Sofía...

1670 Words
[POV Sofía] —¡Jasper! —le grito por segunda vez a este muchacho que parece no escuchar o, simplemente, decide ignorarme—. ¡Jasper! El desayuno se enfría y no te irás a la universidad sin algo en el estómago de nuevo. Le advierto a la nada, porque él simplemente no responde. Sigo limpiando la encimera cuando sale disparado, ya con la mochila sobre el brazo y con esa reluciente sonrisa de que se va a salir con la suya de nuevo. Sus jeans desgastados a propósito, una sudadera con el logo de su universidad y el cabello igual que el de su padre: —Mamá hermosa... —dice el muy adulador, tomando solo un pancake del plato y metiéndolo de un sopetón a la boca—, lamento dejar este desayuno delicioso, pero si tardo más, Tiffany me colgará y no quieres un hijo sin novia. Antes de que pueda reclamar nada, me abraza por la cabeza y me besa en la frente, aprovechando que es más alto que yo. —No olvides que te amo, má, y que eres la mejor —dice y sale disparado como bala. Yo solo puedo sonreír, resignada. Recojo el plato y, al girar, miro los papeles que penden de un imán en la puerta del refrigerador «para no olvidarlos». —¡Carajo! —digo para mí misma, quitándome el mandil—. Si David no tiene estos documentos, no podrá hacer la venta del rancho de sus padres y los clientes van a ir hoy. Hablo sola, corriendo por la casa, poniéndome algo decente para ir a su oficina. Marco a su teléfono: una, dos, tres veces. No contesta. —Seguro está ocupado. ¡Como siempre! Salgo de la casa y subo a la camioneta. Giro la llave y nada. De nuevo lo intento y nada. ¡No prende! —¡Genial! Tenías que fallar justo hoy. ¿Dónde tiene la cabeza este hombre? ¿Qué va a hacer el día que me muera? —refunfuño, bajando de la camioneta más apurada que nunca. Tomo un taxi que me deja frente a la imponente construcción de la empresa. No es para menos que sea un edificio hermoso, si alberga la firma de arquitectos más importante de la ciudad, donde preside David. Entro mirando a las personas que están ensimismadas en sus temas y me dirijo al ascensor. Toco el botón. No pasa nada, no abre, no nada. —Señora, está descompuesto —dice un hombre mayor, al parecer un intendente, pasando distraídamente detrás de mí sin detener su camino. «Solo esto me faltaba», pienso para mis adentros y, sin otra opción, subo los tres pisos por las escaleras. Menos mal que hago cardio todas las mañanas, si no, estaría con el corazón en la garganta. Miro a mi alrededor y no veo a la asistente. —Seguro están en junta —comento para mí, explicando también el porqué David no me contestó—. Bueno, lo dejaré en el escritorio de él con una nota para que lo vea en cuanto salga. Me acerco a la puerta y me detengo de golpe cuando escucho risas y murmullos dentro de la oficina... Mi estómago da un vuelco. Los vellos de mi nuca se levantan como si, dentro de mí, supiera que algo va mal. Tomo la perilla despacio y pego un poco más la oreja a la puerta. Claramente oigo la risa de una mujer, seguida por la ronca voz de David. —¿Está con... su asistente? —me pregunto en voz bajita y, sin pensarlo más, abro la puerta. Lo que veo tiene que ser una visión, algo irreal. Tiene que serlo. David está hincado frente a un abultado vientre femenino dándole un beso. Un embarazo de poco tiempo, pero definitivamente es un vientre de embarazo. Recorro la mirada del rostro de David al rostro de ella y mis manos empiezan a temblar al mismo tiempo que mis oídos pitan... Mil imágenes de esa risa... esa risa que escucho mientras mi esposo besa su vientre. Mil imágenes que me rompen cada segundo más. Sus verdes ojos, iguales a los míos, se posan en mí y el rostro se le desencaja, pero estoy segura de que no más que a mí. Siento que voy a colapsar en este momento. Mi mente hace cortocircuito cuando las piezas encajan en mi cerebro viendo a mi esposo besar el vientre de mi hermana. —Sofía... —susurra ella, y él gira su rostro a mi encuentro. Pero eso duele aún más. No hay desconcierto, no hay nervios, mucho menos arrepentimiento en su rostro. Se pone de pie y se acerca a mí, mientras yo no puedo quitar la mirada de Zoe, que se cubre la barriga ante mi mirada atónita. —¿Qué mierda haces aquí, Sofía? —dice David llegando hasta mí, obligándome a mover la vista hacia él, haciendo que mis lágrimas se desborden recorriendo libremente mis heladas mejillas. —¿Qué es esto? —consigo decir en un susurro, con dolor por el nudo que parece roca en mi garganta. —¡No es nada que tu cabeza de chorlito pueda entender! ¡Así que lárgate y hablamos en casa! Lo miro borroso. Y sin más hablar, me adentro a la oficina para encararla a ella. Sé que es estúpido, pero hace cinco años, cuando él me engañó, era una asistente cualquiera. La corrió, perdoné y la vida siguió su curso. Pero, ¿cómo podré levantarme de esto? «Es mi hermanita». Me pongo frente a ella, que tiene la mirada en el ventanal a pesar de que me tiene enfrente. Y lo sé, sé la respuesta incluso antes de que se formule la pregunta en mi cabeza. —¿Es de él? —digo con la voz en un hilo. Casi creo que no me escucho, pero me confirma que sí cuando baja el rostro sin contestar. —¡No! —digo en un susurro ahogado, dando un paso atrás, porque de pronto siento que el mundo como lo conocía está en llamas—. ¡No, por favor! Me tomo la cabeza mientras mis oídos siguen pitando y mis ojos amenazan con salirse de sus cuencas. Siento un fuerte tirón del brazo y quedo frente a frente con David, que tiene fuego en la mirada. —¡Te dije que te largues! ¡Hablaré contigo en casa! —Me acerca más a su rostro y siento cómo mi alma se rompe como si fuera una hoja de papel, e irónicamente la rompe el hombre que he amado y venerado durante veintiún años—. ¡No hagas una escena aquí, Sofía! Esto es algo que vamos a arreglar en la casa, así que lárgate a lavar ropa o lo que sea que haces a esta hora. Me suelta el brazo bruscamente dándome un leve empujón y yo solo siento que mis piernas van a ceder en cualquier momento. Camino hacia la puerta de la oficina soltando los documentos que jamás entregué pero no le presto atención al sonido que hace la carpeta al chocar con el piso. Mi corazón late en mi garganta, mi visión es de túnel mientras en mi cabeza se repite en un bucle sin final la imagen de David besando el vientre de Zoe. «No puede ser verdad». Trato de convencerme cuando doy el primer paso a las escaleras y las piernas me quieren fallar. Las lágrimas no me dan tregua y se siente como si el oxígeno no entrara a mis pulmones. ¡Duele! ¡Carajo! Duele como nada me había dolido en mi vida. Imágenes de Zoe cuando le enseñé a andar en bicicleta, mientras la arropaba en mi cama porque tenía miedo de alguna tormenta, de David cuando nos juramos amor ante un altar, cuando vio a Jasper por primera vez agradeciendo con lágrimas en los ojos... todo colisiona en mí y se va, estirando hasta que parece que me voy a romper por completo. Sigo bajando cada escalón recargada en la pared para no caerme, mientras mi nublada visión no me ayuda para evitar chocar con una persona de frente. —¿Está bien, señora? —pregunta la jovencita frente a mí, pero no contesto, me estabilizó y sigo mi camino. Solo tengo que salir de aquí. Salgo del edificio caminando torpemente, abrazándome a mí misma porque temo que en cualquier momento este dolor abrirá mi pecho desde adentro. Todo parece un sueño, todo se ve irreal. Mis oídos no dejan de pitar aturdiendo a mi cerebro y las lágrimas no dejan de caer recorriendo mi cuello mientras me repito una y otra vez: «Lavar ropa... Solo sirvo para lavar ropa...». Sin tener idea de como sucede, una luz y un sonido más fuerte que el pitido de mis oídos llegan a mí. De pronto tengo un carro rojo frente a mí. Y todo pasa como en cámara lenta. Cuando siento que me va a arrollar, cierro los ojos y el rechinido de llantas que es ensordecedor llega a mí; solo atino a ponerme en cuclillas cubriendo mi rostro, aprieto mi cuerpo sin saber cuánto tiempo tardará el golpe. Me toman por el brazo y mis ojos se posan en un hombre que me mira desde su altura con los ojos desorbitados. Él habla pero no lo escucho, la niebla de mi mente no me permite entender. Él me recorre visualmente y me enfoco en su boca mientras el sonido se va aclarando poco a poco. —¡Señora! ¡Reaccione! ¿Está loca? Casi la arrollo. ¿Está lastimada? —dice el hombre castaño de piel blanca y ojos color miel. Yo no contesto, solo vuelvo a llorar. Quizá hubiera sido mejor que me arrollara. Quizá eso hubiera acabado con mi miseria. —¿Por qué llora? ¿Le duele algo? —dice mostrándose cada vez más preocupado—. ¡Carajo! La llevaré a un hospital. No me voy a ir tranquilo sin saber que no le pasó nada.
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