3. Mi karma amoroso o de cómo Duke termina humillándome.

1661 Words
3. Mi karma amoroso o de cómo Duke termina humillándome. Cuando terminé de limpiar la mesa del cliente que derramó su café hirviendo en su pierna, sentí mi celular vibrar. Me di un minuto para ver quien me escribía y entonces caigo en cuenta de que no había leído ninguno de los mensajes que Duke me había escrito cuando comencé a masturbarme pensando en él. Rápidamente leo: —¿Te interesa? Mis dedos parecen pequeños flashes y respondo: —Sí. Claro que sí. Mil veces sí. Aunque conociendo mi historial amoroso, no tengo suerte con las citas, a mis veinticinco años sé que cita que hago, cita que me plantan o termina uno de los dos en el hospital o traumado o... Vaya, ese es mi karma. —Bien. Ven a mi casa mañana, al salir de la facultad. Puedes pedirle a Minna que te traiga. ¿A eso le llama él una cita? Qué tipo más extraño. —Pues no lo sé —le escribo—. A Minna no le gusta que te dirija la palabra. De repente el celular comienza a sonar. Es él. —A mi hermana no le gusta que ninguna atractiva mujer me dirija la palabra, es una celosa, nada más —me dice con un tono que me gusta y que le hace interesante— ¿Vendrás, Bell? Claro que quiero. —Sí. Iré. —respondo y me cuelga. Me quedo con la cara embobada. Si alguien fuera testigo de mi expresión y perpetuara el momento tomándome una foto, pronto se convertiría en un meme. Al día siguiente. En la facultad de arte, todo pasa con normalidad, claro que no hay razón para que sea diferente, el cielo sigue azul como siempre, los pájaros cantan en una relativa paz primaveral, mi clima favorito, ya que puedo usar las faldas cortas que me resultan comodísimas, y que resalan mis piernas. Mis compañeros, algunos apáticos otros ensimismados en sus perfeccionismo, y yo, ahí, sin empezar mi cuadro. Minna llega tarde, incluso eso es lo normal. Salvo que he quedado en ir con ella, hasta su casa para verme con Duke, su fabuloso y sensual hermano mayor. Las horas pasan lentamente y no puedo concentrarme en absolutamente nada. El boceto que hago parece más una caricatura realizado por un nene de tres años. A la salida me acerco a Minna, que acaba de despedirse de sus amigos. —Hola Minna —le saludo sintiéndome ansiosa, y cuando me siento así comienzo a jugar con mis mechones oscuros que me caen a un costado de la frente. —Hola Bell —me dice y se detiene a observar mis dedos. —Quería preguntarte… ¿cuántos años tiene Duke? Ahí va mi tonta e inútil pregunta de preadolescente enamorada. Minna responde como si no fuera algo habitual para ella. —Duke me lleva por siete, es decir que tiene treinta y dos. ¿Por qué? Ah, seguro ya te echó el ojo. Trato de minimizar mi emoción y de pasar por alto sus palabras. —¿Puedes hacerme un favor? ¿Me llevas a tu casa? Quedé en vernos allí. Ella cambia de repente de expresión. —¿Segura? —Sí –es un sí con poder que nada puede cambiar, ella lo entiende. El cielo lo entiende y me da su bendición, pero veo que a ella no le gusta nada la idea–.Por favor. —Como quieras… —dice ella algo molesta conmigo—. Solo recuerda que yo te lo advertí. —Gracias –aunque estoy segura que lo ha dicho con pesar, yo me lo tomo bien. Me siento contenta. La casa de Minna es una casa de las más costosas. Estaba al tanto que venían de una familia acaudalada, pero ver su casa me hace entender que es cierto que están en otro nivel. Pero yo no me siento menos. Entro luego de Minna y nos recibe una mucama muy gentil. —¿Dónde está Duke? —pregunta Minna sin mirarle, ni saludarle antes. —En el jardín señorita. —Llévala con él —le ordena y se desaparece de mi vista. Sigo a la mucama, una mujer mayor, con el pelo blanco y el movimiento ágil. El jardín es una amplia pradera provista de toda clase de flores. Mis ojos se regocijan al apreciar los colores vivos de cada una. A un lado está él, sin remera y en pantaloncillos cortos. Ni bien le veo babeo, es mi tic, no puedo con tanta perfección. —Ahí estás, Bell –la forma en que dice mi nombre me hace excitar. Está recostado sobre una hamaca, a un lado de una mesa blanca de jardín. Pero no está solo. Un hombre más o menos de su edad, con ojos oscuros y penetrantes le acompaña, este se sienta a la derecha y está de frente a mí, es como si me estuvieran esperando desde antes. Este hombre me mira las piernas y sube los ojos hasta clavarse en mis pechos. —¿No vienes? —me pregunta Duke. Y me fuerzo a ir, a acercarme. Duke baja de la hamaca. —Felicidades. Has pasado la primera prueba —me dice y me besa en la boca, y yo le correspondo. Nuestras lenguas se encuentran y se unen ansiándonos, es un beso muy apasionado que me hace olvidar todo, absolutamente todo a mí alrededor. —¿Cómo? —digo cuando nuestros labios se separan. Creo que me he perdido de algo. —¿Te gusto? —Sus ojos verdes me ven el alma, y siento que me derrito por dentro— ¿Te gusto, Bell? Muevo mi cabeza afirmándolo. —Sí. Sí y mucho. Sí hasta la luna y más allá. —Entonces que empiece la segunda prueba —musita con unos ojos lujuriosos. Me abre torpemente la blusa dejándome solo con el brasiere. No es el mejor que tengo pero pasa. Y mirándome a los ojos me los quita, dejando expuestas mis tetas. Mi primera reacción es cubrirme con las manos, pero él me toma de las manos despejándolas de mis pechos. —No te cubras las tetas, son dignas de enseñar —posa sus dedos suavemente sobre mis pezones, exhalo, su tacto me excita, me siento entre la humillación y el placer. El hombre de atrás me mira como si fuera yo una mercancía. Y descubro que me gusta. Me gusta que me mire con deseo. Quiero mirarle a los ojos, y devolverle la mirada. —¿Te gusta, Drake? —le pregunta Duke, dejando notar en su tono que le importa mucho la opinión del tal Drake. Bien, al menos ya sé su nombre. —Sí. No está nada mal… Si tiene los pezones oscuros, ahí abajo, su almeja debe ser igual de oscuro. Me calienta—responde Drake. Al escuchar su visto bueno, Duke sonríe, y me sonríe contento. —¿Aún te gusto? —me pregunta con cariño en la voz. — Sí. Me toma del mentón y me susurra casi besándome. —¿Cuánto te gusto? Babeo, me derrito, me excito… —Mucho, mucho… —musito desesperada por sus besos. No sé qué es lo que me pasa, siento que he dejado de ser yo, quizás es él que tiene un encanto con el que no puedo lidiar y soy capaz de todo. —¿Cuánto? —repite él, bajando sus dedos hacia mi zona húmeda… haciéndome desear. —Demasiado —suspiro ansiosa, deseosa, acalorada y desesperada porque me tocase ya mismo. Pero él se toma su tiempo. —¿Tanto qué harías todo por mí? —sus dedos entran al fin en mí, y me siento palpitar, ahogo un jadeo. ¡Bep, bep, bep! Cientos de alarmas rojas suenan en mi cabeza, y me gritan: alto, alto, ¡ALTO! Zona prohibida, peligro, podrías salir herida. Pero no. Mi cuerpo cachondo y necesitado de roses y toques, los ignora olímpicamente, y mi corazón, que es otro caso crítico me dice: arriésgate, arriésgate, solo hazlo... solo hazlo, ¿qué podría pasar? —Lo haría, lo haría… todo por ti —digo con tanta sinceridad que me sorprende, en ese momento es real y tangible para mí. —Eres una idiota —saca sus dedos de mis concha y se las relame, riéndose de mí, y haciéndome a un lado cruelmente— .Ahora harás todo lo que te pida. Sus ojos lascivos me miran deseosos, aun así suena con algo malicia que me hace dudar. Niego con la cabeza, he salido del ensueño. —No… yo… no haré… nunca… lo que me… pidas —le digo, sintiéndome humillada. Me doy cuenta de lo que acaba de pasar y rápidamente me arreglo la falda, la blusa, con la intensión de salir de ahí. Me siento burlada, ¿qué es lo que hice? —Ya verás que sí, Bell —afirma seguro de sus palabras, y con una sonrisa en los labios, sus labios carnosos, relajados y sensuales. —No te vayas. Solo jugaba. —A la siguiente, pregúntame si quiero jugar. —le digo con la cara seria, aguantándome las ganas de soltarle una cachetada. Me alejo de ellos, buscando la salida. Me ha costado algo más de tiempo para dar con la entrada a la casa. Debí escuchar las advertencias de Minna. La casa luce unas inmaculadas paredes blancas, que le da un aire angelical. En la sala no hay nadie, absolutamente nadie. Estoy a punto de marcharme cuando me doy cuenta que me falta algo importante. Me detengo justo al tomar el pomo de la puerta de salida. —Ay, no. Me falta mi bolsón y tengo que volver al jardín si lo quiero de vuelta. Miro hacia atrás sabiendo que tengo que hacerlo si quiero mis cosas de vuelta. ¡Me quiero morir! No tengo cara para volverlos a ver. Puedo dar por perdido mi celular, mis llaves, mis apuntes, y otras cosas que debo tener dentro… pero no debo.
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