Dos días después
Dallas, Texas
Elena Vaughn
La propuesta de Paul no era solo un desafío a mis capacidades. Era un escape temporal, una puerta abierta para respirar sin la presión de la boda y a la vez la excusa perfecta para alejarme unos días y pensar en el futuro con Graham o simplemente poner todo en una balanza sin arrepentimientos. Y, aun así, apenas escuché el nombre de la ciudad, algo en mí se tensó. Una advertencia silenciosa e incómoda.
Quise ignorarla, enterrarla con miles de candados en un baúl, pero mi orgullo y esa vocecita interior se negaba a callarse. Entonces, finalmente, tras una breve pausa mi voz rasgó el ambiente.
—Paul, deja de menospreciar mi trabajo —repliqué, con un amargor que no intenté disimular—. Puedo con cualquier negociación y te lo acabo de demostrar.
Él soltó una risa breve, despectiva.
—El acuerdo con Hanz fue un golpe de suerte —dijo, acomodándose en la silla—. Y no comparemos su empresa con la magnitud de este nuevo cliente.
Hizo una pausa calculada.
—Además, no miento. Ahora estás concentrada en algo más importante: convertirte en la futura señora Sterling y ni te debe interesar seguir trabajando.
Sentí cómo algo se me crispaba por dentro.
—No hables por mí —dije, con la voz baja pero firme—. Y mucho menos insinúes que estoy aquí por ser la prometida de Graham.
Paul me sostuvo la mirada, desafiante.
—Demuéstramelo, Elena. Consigue esa cuenta… y ciérrame la boca.
Acepté, no por orgullo. O no solo por eso.
Al final, lo más abrumador llegó después, al mirar por la ventanilla del taxi. Las calles de Texas, la gente caminando, los semáforos, los edificios… Todo me resultaba extrañamente familiar y desconcertante. Como si estuviera sentada en una sala de cine viendo una película mal contada de mi vida con imágenes cayendo como fichas de dómino.
Sin embargo, me sacudí esa sensación en cuanto me instalé en la suite del hotel y coordiné una reunión en las oficinas de Calloway Oil. El trabajo siempre me devolvía el control y borraba por unas horas ese agobia que arrastraba como un grillete.
Y en este instante, camino a paso firme junto a uno de sus ejecutivos, Ed Harris. Es impecable. Traje perfecto, sonrisa medida, voz calculada. Un hombre entrenado para decir solo lo justo.
—Aquí centralizamos todas las operaciones energéticas del sur —explica mientras avanzamos por los pasillos—. Calloway Oil no es solo una empresa. Es una herencia.
Asiento, profesional. Pero apenas lo escucho.
Algo en este lugar me perturba. No es miedo. Es una presión sutil en el pecho, como si mis pulmones se cerrarán, como si las paredes hablarán en silencio de una historia antigua.
El sonido de mis tacones contra el mármol despierta una imagen fugaz.
Yo caminando por estos mismos pasillos. Más joven, más segura. Una mano que no es esta. Un anillo brillando en mi dedo izquierdo. ¿Estuve comprometida? ¿Con el padre de mi pequeña Agnes?
Parpadeo. Debo estar confundida y cansada. La mayoría de las oficinas se parecen como sacadas de un catálogo de pedidos con un mismo estilo: Vidrio, acero, lujo, poder.
—¿Se encuentra bien, señorita Vaughn? —pregunta Ed Harris, deteniéndose a mi lado.
—Sí —respondo de inmediato, forzando una sonrisa que no termina de pertenecerme—. Solo es… el cambio de horario.
Seguimos avanzando.
Pasamos frente a una galería de fotografías. Generaciones de Calloway observándome desde marcos dorados. Hombres de mirada dura. Mujeres impecables. Poder heredado, protegido, intocable. Siento sus ojos sobre mí o eso creo.
Y entonces lo sé. No como una idea, sino como una certeza brutal:
este lugar está conectado con mi pasado. No sé cómo, no sé por qué, pero lo está.
Horas más tarde
Graham todavía no me devuelve las llamadas. Tal vez significa que aún no le informaron de mi viaje improvisado. Tal vez Evelyn lo mantiene ocupado. O quizá… simplemente es mejor así. La distancia me da espacio para pensar en el paso que estoy a punto de dar.
Y ahora entro en la habitación en silencio. Mi pequeña Agnes duerme profundamente, agotada por el vuelo, abrazada a su peluche como si fuera un ancla. Ajena a todo lo que yo no logro entender.
Le aparto un mechón de cabello de la frente con cuidado, casi con miedo de despertarla. Como si al abrir los ojos pudiera hacerme una pregunta para la que no tengo respuesta.
—Todo está bien… —susurro.
No sé si se lo digo a ella o a mí.
La observo respirar. Es lo único firme, lo único real. Lo único que me dejó un pasado que no recuerdo. Y, aun así, la pregunta aparece. Incómoda. Insistente. Una grieta que ya no puedo tapar.
¿Quién era yo antes de ser su madre? ¿Dónde está su padre? ¿Por qué no me buscó? ¿Estará vivo?
El celular vibra y rompe el silencio.
—Buenas noches, Elena. Disculpe la llamada fuera de horario —dice la voz de Ed Harris—. La señora Calloway me lo solicitó a último momento.
—Buenas noches, señor Harris. No se preocupe. ¿En qué puedo ayudarlo?
—Isobel Calloway la invita mañana por la noche a la gala de beneficencia.
Ese nombre me golpea como una ola. No sé por qué, pero la piel se me eriza.
—¿Mañana? —pregunto, con la voz más tensa de lo que quisiera.
—Sé que puede parecer inesperado —añade—, pero Isobel Calloway no cierra ningún negocio sin una velada fuera del ámbito laboral. Si no asiste, dudo que considere una alianza con su empresa.
Me quedo inmóvil, con el teléfono aún en la mano. No estoy segura de nada. O tal vez lo estoy demasiado.
La pregunta ya no es si debo ir. Es si estoy dispuesta a arriesgar la vida que armé para sobrevivir… o a enterrar, para siempre, las dudas que empiezan a despertarse.