Al día siguiente
—¿¡Lo hiciste!?
Sofía apareció en la cafetería como una ráfaga de viento, con los ojos brillando de emoción y una sonrisa tan amplia que parecía querer partirle la cara. Belén ni siquiera tuvo tiempo de responder; su amiga ya estaba sentada frente a ella, con el café en una mano y el celular en la otra, como si estuviera lista para documentar la confesión.
—No sé de qué estás hablando —respondió Belén, bajando la mirada hacia su taza de té.
—¡Ay, por favor! —Sofía le dio un leve empujón en el brazo—. Me conoces, Bel. Si no lo hubieras hecho, tendrías esa carita de “me siento culpable pero tengo mis razones”. Pero ahora mismo tienes cara de “acabo de lanzar una bomba y no sé cómo desactivarla”. ¡Así que habla ya!
Belén sonrió, derrotada.
—Ayer… lo envié.
Sofía soltó un grito ahogado y dio un golpecito entusiasta en la mesa, derramando un poco de café.
—¡Sí! ¡Sabía que lo harías! Sabía que la voz de la tentación —o sea, yo— no podía ser ignorada.
—Me siento una lunática, Sofía.
—No, te sientes viva. Hay una gran diferencia. Y si el universo te da una segunda oportunidad, ¿por qué no tomarla?
Belén suspiró.
—¿Y si ni siquiera se acuerda de mí? ¿Y si fui solo una noche olvidada entre muchas?
—Entonces cierras ese capítulo con dignidad, la cabeza en alto… y escribes el mejor final posible. Pero si sí se acuerda —Sofía alzó una ceja con teatralidad—, bueno… ya sabemos quién se va a inspirar para su próxima novela erótica.
Belén rió, aliviada por la ligereza de su amiga. Sofía siempre sabía cómo ponerle color a sus sombras.
—Gracias… por empujarme al abismo con tanto entusiasmo.
—Siempre. ¿Qué clase de mejor amiga sería si no?
***
Tres días después
Belén estaba en su pequeño estudio, sentada frente a la computadora, intentando avanzar con el nuevo capítulo de su novela. El cursor parpadeaba en la pantalla, tan indeciso como ella. Había reescrito la misma línea tres veces cuando su celular vibró sobre el escritorio.
Lo miró sin apuro, pensando que sería Sofía con algún meme o una teoría descabellada sobre “el Adonis corporativo”. Pero no. Era un número desconocido.
Dudó antes de contestar.
—¿Hola?
—¿Señorita Belén Ferrer?
—Sí, ella habla.
—La llamamos de la oficina de Recursos Humanos de Vanguard Enterprises. Hemos recibido su currículum para la vacante de secretaria ejecutiva. ¿Tiene unos minutos?
Belén se quedó en silencio un segundo. Su corazón dio un salto tan fuerte que temió que se oyera al otro lado del teléfono.
—S-sí… sí, claro.
—Perfecto. Su perfil nos ha parecido interesante, y quisiéramos agendar una entrevista preliminar con usted. ¿Podría asistir este viernes a las 10 de la mañana?
—Sí. Sí, puedo.
—Excelente. Le enviaremos un correo con los detalles. Muchas gracias por su tiempo, señorita Ferrer. Que tenga un buen día.
—Igualmente… gracias.
Cortó.
Y se quedó ahí, en silencio, como si el universo le hubiera respondido un “sí” que no se atrevía a pedir en voz alta.
Tomó el celular y le escribió a Sofía.:
“Me llamaron.” "Viernes diez de la mañana tengo una entrevista."
Tres segundos después, su teléfono volvió a sonar, sin abandonar la sonrisa contestó la llamada y Sofía grito.
—¡¡¡TE DIJE, NENA, TE DIJEEE!!! —chilló Sofía al otro lado del auricular—. Este viernes, diez de la mañana, empieza la historia. ¡A por él!
Belén sonrió, nerviosa, mordiéndose el labio.
—Sofía…
—¿Sí?
—¿Y si todo esto termina mal?
—Entonces será una gran historia. Pero… ¿y si no?
Y por primera vez en mucho tiempo, Belén dejó que esa posibilidad germinara dentro de ella.
***
Dos días después
El sonido de la notificación aún retumbaba en su cabeza:
…y entonces lo leyó:
“Estimado/a postulante:
Nos complace informarle que ha sido preseleccionada para una entrevista presencial con el equipo de Recursos Humanos de Black Enterprises.”
Belén dejó el teléfono sobre la mesa como si quemara. Sus ojos se abrieron de par en par. Sintió una presión en el pecho, una mezcla entre vértigo y emoción que le dejó sin aire.
—No puede ser… —susurró, poniéndose de pie.
Caminó en círculos por el cuarto, con la notificación aún fresca en la pantalla, brillando como si fuera una señal del destino. Era real. Tenía una entrevista. Con él. En su empresa. Después de cinco años escribiendo sobre ese hombre, ahora estaba a punto de enfrentarse a su versión real.
Le temblaban las manos.
Tomó el teléfono y volvió a leer el mensaje.
“La entrevista se realizará el lunes a las 10:00 hs en nuestras oficinas centrales. Rogamos puntualidad. Llevar CV impreso y referencias.”
—Lunes… —repitió en voz baja.
Era jueves por la noche. Tenía el fin de semana para prepararse… y para entrar en pánico.
***
Lunes – 9:57 a.m.
El ascensor subía lentamente hacia el piso 27. Belén miraba su reflejo en el espejo pulido de acero inoxidable. Llevaba un traje sobrio, el cabello recogido, maquillaje discreto. Profesional. Irreconocible, incluso para ella misma.
Su corazón latía con fuerza, como si intentara escapar del pecho.
Las puertas se abrieron. El piso era de mármol. El ambiente, silencioso. Impecable. Caminó hacia la recepción con pasos decididos, repitiendo en su mente la historia que había ensayado durante tres días: su experiencia, sus motivaciones, sus respuestas predefinidas para no derrumbarse en el intento.
—Buenos días. Vengo por la entrevista para el puesto de asistente administrativa. Belén Ferrer —anunció con voz firme, aunque por dentro se moría de los nervios.
La recepcionista sonrió y la hizo sentarse unos minutos. El reloj marcaba las 10:01 cuando un hombre alto, de camisa blanca y corbata azul oscuro, apareció por una puerta lateral. Llevaba una carpeta bajo el brazo y una expresión amable.
—Belén Ferrer —llamó.
Ella se puso de pie. Tragó saliva.
—Por aquí, por favor.
Lo siguió por un pasillo elegante, con paredes decoradas con fotografías en blanco y n***o de eventos corporativos. Cuando llegaron a una sala de reuniones, el hombre le indicó que esperara. Le dijo que la entrevista empezaría en unos minutos.
Belén se sentó. Las palmas le sudaban. El reloj marcaba las 10:06 cuando la puerta volvió a abrirse.
Y entonces… lo vio.
Él.
Erick Black.
Alto. Imponente. Elegante.
El mismo hombre que había encendido su cuerpo y congelado su alma cinco años atrás.
El mismo que había protagonizado sus novelas, sus fantasías, sus noches en vela.
Él también la vio. Y por un instante… el tiempo se detuvo.
Sus ojos verdes se clavaron en los suyos. Hubo una vacilación mínima. Apenas un parpadeo. Pero suficiente para que Belén lo notara.
—Buenos días —dijo Erick con voz firme, dejando su carpeta sobre la mesa sin apartar la vista de ella.
Belén intentó sonreír. Su voz salió más débil de lo que esperaba:
—Buenos días.
Erick tomó asiento frente a ella, sin abrir la carpeta.
—Belén Ferrer … —repitió, como si saboreara el nombre—. ¿Nos conocemos?
El silencio fue denso.
Ella se humedeció los labios y, con un tono tan neutro como pudo, respondió:
—No lo creo.
Pero sus ojos… sus ojos decían otra cosa.
Y los de él… también.
Erick ladeó levemente la cabeza. Su mirada se volvió más intensa. El juego había comenzado.