12. ¿Quién es ese cliente “especial” que les ayudó con la hipoteca?
Duke aparece en su auto rojo, con una sonrisa seductora.
—Sube —me dice mirándome con ganas de cogerme. Abro la puerta de adelante y me acomodo. Su olor lo impregna todo, me envuelve y hace que desee quedarme a lado de él. Arranca de una como si estuviera en medio de una carrera. Él atento a la carretera de tierra y yo, a él, abro mis piernas para llamar su atención, me acomodo de una manera que si él quisiera podría ponerse encima y cogerme. Me toco una teta, imitando a las chicas de las películas porno. Eso atrae aún más su atención me mira intrigado, aun así no se detiene. El juego continúa hasta que veo que estamos cerca. Me arreglo la ropa, lista para bajar. Cuando llegamos y estaciona justo en la puerta de casa, mete su mano entre mis piernas.
—No, aquí no…
—Sí, aquí sí… todo el camino me tuviste calentando… —mete sus dedos entre mi calzón y al notar lo húmeda que estoy, los introduce de una, y me saca un gimoteo placentero.
—¿Ves? Siempre te pongo caliente…
Me masturba como un profesional haciendo que termine y escuche las campanas.
Quiero tocar su palo, pero no me lo permite.
—Te veo mañana, no lo olvides.
Asiento con la cabeza como un muñeco de esos que mueven la cabeza automáticamente. Busco mi porta cuadros en los asientos traseros, no lo veo en ningún lado.
—¿Dónde está mi porta cuadros?
—En casa —responde relajadamente y con una sonrisa maliciosa.
—Dijiste que lo traerías —le reprocho.
—Mentí —lo admite sin sentir ni la mínima vergüenza.
—Eres un… idiota.
—No lo olvides. —Me dice sin importarle nada más—. Mañana te quiero con esa misma faldita corta.
—No iré.
—Sí que irás a la fiesta de mi hermana… te lo compensaré, ¿ok?
No respondo nada. No es alguien fiable. Duke es un completo idiota, un infame, lo había olvidado.
—Cambia esa cara —me dice—. Enojada no te ves bonita. –arranca de una, y se va con una cara de satisfacción que me hace sentir que se ha burlado de mí. No me importa si me veo fea enojada.
Cuando estoy dentro de mi cuarto noto que su perfume tengo su olor impregnado en todo el cuerpo. Me tumbo en mi cama tocándome en las partes que él ha estado, cierro los ojos recordando su tacto… No quisiera bañarme nunca, aunque es un completo infame, Duke me gusta demasiado como para olvidar que no debo confiar en él. Fui por mi Duke al desnudo y vuelvo follada y con las manos vacías. Una sensación ambigua me gobierna. El placer de haberlo tenido dentro de mí y la amargura de haber sido burlada. Lo odio, lo odio, lo odio tanto… Duke Loundland eres un infame y tramposo. Me masturbo pensando en él, me toco las tetas, las nalgas, recordando sus manos, su respiración, sus jadeos.
La fiesta privada termina cuando mi celular comienza a sonar. Me arrastro como un gusano por toda la cama hasta dar con mi bolso.
Es un mensaje de Raúl.
—¿Salimos un rato?
No tengo ganas –le escribo.
—Estoy a dos cuadras de tu casa, por si cambias de idea.
—Okey —termino la conversación.
Aprovecho y me fijo si el tal D ha mandado algún mensaje privado por Profriends. No nada. No hay noticias suyas. Pero veo que los moderadores han dado como concluido mi post y han cerrado los comentarios.
Al día siguiente me despierto una hora antes de lo normal y a pesar de toda probabilidad me doy un baño frío, mi cabeza no deja de traérmelo a la mente, pensando en Duke comienzo a masajearme, a sobar mi clítoris, de acabar pensando en él, todo el tiempo en él, en él y en él. Me ha repetido que espera que vaya a la fiesta de Minna, pero ella ni me habla, ni me ha invitado. No es que me de vergüenza colarme en una fiesta, no sería la primera vez, solo no me da buena espina. La última vez que ignoré mi corazonada la pasé mal, y ahora siento que no debería ir, aunque ha dicho que me compensaría, aunque sea solo otra mentira más, quiero de vuelta mi Duke al desnudo.
Salgo de la ducha y me visto. Falda, top, camisa, zapatillas deportivas. Mi pelo recogido en una coleta sin peinar.
Bajo a buscar algo que comer.
Como es más temprano que de costumbre encuentro a mamá en la cocina.
—¿Y ese milagro? —me dice al verme bañada y lista para salir.
—Debe ser el clima —le digo a modo de explicación.
—¿Quieres café? —me ofrece—. Ahora está lindo. En la tele dicen que hará cuarenta grados por la tarde.
—¡Qué horror! —le digo—. Sí, con dos de azúcar como siempre –respondo pensando que ya ha pasado el tiempo y no tengo noticias del tal D. Me preocupa que sea un cliente de El Mondo. ¿Puede haber algo tan casual como eso? Yo no me lo termino de creer. Lo que no sé es como abordar el tema con mi mamá. Ella es más accesible que mi padre.
Me acomodo en la mesa y ella me trae la taza, se sienta a lado.
—¿Quién es ese cliente “especial” que les ayudó con la hipoteca? —le pregunto de una y sin preámbulos. Sorbo un poco de la taza, está como me gusta.
—Es solo un alma caritativa, hija —responde mamá sin entender la pregunta—. Lo conocemos desde que inauguramos y siempre que viene a la ciudad pasa por aquí.
Eso me deja aún más perpleja de lo que pensaba.
—¿Es alguien que conozco?
—Ahora que me lo pienso, no creo que lo conozcas.
Me detengo, no quiero que se dé cuenta que le estoy interrogando, pero lo que me ha dicho no me aclara ni una sola duda.