Devastación
Drage y Thalias avanzaron en silencio por el sendero que atravesaba el bosque en las afueras de la capital imperial. El aire estaba cargado con un peso que no provenía solo de los vestigios de humo y cenizas que aún colgaban entre las ramas. A cada paso, la devastación se hacía más evidente: árboles partidos y quemados, el suelo cubierto de cicatrices profundas y pedazos de lo que alguna vez fue una civilización en pie.
Drage se detuvo y miró a su alrededor con los ojos entrecerrados, en un intento de reconocer aquel lugar que, en otro tiempo, había sido casi su hogar. Su vista alcanzó el palacio a lo lejos parcialmente en ruinas, apenas visible entre las sombras del anochecer. Era el mismo palacio donde había dado su última batalla, el mismo lugar donde Dylan lo había traicionado y donde sus sueños de paz se habían hecho pedazos.
- ¿Por qué? - murmuró con voz contenida, como si hablar en voz alta pudiera romper algo sagrado - ¿Por qué los humanos son tan capaces de destruir, de dañar no solo el entorno, sino también a los suyos?
Thalias, a su lado, observaba en silencio, con una comprensión profunda que no necesitaba palabras. Había visto la destrucción desde los límites del bosque, había sido testigo de cómo el imperio de Alcea se desmoronaba por la codicia y las ansias de poder de sus propios líderes.
- Los humanos… - Drage negó lentamente con la cabeza, incapaz de comprender del todo la naturaleza de sus antiguas esperanzas - Pueden crear belleza, pueden construir ciudades que desafían al cielo, pero también pueden destruirlo todo en un suspiro, sin mirar atrás. Y lo peor de todo es que a menudo se hieren entre ellos, destruyen a los suyos sin razón.
- No sólo son los humanos, nosotros también fuimos capaces de eso... - dijo consciente de la responsabilidad de los reinos sobrenaturales durante la gran guerra.
- Es verdad - dijo Drage con una risa amarga - Los dragones fuimos castigados y, en cierto modo, todos los reinos...
El peso de las palabras cayó entre ellos, mientras Drage se giraba de nuevo hacia el palacio, con el dolor visible en su rostro, un dolor que iba más allá de lo físico, un dolor que venía del alma.
- Este era el último lugar que conocí antes de caer - dijo finalmente, su voz apenas un susurro - Aquí fui traicionado y todo lo que creí conocer, todos aquellos a quienes consideraba aliados, se desvanecieron con la traición de Dylan.
Thalias colocó una mano en su hombro, ofreciendo un apoyo silencioso.
- Aún hay esperanza - le dijo, en tono suave pero firme - No todos son como aquellos que eligieron el odio y la destrucción. Hay humanos que honran su existencia, que buscan reconstruir lo que se ha perdido. Has regresado para guiar, para proteger. Y quizás, para ayudar a que encuentren un nuevo camino.
Drage asintió lentamente, asimilando esas palabras. Sabía que su rol en esta tierra iba mucho más allá de lo que pudo haber imaginado y que las ruinas no eran más que un reflejo de la responsabilidad que ahora recaía sobre él. Con un último vistazo al palacio y al paisaje devastado, Drage respiró profundamente, dejando que la brisa cargada de cenizas se llevara su tristeza, y que quedara solo la firmeza de su propósito.
- Tienes razón, Thalias. Reconstruiré, con ellos o sin ellos. Quizás de esta tierra rota pueda nacer algo nuevo. Esta es la tierra de mi compañera...
Drage observó la ciudad a la distancia con una mezcla de decisión y melancolía. El lugar que se extendía ante él, aunque herido por la guerra, seguía siendo especial, no solo por lo que había sido, sino por lo que representaba.
- Es su tierra, Thalias - dijo finalmente, dejando que las palabras fluyeran casi sin darse cuenta - Si ella así lo quiere, la reconstruiré. Convertiré este lugar en algo digno de lo que una vez fue y, quizás, de lo que ella pueda soñar que sea.
Thalias, que lo escuchaba en silencio, sintió una sonrisa escaparse en sus labios. Su mirada brillaba con una mezcla de orgullo y comprensión, notando cómo Drage, con cada palabra, se acercaba más a aceptar el vínculo con esa joven que aún no conocía, pero que ya estaba comenzando a formar parte de él.
- Es extraño escucharte hablar así, maestro. Pareces… ¿Cómo decirlo? ¿Humano, quizá?
Drage lo miró, algo sorprendido por su comentario, pero luego permitió que una ligera sonrisa se asomara en su rostro.
- Tal vez haya algo de verdad en eso. O, tal vez, es solo que cada palabra me acerca más a ella. Y quizás, Thalias, solo quizás, no soy tan diferente a ellos como pensaba.
El elfo asintió, entendiendo lo profundo de esas palabras. Drage estaba cambiando, adaptándose, dejando que la fortaleza de su misión también alimentara una nueva sensibilidad. En sus ojos brillaba un destello de anhelo, como si con cada paso en este viaje, se estuviera preparando para conocer y honrar a su compañera de una forma en que ni él mismo había imaginado.
- Entonces, maestro - dijo Thalias suavemente - sigamos adelante. Porque si esta tierra va a renacer, necesitará mucho más que piedras. Necesitará la voluntad de alguien que verdaderamente la ame. Y creo que ya has comenzado a hacerlo.
Drage asintió en silencio, dejando que esas palabras se asentaran en su corazón, mientras ambos continuaban su camino, sabiendo que este sería solo el comienzo de la promesa que había hecho, no solo a la tierra, sino también a ella.
Drage y Thalias entraron en la cálida penumbra de una posada local, donde el aire estaba cargado de humo de hoguera y risas apagadas. El aroma de pan recién horneado y de guisos pesados llenaba el lugar, mientras los comensales charlaban entre sí con voces bajas, sin sospechar que un dragón y un elfo se encontraban entre ellos ya que llevaban capuchas sobre sus cabezas.
El murmullo de una conversación particular captó la atención de Drage cuando se sentaron en una mesa alejada del ruido. Un grupo de aldeanos, aparentemente viajeros que conocían bien la capital, estaba hablando con evidente respeto y preocupación.
- La princesa Leoni, ¿eh? - dijo uno, un hombre con manos curtidas de labrador y expresión seria - Una joven tan valiente… Se ofreció a ser rehén, a marcharse con ese maldito general de Sax, todo para protegernos. ¿Cuántos nobles harían algo así por su gente?
- Pocos, sin duda - agregó una mujer de rostro amable, asintiendo con solemnidad - Los ojos se me llenaron de lágrimas cuando la vi salir del palacio encadenada como un criminal. Alguien como ella debería estar aquí, siendo adorada como se merece. Pero ahí está, en manos de ese general… No sé cómo soportó a ese hombre.