Mi nombre es Liam.

1626 Words
[POV Liam] ¡Vaya manera de iniciar el día! Casi arrollo a una mujer que salió Dios sabe de dónde. La mujer frente a mí está blanca como la cal y tiembla como una hoja. Peor aún, y más desesperante para mí, es que no contesta a nada; solo llora. —Señora, vamos a ir a un hospital —digo mientras trato de conducirla al auto, mientras la gente empieza a aglomerarse. —No necesito ir a ningún lado —dice en un susurro casi inentendible—. Solo debo ir a casa. Algo en su voz hace que sienta un hueco en el estómago. —Señora, está temblando, está pálida y casi la mato. Tienen que checarla en una unidad médica. Suba al auto, no es una pregunta. En mi día a día en la empresa tengo que resolver de manera rápida miles de problemas —jamás de este tipo hasta el momento— y este no será la excepción. No voy a dejar a esta mujer aquí en este estado casi catatónico. La mujer posa sus verdes ojos en mí y mira por primera vez a su alrededor, cayendo en cuenta de que estamos rodeados por muchas personas que la miran con cara de preocupación. Quiere dar la vuelta y la tomo del brazo firmemente, pero sin ser brusco. Ella mira de mi mano a mi rostro y un par de lágrimas se escapan, recorriendo un camino ya trazado sobre sus mejillas. —Hablo en serio. Suba al auto, no me iré a ningún lado sin usted. Es mi prioridad saber que está cien por ciento bien. Ella me mira como si buscara en mi rostro si le digo la verdad y creo que lo ve, porque de manera muy sutil asiente, quitando su mirada de mí. Rodeo el auto y le abro la puerta del copiloto. Ella se sube y desvía en todo momento la mirada de mí. —Con permiso —le digo mientras me acerco a ella para abrochar su cinturón de seguridad. Ni se inmuta, pero veo cómo sus manos se aprietan volviendo su ya blanca piel más blanca aún por la presión. Cierro la puerta con un leve portazo, rodeo el auto y lo enciendo, haciendo rugir el motor. La mujer a mi lado gira el rostro posando la vista en el edificio a nuestro costado y, negando, cierra los ojos para volver a derramar lágrimas mientras recarga la cabeza en el asiento. Y por primera vez me permito mirar su atuendo sencillo y me pregunto: ¿Qué pasó por su cabeza para ponerse frente a mi auto? El camino hacia el hospital se hace muy silencioso... Quisiera preguntarle a esta mujer: «¿Dónde vive?», para llevarla saliendo del médico, pero la veo tan sumida en sí misma que no sé cómo entablar la comunicación. Y eso ya de por sí es algo fuera de lugar en mí; yo jamás he sido un hombre al cual se le dificulte la comunicación. La miro de reojo viendo solo su perfil. Busco alguna herida, pero nada; gracias a Dios no encuentro nada a simple vista. Casi podría apostar que está bien físicamente, pero al parecer el impacto emocional sí la golpeó fuerte porque, como riachuelo, veo cómo sus lágrimas recorren su mejilla sin que ella se inmute. Acomodo el retrovisor y miro mejor su rostro: su tez blanca, pero sus ojos y nariz están rojos; su rubio cabello un poco fuera de la coleta alta que lleva. Me intriga su silencio, su quietud. Miro hacia su mano y veo una argolla brillando en su dedo y ahí me ataca una duda. «¿Por qué, si está casada, no llama a su esposo para decirle lo que sucedió?». Sus temblorosas manos no dejan de apretarse una a la otra, haciendo contraste con su quietud y su silencio sepulcral. —Todo estará bien, señora, se lo prometo, todo estará bien —le digo tratando de calmar sus nervios. Ella por primera vez gira su rostro hacia mí y me mira. De verdad me mira, mientras yo la miro esperando que el semáforo muestre el verde. —No la voy a dejar sola hasta que esté seguro de que está bien, por favor no se preocupe. Y ahí, justo con esas palabras, su labio inferior tiembla y sus ojos se llenan de lágrimas nuevas. Ella muerde su labio como queriendo contener algo que no entiendo. Cierra los ojos y sus lágrimas se desbordan. Mi corazón se comprime y un hueco se instala en mi estómago, mientras miro cómo esta mujer se rompe frente a mí. Mirándome a los ojos me dice en un susurro apenas audible: —Ya nada nunca va a estar bien. Tal vez... tal vez lo mejor hubiera sido que no pisara el freno. Mis ojos se abren desmesuradamente al escucharla mientras sus sollozos se vuelven desgarradores alaridos. Mi preocupación crece junto con la sensación de que tengo que protegerla, pero no sé de qué. Echa la cabeza para atrás como si le suplicara al cielo redención mientras yo me orillo, más preocupado que nunca. Por primera vez en mi vida no sé qué decir, solo es mi instinto el que me mueve y, aunque temiendo que ella me aviente o me abofetee, lo hago... Pongo mi brazo sobre sus hombros y con la mano izquierda tomo su rostro hasta recargarla en mi pecho. Y ella no se niega, solo llora. Se desgarra y es tan doloroso que me lo transmite un poco; siento un nudo en la garganta que mantengo a raya mientras ella moja mi pecho con lo que parece un interminable riachuelo de dolor que emana de sus ojos. No digo nada, estoy seguro de que nada de lo que diga podrá mitigar lo que sea que le duela, pero por este momento solo me conformo con sostenerla. [POV Sofía] Poco a poco mi cuerpo deja de sacudirse en espasmos violentos por el llanto, poco a poco se vuelven suspiros entrecortados mientras una mano sostiene mi cabeza y la otra mi espalda, infundiendo un poco de calor. No sé cuánto tiempo pasa, pero no me muevo ni abro los ojos. Solo respiro. Respiro profundo porque hace unos minutos juro que sentía que el oxígeno no entraba a mis pulmones por más que luchara por ello. Son minutos que se sienten como una pequeña eternidad que me mantiene aquí protegida de la asquerosa realidad. Poco a poco mi cordura y la claridad regresan. —No sé qué le pasó... —dice el muchacho, que no debe ser mucho mayor que mi hijo, el cual me está sosteniendo, rompiendo el silencio que se había implantado cuando mi llanto cesó—. No tengo derecho a preguntarlo, pero sé que es algo grande, algo que le caló hasta el alma. Solo quiero que sepa que incluso de esas caídas uno se levanta. Aunque ahora parezca imposible, aunque ahora sea una idea bizarra, le prometo que hasta los días más malos terminan. Y después de hoy usted va a renacer, porque cuando se está en el fondo del pozo solo nos queda mirar para arriba. Me quedo diez segundos absorbiendo esas palabras que, si bien no mitigan lo que siento, sí son una esperanza de que tal vez, solo tal vez, pueda sobrevivir a este dolor. Me levanto lentamente sin mirar a mi acompañante. Miro mis manos donde descansa esa maldita argolla que tanto amé, que tanto cuidé. Hoy se siente como un recordatorio de una condena de muerte. —Perdone los inconvenientes, señor... —Liam. Mi nombre es Liam —dice interrumpiendo mi diálogo. Me aclaro la garganta y continúo, empezando a sentir la incomodidad de esta situación. Él es un extraño. Casi me arrolla por mi culpa y, no suficiente con eso, me acaba de ver romperme como nunca en la vida nadie me ha visto. —Le agradezco infinitamente su preocupación y su ayuda, pero estoy bien y tengo que volver a mi casa... —Tengo que llevarla al médico —refuta. Pero ya no quiero estar aquí, así que tomo la manija, quito el seguro en un movimiento y salgo mientras él me toma de la mano intentando evitarlo. —¡¿A dónde va?! Por favor déjeme cumplir con mi palabra, no puedo dejarla ir sin saber que está bien. Miro su mano en mi muñeca deteniéndome firmemente, pero con cuidado de no maltratarme, y regreso la mirada a su rostro. Y de verdad que no vuelvo a llorar solo porque ya no quiero meterlo más en esta situación, pero el ver la preocupación que refleja este muchacho por mí en contraste del trato que me dio David... Como si yo fuese nada, como si fuera una basura pegada a la suela de su zapato que solo es una molestia. ¡Duele! Duele que este extraño me esté dando más cuidado que el hombre al que le he dado mi vida entera por más de veinte años. Me zafo de él y camino en contraflujo a los coches rápidamente. Escucho el fuerte portazo. —¡Señora! ¡Espere, por favor! El pitido de los autos tras de él, que impacientes esperan que se mueva, le impide ir tras de mí, dejando su auto. Sé que no va a regresar en sentido contrario. Así que camino sin regresar la mirada, camino entre tinieblas mientras la lluvia empieza a caer haciendo que la gente corra a salvaguardarse de las gotas que se agolpan en el pavimento. Sé que en esa oficina me acribillaron y en ese auto rojo inicio mi agonía. Ahí se quedó la mujer que amaba ciegamente. Y sé que esto no fue lo peor, sé que es solo el inicio del suplicio.
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