[POV Sofía]
El taxi me deja frente al complejo de departamentos donde rento ahora. Es un edificio de ladrillo rojo, funcional y anónimo, muy lejos de los jardines cuidados y las rejas de hierro forjado de mi antigua vida.
Subo las escaleras arrastrando los pies. La adrenalina de la oficina se ha evaporado, dejándome solo con el cansancio físico y emocional que se me mete hasta los huesos. Al entrar, no enciendo la luz principal y solo me guío por la luz del alumbrado público que se cuela entre las cortinas.
Me dejo caer en el sofá beige, sintiendo cómo los resortes viejos crujen bajo mi peso, es un departamento que ya estaba amueblado y aunque no son los grandes muebles, es funcional para mí que no traía nada más que mi ropa, ahorros y un corazón deshecho. Cierro los ojos y el silencio se me viene encima.
—Jasper... —susurro. El nombre sale de mis labios como una oración rota.
Miro hacia el pasillo, hacia la puerta cerrada de la segunda habitación. Me imagino que él está ahí. Anhelo con cada fibra de mi cuerpo oír su voz, su risa, incluso sus quejas.
Quiero contarle que hoy no fui la «pobre mamá engañada». Quiero decirle: "Hijo, hoy fui valiente. Hoy atrapé a un ladrón. Hoy fui importante."
Siento el impulso de tomar el teléfono, de buscar una señal, una conexión. Pero la mano se me congela en el aire.
«No, no estoy lista.»
La realidad de esa distancia es un abismo al que todavía no puedo asomarme sin caer para siempre. Me trago el nudo en la garganta y obligo a mi mente a cambiar de dirección antes de que las lágrimas vuelvan a brotar.
Y mi mente, buscando un refugio seguro, aterriza en Liam Blackwood.
Pienso en la escena de hace unas horas.
La frialdad con la que destruyó a Torres. La falta de piedad. Fue aterrador, sí.
Pero luego pienso en David.
David, que siempre sonreía. David, que nunca levantaba la voz. David, que me traía flores mientras planeaba cómo dejarme por una mujer menor y que peor que eso es mi sangre, mi hermana.
David era un "hombre bueno" lleno de mentiras.
Liam es un "hombre duro" lleno de verdades.
Liam no se esconde. Si te va a destruir, te lo dice a la cara. Si te va a proteger, lo hace con todo su poder.
Prefiero mil veces al lobo que te mira a los ojos antes de atacar, que al perro que te mueve la cola mientras te clava el cuchillo por la espalda.
Involuntariamente, mi memoria viaja hacia atrás. Al momento en el auto.
Las manos de este muchacho —que seguramente mucha gente ha de tachar de intransigente, de tener mano dura y hasta grosero — me sostenían suave pero firmemente.
Yo temblando, empapada en lágrimas y humillada. Y él, girándose hacia mí, no con lástima, sino con una intensidad que me dejaba sin habla.
Recuerdo sus palabras exactas, su voz grave resonando en la oscuridad de la habitación:
«Solo quiero que sepa que incluso de esas caídas uno se levanta. Aunque ahora parezca imposible, aunque ahora sea una idea bizarra, le prometo que hasta los días más malos terminan. Y después de hoy usted va a renacer, porque cuando se está en el fondo del pozo solo nos queda mirar para arriba.»
Es tan ambigua su actitud, de ese hombre protector a este frío y calculador y me pregunto ¿Cuál es el real?
Me toco el pecho, justo donde el corazón late con fuerza.
Él tenía razón. Hoy, entre facturas fraudulentas y policías, sentí esa luz. Sentí que volvía a respirar.
Me quito los zapatos y me acomodo en el sofá, abrazándome a mí misma.
La soledad sigue aquí. El dolor por Jasper sigue aquí. Pero por primera vez en mucho tiempo, no me siento derrotada.
Siento que puedo forjarme un lugar en el mundo, empezando por Blackwood corp.
.
[...]
.
Miro el balance que el señor Johnson me envió para actualizar. Tuve miedo de que esto fuera difícil, de que mis neuronas se hubieran oxidado o simplemente de haber olvidado cómo sumar dos más dos.
Pero la realidad es grata. Me siento como pez en el agua entre números, gráficas y las cantidades exorbitantes de dinero que maneja esta corporación. Comparada con Blackwood Corp, la constructora de David parece un juego de niños con bloques de plástico. Aquí se mueve el mundo.
—¡Psst, psst! —oigo un siseo cerca de mí.
No volteo. Estoy sumida en una proyección de costos y esto me apasiona.
—¡Hey! ¿Campbell?
Eso llama mi atención. Levanto el rostro, buscando a la dueña de la voz. Asomada por la mampara de mi izquierda encuentro a una chica joven, con un vestido verde brillante y un suéter beige. Lleva unas gafas de armazón n***o enormes y una sonrisa que muestra sus brackets con ligas verdes.
—¿Sí? —pregunto, parpadeando.
—¿Quieres? —dice extendiéndome un paquete de galletas con chispas de chocolate por debajo del separador, mirando a los lados con ojos desorbitados, como si estuviera traficando mercancía ilegal.
—Muchas gracias —tomo una por educación. La meto a mi boca y le sonrío con la boca cerrada.
—Soy Claire. Claire Adams —susurra rápido, como si tuviera prisa—. Tengo aquí un año. Entré sacando copias pero hoy ya soy analista de datos, lo cual me hace muy feliz porque ya vivo sola y la renta no espera. Además tengo un gato, Bruno. Es hermoso pero tira mucho pelo y...
Miro divertida a la chica, que parece tener un ataque de "vómito verbal" incontrolable justo frente a mí.
—...en fin, me da mucho gusto saludarte —sigue ella, sin tomar aire—. Aunque a decir verdad, me intrigaste más cuando supe el chisme de pasillo... dicen que tú encontraste el desfalco millonario en tus primeras horas aquí. ¡Eres una leyenda!...
El sabor dulce de la galleta se vuelve ceniza en mi boca.
«¿Qué?»
Se supone que esa información es confidencial. Liam fue claro: "Dentro de estas cuatro paredes".
La sonrisa se me borra de golpe. Siento un hueco en el estómago.
Si ese rumor ya llegó a los oídos de una analista junior... el señor Blackwood va a pensar que fui yo quien lo esparció para ganarme fama.
Va a pensar que lo traicione.
—¡Señora Campbell!
La voz no es un grito, pero corta el aire como un látigo. Es grave, profunda y dolorosamente familiar.
Claire se queda congelada a mitad de una frase sobre su gato, con los ojos abiertos como platos mirando algo detrás de mí.
Lentamente, como en una pesadilla, giro la silla.
Liam Blackwood está ahí.
De pie justo detrás de mi cubículo gris.
El efecto es inmediato. El zumbido constante de teclados, llamadas telefónicas y risas se apaga en un segundo. Es como si alguien hubiera bajado el interruptor general de la energía.
Toda la planta se paraliza. Decenas de cabezas se asoman por encima de las mamparas. Nadie respira.
—Liam Blackwood nunca baja a estas áreas—escucho a alguien balbucear esas palabras y más intenso se hace el silencio entre los presentes.
Y es entonces que lo entiendo. El CEO vive en el Olimpo del piso veinticinco; no camina entre los mortales del piso doce a menos que vaya a rodar una cabeza.
Y me está mirando a mí.
Lleva un traje azul marino impecable que contrasta violentamente con la alfombra desgastada de nuestra área. Su rostro es una máscara de piedra. No hay ni rastro del hombre que compartió fideos conmigo. Solo veo al verdugo.
—A mi oficina —ordena. No es una invitación. Es una sentencia.
—Señor Blackwood, yo... —empiezo a balbucear, poniéndome de pie tan rápido que golpeo mi rodilla contra el escritorio.
Él no espera, se da la media vuelta y camina hacia los ascensores con pasos largos y decididos. La multitud de empleados se abre a su paso como el Mar Rojo, bajando la mirada con reverencia y miedo.
Trago saliva, tomo mi libreta con manos temblorosas y lo sigo.
El camino hacia el ascensor se siente eterno. Siento las miradas de todos mis compañeros clavadas en mi espalda. Claire me mira con lástima, como si fuera un animalito atropellado.
«Ahí va la nueva. Duró dos días.»
Mi mente entra en pánico mientras camino tres pasos detrás de él, intentando seguirle el ritmo.
¿Por qué vino él?
Si solo quisiera despedirme, podría haber mandado a la señora Lewis con una caja de cartón. Podría haberme enviado un correo.
Pero no, vino personalmente.
Bajó desde su torre solo para buscarme.
El recuerdo de Torres siendo arrastrado por la policía me golpea.
Liam no solo despide a los traidores. Los destruye. Los exhibe.
Seguramente piensa que yo le conté a Claire y supongo que a toda la oficina sobre el desfalco. Piensa que soy una bocaza que no sabe guardar secretos. Y me va a hacer lo mismo que a Torres: me va a humillar antes de echarme a la calle.
Llegamos al ascensor. Él presiona el botón. Las puertas se abren y entramos.
Estamos solos.
El cubículo de metal se cierra, aislándonos del resto del mundo. El silencio es asfixiante. Miro su perfil reflejado en el metal pulido de la puerta. Mandíbula tensa. Mirada fija al frente.
—Señor Blackwood, si es por lo que escuchó... —intento explicarme, mi voz está temblando—. Le juro que yo no dije nada. No sé cómo se enteraron.
Liam no me mira. Sigue mirando los números subir. 15... 16... 17...
—Guarde silencio, Sofía —dice con voz gélida—. No quiero escuchar excusas aquí.
Cierro la boca, sintiendo las lágrimas picarme en los ojos.
Ya está. Se acabó. Mi oportunidad de renacer, mi sueldo, mi estabilidad... todo se esfumó por un chisme de pasillo.
El ascensor hace ting en el piso veinticinco.
Las puertas se abren al vestíbulo silencioso y elegante.
Él sale primero.
—Camine.
Lo sigo hacia su oficina, sintiéndome como una condenada caminando hacia el patíbulo.