[POV Sofía]
Entramos a su oficina. El sonido de la puerta cerrándose detrás de mí retumba como el sello de una tumba.
Liam camina directamente hacia su escritorio, ignorándome por completo. Se quita el saco, lo cuelga en el respaldo de su silla y se queda de pie, dándome la espalda mientras mira por el ventanal hacia la ciudad grisácea.
Me quedo parada en medio de la alfombra, abrazando mi libreta como si fuera un escudo antibalas. El silencio se estira, tensando cada nervio de mi cuerpo.
—Señor Blackwood —empiezo de nuevo, mi voz apenas un hilo—. Sobre lo que escuchó allá abajo... quiero que sepa que yo no he abierto la boca. Entiendo la confidencialidad, jamás pondría en riesgo la investigación...
Liam levanta una mano, cortándome en seco.
Se gira lentamente. Su rostro sigue siendo esa máscara inescrutable que me hiela la sangre.
—Acérquese —ordena.
Mis piernas tiemblan, pero obedezco. Camino hasta quedar frente a su escritorio de cristal n***o.
Él abre un cajón, saca un sobre blanco y lo desliza sobre la superficie pulida hasta que queda frente a mí.
—Ábralo.
Trago saliva. Es mi liquidación. Seguro es el cheque de los días trabajados y mi carta de despido. Siento un ardor en los ojos. He fallado. Apenas empecé y ya fallé.
Con manos temblorosas, tomo el sobre y rompo el sello. Saco el papel que hay dentro.
Cierro los ojos un segundo, preparándome para leer "Terminación de Contrato".
Los abro, leo, parpadeo, vuelvo a leer.
No es un despido.
Es una notificación de nómina. Un concepto marcado como "Bono por Desempeño Extraordinario y Confidencialidad".
La cifra al final de la línea tiene tantos ceros que se me corta la respiración. Es más de lo que ganaba en seis meses cuando trabajaba para David.
Levanto la vista, aturdida, buscando su rostro.
—Señor... no entiendo.
Liam se cruza de brazos, recargándose en el borde del escritorio. Su expresión se suaviza milimétricamente, perdiendo el filo asesino, aunque sus ojos siguen siendo serios.
—En Blackwood Corp, el valor se recompensa, Sofía. Usted hizo el trabajo sucio que mis gerentes "senior" no pudieron hacer. Encontró la fuga. Ese dinero es suyo. Se lo ganó.
Miro el cheque de nuevo, incrédula.
—Pero... bajó a buscarme. Me sacó de mi lugar frente a todos. Pensé que...
—¿Pensó que la iba a despedir porque la señorita Adams tiene la lengua suelta? —interrumpe él, arqueando una ceja con ironía.
Siento el calor subir a mis mejillas.
—Escuchó lo que dijo.
—Escucho todo lo que pasa en mi edificio, Sofía. Sé que corre el rumor de que usted es mi "espía", o mi "protegida". —Da un paso hacia mí, y su voz baja de tono, volviéndose más íntima, más intensa—. Y eso me lleva al segundo punto.
Se inclina ligeramente hacia adelante, obligándome a sostenerle la mirada.
—Si quiere sobrevivir en este tanque de tiburones, si quiere construir una carrera real aquí, necesita aprender una lección vital hoy mismo: Oídos sordos.
Su mirada me atrapa, intensa y magnética.
—La gente siempre va a hablar. Van a inventar que se acuesta conmigo, que es una bruja o que es una genio. No importa. —Su voz es firme, dura—. Los chismes son ruido, Sofía. Y el ruido no paga las facturas ni construye imperios. Los resultados sí.
Se endereza y señala el cheque en mi mano.
—Ese papel es la realidad. Lo que digan Claire Adams o cualquiera allá abajo es fantasía. Usted decide a cuál de los dos le va a prestar atención.
Me quedo sin aire.
No me está regañando. Me está entrenando. Me está diciendo que ignore el ruido y me enfoque en el poder.
Miro el cheque, luego lo miro a él.
David siempre se preocupaba por el "qué dirán". Este chico me está enseñando a que no me importe un carajo.
Enderezo la espalda. El miedo se disipa, reemplazado por una extraña sensación de fortaleza.
—Entendido, señor Blackwood —digo, y esta vez mi voz no tiembla—. Oídos sordos.
Él asiente, satisfecho.
—Bien. Ahora guarde eso. Y regrese a su escritorio. Tiene mucho trabajo.
—Sí, señor.—Me doy la media vuelta, sintiendo que floto. Llego a la puerta y pongo la mano en el pomo.
—Ah, y Sofía... —su voz me detiene.
Me giro. Él ya está sentado, revisando unos contratos, sin mirarme.—La próxima vez que alguien le ofrezca galletas para sacarle información, cómaselas. Pero no diga ni una palabra.
Una sonrisa, pequeña y genuina, se dibuja en mis labios.
—Lo tendré en cuenta. Gracias, Liam.
El nombre se me escapa. No "Señor Blackwood". Liam.
Él se detiene un segundo, su pluma flotando sobre el papel. No me corrige. No se molesta.
Solo sigue escribiendo.
Salgo de la oficina con el cheque en el bolsillo y el corazón latiendo fuerte.
Que hablen lo que quieran. Yo estoy en las grandes ligas.