Fin del flashback.
Han pasado cinco años… y todavía recuerdo esa noche como si hubiese ocurrido ayer. A veces me convenzo de que fue un sueño, de que nada de eso fue real. Pero entonces cierro los ojos… y puedo sentirlo. Su voz ronca, sus labios explorando los míos, sus manos rodeando mi cuerpo con una seguridad que me desarmó.
Esa noche no fui yo. O tal vez sí… tal vez fue la versión más libre —y más perdida— de mí misma. La que no pensaba en promesas, ni en culpas, ni en lo que diría mi madre al enterarse. Solo quería dejar de sentirme sola… aunque fuera por unas horas.
Nunca volví a verlo. Nunca supe quién era realmente. Y, sin embargo, lo convertí en mi personaje perfecto. En cada página lo reescribí, lo idealicé, lo amé con palabras que nunca se dijeron en voz alta. Lo volví mío… en papel.
A veces me siento ridícula. ¿Cómo pude obsesionarme tanto con alguien que apenas conocí? Pero luego pienso en todo lo que representó para mí: fue consuelo, fue escape, fue fuego en medio del hielo. Fue el único que no me pidió explicaciones… ni me exigió nada.
Y, sin embargo, también fue el comienzo de una culpa que nunca he sabido enterrar. Porque rompí mis promesas, traicioné mis principios… me traicioné a mí misma.
Pero si cierro los ojos y dejo que el recuerdo me envuelva, no hay arrepentimiento. Solo hay nostalgia. Y un deseo silencioso de volver a sentirme así… viva.
No sé si lo amé. Tal vez no. Tal vez solo amé lo que me hizo sentir por un instante. Pero esa noche… esa noche sigue siendo mi secreto más sagrado. El único que nadie me ha podido arrebatar.
—Nena… Bel… ¡Belén!
El chasquido insistente de unos dedos frente a su rostro la sacó de su ensoñación. Sofía la miraba con los ojos muy abiertos y una ceja arqueada.
—Vuelve a la tierra, amiga… Estabas mirando la nada con esa cara de “acabo de besar a un dios griego”.
Belén parpadeó, tragó saliva y bajó la mirada, sintiendo el calor subirle por el cuello.
—Lo siento… me fui un segundo.
Sofía sonrió como si supiera exactamente a dónde se había ido.
—Un segundo muuuy largo… ¿Estabas escribiendo en tu cabeza o recordando a tu “personaje misterioso”?
Belén sonrió apenas, sabiendo que no podía engañarla.
—Un poco de ambas cosas...
—Perfecto… porque mientras tú estabas en tu mundo, yo me puse a investigar un poco… y lo tengo.
Belén frunció el ceño, sin entender.
—¿Qué tienes?
—La entrada —dijo Sofía, bajando la voz como si revelara un secreto de Estado—. En la empresa de tu adonis están buscando secretaria.
Belén la miró como si hablara en otro idioma.
—¿Qué? ¿Cómo sabes eso? ¿Y cómo se supone que eso me ayudaría?
—El cómo no importa —Sofía hizo un gesto dramático con la mano—. Lo importante aquí es que ese es tu pase directo a él.
—Ay, Sofía, no te estoy siguiendo. Sé más clara.
Sofía se inclinó hacia ella, con los ojos brillando de emoción.
—Bel, escucha. Imagina que Cristin—tu protagonista—, después de despertar del coma y darse cuenta de que todo lo vivido con Erick fue solo una ilusión… decide buscarlo. Porque necesita saber si la realidad puede superar a su fantasía. Así que, ¿qué hace? Se postula para un trabajo en su empresa. No para espiarlo, no para forzarlo… solo para estar cerca. Para ver si lo que sintió en sueños tiene eco en la vida real.
—¿Y luego?
—Luego… no sé. Ahí es donde entra tu cabeza loca de escritora. Yo ya hice mi parte.
Belén se quedó en silencio, mordiéndose el labio inferior. Sofía la conocía demasiado bien. Sabía cómo tocar sus hilos sin parecer manipuladora. Y lo peor era que... lo que proponía no era una locura. O sí lo era, pero de esas que tentaban.
—No lo sé, Sof. Aún no estoy segura de todo esto…
—No tienes que estar segura, Bel. Solo tienes que estar viva. Y hace años que te veo respirando, pero no viviendo. Tal vez… este sea el primer paso.
Belén bajó la mirada. Su corazón latía con más fuerza de la que estaba dispuesta a admitir. ¿Y si tenía razón?
—Es una locura —susurró.
—Todas las buenas historias lo son.
Luego de insistirle un poco más, Sofía finalmente se despidió. Pero antes de irse, le hizo prometer a Belén que lo pensaría. Su idea era descabellada, sí, pero también sincera. No se trataba solo de terminar el libro. Quería que su amiga cerrara ese capítulo o, tal vez, comenzara una historia nueva. Pero esta vez… en la vida real.
***
Esa noche.
La pantalla de su laptop iluminaba la habitación en penumbra. El cursor parpadeaba sobre el formulario digital como si también dudara. Nombre completo, dirección, referencias… Todo era tan normal, tan frío. Nada en ese formulario parecía preparado para el verdadero motivo por el que estaba allí.
Belén respiró hondo. Sus dedos flotaban sobre el teclado, temblorosos. Su corazón latía con esa mezcla de miedo y adrenalina que solo se siente antes de hacer una locura… o de enamorarse.
“Esto es ridículo”, pensó.
Y aun así, ahí estaba.
Había buscado el nombre de la empresa dos veces. Había leído y releído los requisitos del puesto. No era nada fuera de su alcance. Un empleo administrativo sencillo, uno que podía desempeñar sin problema. Lo había hecho antes.
Pero esta vez… el trabajo no era el objetivo.
El objetivo tenía un rostro difuso en su mente, una voz grave atrapada en su memoria y un recuerdo tan vivo que dolía.
"¿Y si no me reconoce?"—pensó.
"¿Y si sí lo hace...?"
Se levantó de la silla y comenzó a caminar por la habitación, como si el movimiento pudiera calmar su mente. Sofía no dejaba de repetirle: “Hazlo por ti, no por él”. Pero eso era una mentira piadosa. Lo estaba haciendo por ambos. Por lo que pudo haber sido. Por lo que aún —quizás— podría ser.
Volvió a sentarse. Sus dedos tocaron las teclas, una a una. Completó el formulario sin mirar atrás. Cuando llegó al final, solo había un botón:
“Enviar solicitud”.
Cerró los ojos. Por un instante, solo escuchó su respiración.
Y luego… hizo clic.
El silencio de la habitación fue absoluto. Belén apoyó la frente contra la mesa y sonrió, nerviosa.
—Dios mío… ¿qué acabo de hacer?