. Me acercó con suavidad y, por un instante, nuestras respiraciones se cruzaron. Mi corazón golpeaba fuerte. Entonces, sus labios rozaron los míos con dulzura. El primer beso fue lento, explorador. Luego, su lengua buscó la mía, y respondí sin pensar, dejándome llevar.
Sus besos descendieron a mi cuello, húmedos, lentos, quemándome la piel con cada roce. Sentí un escalofrío recorrerme.
—Dime qué estás sintiendo ahora… —susurró cerca de mi oído, con voz ronca.
Mi respiración se agitó. Sentía un cosquilleo recorrer cada centímetro de mi cuerpo, como si lo estuviera tocando por primera vez con todos los sentidos.
Sus manos se deslizaban por mis brazos, por mi espalda, como si conocieran cada rincón de mí. Intenté hablar, pero no pude. Solo pude mirarlo.
—¿Quieres que me detenga? —preguntó, con sus labios aún rozando los míos.
—No… —susurré apenas.
Era la primera vez que me besaban así. Era la primera vez que quería ser besada así.
Cuando se separó buscando aire, sentí un vacío, un hueco que me urgía a llenar. Me acerqué otra vez, pero él me detuvo con una sonrisa.
—Eso es encender —dijo en voz baja—. Si quieres que continúe… ya no podré detenerme.
Lo miré, mordiendo mi labio inferior, temblando. Pero también decidida. Y con un hilo de voz, pronuncié:
—Está bien… quiero aprender más.
Su mirada cambió. Se volvió intensa, hambrienta. Me besó con fuerza, como si mi consentimiento lo hubiera liberado de cualquier límite. Estaba perdida. No sabía qué estaba haciendo, pero no quería que parara.
Tomó mi mano con firmeza y, mirándome a los ojos, dijo con voz profunda:
—Ven… vamos a mi oficina.
Y sin más, me llevó con él. Cruzamos una puerta lateral y, apenas estuvimos dentro, me acorraló contra la pared. Sus labios volvieron a buscarme con deseo, con fuego. Y yo… me entregué por completo.
Esa noche fue nuestra única verdad.