[ POV Sofía]
No pasa ni una hora cuando el teléfono de mi nuevo y gris cubículo chilla, rompiendo mi concentración.
La asistente personal del CEO tiene una voz que no admite réplicas: me convoca al piso veinticinco. "Ahora", dijo.
Subo al ascensor con el corazón alojado en la garganta, alisando mi falda con manos sudorosas.
Al entrar a la inmensa oficina de Liam Blackwood, lo encuentro detrás de un escritorio de vidrio n***o que parece flotar en el espacio.
Está firmando documentos con una velocidad agresiva, como si la tinta le ofendiera.
—Cierre la puerta —ordena, sin siquiera dignarse a levantar la vista.
Obedezco. El clic de la cerradura suena demasiado fuerte en el silencio climatizado.
—Señora Campbell —dice finalmente. Deja la pluma sobre el cristal y se recarga en su silla de piel. Sus ojos, de un color miel intenso, se clavan en los míos—. En la sala de juntas demostró tener una lengua muy afilada. Quiero ver si fue suerte de principiante o si su cerebro realmente funciona bajo presión.
Toma una pila de carpetas azules y las deja caer frente a mí. El golpe seco resuena como un disparo.
—Estos son los balances de la filial de logística. Hay una fuga de capital. Encuéntrela antes de la reunión de las cuatro.
Miro el grosor de las carpetas. Es una locura.
—Señor Blackwood, eso es imposible —digo, incrédula—. Necesitaría días para cruzar esta información, vaciar datos, comparar...
—Usted dijo que aprendía rápido —me corta. Se pone de pie y rodea el escritorio, invadiendo mi espacio personal con su altura y su aroma inundando mis fosas nasales—. ¿Se retracta?
Mi orgullo se endurece. No le daré el gusto.
—No me retracto —digo firmemente, sosteniendo su mirada—. Pero necesitaré una computadora con acceso total y café. Mucho café.
El señor Blackwood suelta una risa baja, ronca, que vibra en el aire.
—No prometo nada, Sofía. A trabajar.
Esa risa.
El sonido activa un resorte oxidado en mi memoria. Un eco de lluvia golpeando un techo de metal. El olor a cuero húmedo. Una voz grave preguntándome cómo estoy.
«Soy Liam... mi nombre es Liam...»
Mis manos se congelan sobre la carpeta azul. El aire se me atora en los pulmones.
Levanto la vista lentamente, con pavor. La mandíbula tensa. El cabello castaño con ese largo que acaricia sus ojos y con ese mechón rebelde.
Y los ojos. Esos ojos color miel que hace apenas unos días me miraron con profunda preocupación mientras yo me deshacía en lágrimas, sentada en la banqueta bajo la tormenta.
«Trágame tierra y escúpeme en otro continente.»
El hombre que me vio desecha, con el maquillaje corrido, llorando porque mi marido me había cambiado por otra... es mi jefe.
Es el CEO.
Siento cómo la sangre abandona mi rostro para luego regresar de golpe, quemándome las mejillas. Liam nota mi cambio. Su sonrisa burlona se desvanece y se vuelve cínica, afilada.
—¿Pasa algo, señora Campbell? —pregunta. Su tono tiene un doble filo. Él sabe que yo sé.
Lo está disfrutando.
Me obligo a respirar. Uno, dos. No puedo salir corriendo. No puedo darle el gusto de verme avergonzada otra vez.
—Nada, señor Blackwood —miento, aferrándome a las carpetas como si fueran un salvavidas—. Solo... estoy impresionada por el desorden de sus archivos.
Él arquea una ceja, divertido por mi audacia.
—Me alegra que tenga estómago fuerte. Lo va a necesitar.
Me sumerjo en el trabajo como quien entra a un búnker, evitando su mirada a toda costa. Poco a poco, el ruido de mi ansiedad baja y los números empiezan a hablarme. Mi cerebro lógico toma el control.
Dos horas después, encuentro el hilo n***o.
—Aquí está —murmuro, rompiendo el silencio.
El señor Blackwood se acerca de inmediato. Siento su presencia a mis espaldas, tensa y expectante.
—El rastro lleva a la terminal 402 —explico, señalando la pantalla con el dedo índice—. Usuario: "Julián Torres". Gerente de Compras Jr.
Él golpea el escritorio con el puño cerrado.
—¡Torres! —exclama con desprecio—. Un tipo gris, un mediocre sin ambición. Es imposible que él haya orquestado un desfalco de tres millones. Alguien lo está ayudando.
—Es evidente que hay más personas involucradas —concuerdo, revisando mentalmente el organigrama—. Torres no tiene las credenciales para autorizar esos montos.
El señor Blackwood se gira bruscamente hacia mí, con la mirada encendida.
—¿Tiene la capacidad de rastrear los hilos que dejaron en esta mierda, Sofía? ¿Puede decirme quién le da las órdenes?
El aire en la habitación se congela. Pienso rápido. Miro los nombres de los directivos, pero ninguno resalta más que otro.
—Puedo intentar rastrear en base a todo lo que tengo en estos documentos —digo, tratando de sonar más segura de lo que me siento—. Torres debe tener un cómplice externo, quizás un proveedor fantasma. O algún gerente medio resentido. Descarto a la cúpula directiva; no tendría sentido lógico arriesgar acciones por un robo hormiga.
Al escuchar que descarto a la cúpula (y por ende, a su familia), el señor Blackwood se relaja visiblemente. Sus hombros bajan.
—Torres es la clave —sentencia—. Quiero que rastree cada movimiento de ese infeliz. Vamos a encontrar quién le está ayudando a desangrar mi empresa. Mientras tanto, vamos a mantener esto dentro de estas cuatro paredes. Nadie, absolutamente nadie, puede saber que estamos investigando.
Asiento, sintiendo un nudo en el estómago.
—Entendido.
—Quiero encontrar, sin ninguna duda, a quien cree que puede robarme en mis narices —dice con una voz oscura que me eriza la piel. Luego, su tono cambia, volviéndose práctico—. Sara, pide comida para dos. Lo de siempre. Y café n***o. Mucho café.
Cuelga y me señala la silla frente a la suya, encerrándome en su mundo privado.
—Póngase cómoda, señora Campbell. No saldremos de aquí hasta tener algo sólido.
Asiento y vuelvo a teclear, sabiendo que mi primer día de trabajo acaba de convertirse en una misión secreta. Y peor aún: si me equivoco y acuso a la persona incorrecta, mi carrera habrá terminado antes de empezar.
.
[...]
.
El olor a especias, cacahuate y leche de coco inunda la oficina fría y moderna, creando un contraste extraño.
Sara, la asistente, deja las bolsas de comida tailandesa sobre una mesa lateral y sale casi corriendo, como si temiera contagiarse de nuestra tensión.
—Pad Thai de camarón —dice Liam, alcanzándome una de las cajas de cartón blanco con la misma seriedad con la que me entregó los reportes financieros—. Cuidado, pica un poco.
—Gracias —murmuro, tomando la caja y los palillos.
Comemos en silencio durante unos minutos. No es un silencio cómodo, de esos que compartes con un viejo amigo. Es un silencio denso, cargado de cosas no dichas.
Mientras él come con una eficiencia casi militar, sin dejar de mirar la pantalla de su tablet, aprovecho para observarlo por encima del borde de mi caja de fideos.
Es joven, ridículamente joven.
A la luz del día, las líneas de expresión alrededor de sus ojos apenas son visibles.
No debe tener más de veintiocho años.
A esa edad, David apenas estaba aprendiendo a lidiar con contratistas y yo le planchaba las camisas para que pareciera más respetable.
En cambio, Liam Blackwood lleva el peso de un imperio sobre los hombros y lo hace parecer fácil. Hay una autoridad natural en él, una gravedad que lo hace ver mayor, más curtido.
¿Cómo lo hace? me pregunto. ¿Cómo alguien tan joven puede tener esa mirada de haber visto todo y no confiar en nadie?
De repente, él levanta la vista y me atrapa mirándolo.
—¿Tengo algo en la cara, señora Campbell? —pregunta, dejando los palillos sobre la mesa.
Siento el rubor subir a mis mejillas, pero esta vez no bajo la mirada.
—Solo pensaba que... es mucha responsabilidad —digo, eligiendo mis palabras con cuidado—. Dirigir todo esto. Solo.
Él se limpia la comisura de los labios con una servilleta de papel. Su expresión es indescifrable.
—La responsabilidad no pide permiso ni acta de nacimiento, Sofía. Solo llega y te aplasta si no eres lo suficientemente fuerte para sostenerla.
Hay una amargura en su voz que me hace pensar ¿Como tan joven y es la cabeza de este imperio? Quiero preguntar. Quiero saber más. Pero entonces, el recuerdo del auto me golpea de nuevo.
Hace unos días, él me vio rota, yo fui la débil.
Él fue el fuerte.
Esa noche lluviosa flota entre nosotros como una niebla. Sé que él lo recuerda. Lo veo en la forma en que evita mencionar mi "situación personal", en la delicadeza con la que no pregunta por qué necesito el trabajo con tanta urgencia.
Ambos decidimos, en un acuerdo tácito y cobarde, enterrar ese encuentro bajo capas de profesionalismo. Es mejor así. Si hablamos de ello, la frágil jerarquía de jefe-empleada que estamos construyendo se vendría abajo.
—Tiene razón —concedo, rompiendo el contacto visual para volver a mi computadora—. La debilidad es un lujo que no podemos permitirnos.
Él no responde, pero escucho cómo retoma su comida.
El momento de vulnerabilidad ha pasado.