[POV Sofía]
Miro cómo el taxi se acerca al lugar que creí por años «mi hogar», mi zona segura, y en este momento pareciera que me fui hace veinte años, no esta mañana, porque lo siento completamente ajeno.
El taxista aparca frente a la casa y la miro cinco segundos, sintiendo un frío recorrer mi espalda al tiempo que mis manos sudan y un indescriptible miedo me envuelve.
—Espéreme, por favor. No tardo —le digo al taxista, regalándole una pequeña mueca, lo más parecida a una sonrisa que puedo lograr.
Él me mira por el retrovisor al tiempo que asiente.
—Está bien, señora, no se preocupe. Aquí la espero.
El hombre debe pensar que estoy loca. Y es que así me veo: como una loca, como un zombi que camina por inercia, no por voluntad.
Los cuatro metros que separan la acera de la entrada de la casa se hacen un camino imposible de caminar cuando mis piernas tiemblan, porque la realidad es que no quiero enfrentar esto, pero ya no puedo cerrar los ojos. Es demasiado tarde para eso.
Meto la llave y la giro lento, como si eso me diera tiempo para evitar el golpe que sé que será enfrentar la mentira más grande que he vivido.
Abro la puerta y veo solo sombras a pesar de la luz que entra por los grandes ventanales, como si fuese una casa fantasma.
Camino lentamente al recibidor y detengo mi paso, respirando fuerte por la boca antes de girar.
Lo hago. Giro y veo ahí veintiún años plasmados en esas fotos que eran mi tesoro. Tomo una foto donde sonrío abrazada a David; mis ojos brillaban y mi sonrisa es amplia. Esa imagen logra romperme porque yo amaba tanto a ese hombre que lo más mínimo me hacía feliz, y ahora no sé cuándo podré volver a sonreír de nuevo así, o siquiera si podré volver a hacerlo.
Mientras más miro, las lágrimas se agolpan en mis ojos y el sentimiento en mi pecho se vuelve insoportable; ese sentimiento de añoranza, como si fueran imágenes de otra vida que ya no me pertenece.
Tomo la foto del día de nacimiento de Jasper. Justo en el momento que llegó a este mundo me veo sudada, cansada, pero feliz... tan, pero tan malditamente feliz. Tomo la foto también de su graduación de preparatoria y las abrazo contra mi pecho. Son los únicos recuerdos que quiero quedarme.
Camino lentamente a la habitación.
Entro y miro todo pulcramente acomodado, justo como a él le gusta. Dejo los cuadros en la cama y miro el clóset.
Sé que esto ya es inevitablemente el final y que jamás volveré a estar parada aquí, porque sé que soy yo la que se tiene que ir. No podría sobrevivir si me quedo en este lugar que albergó lo que yo creía era mi historia de amor.
Tomo la maleta y abro las puertas para tomar mi ropa, mis joyas y mis cosas personales.
La imagen delante de mí hace que derrame más lágrimas y juro por Dios que ya no quiero llorar. ¡Ya no quiero! Pero no puedo evitarlo al ver sus trajes planchados, acomodados por colores, algunos —los más importantes— en su funda.
«...Lárgate a lavar ropa o lo que sea que haces a esta hora...»
Esas malditas palabras de David colisionan en mi cabeza una y otra vez.
—Sí... Lavaba tu ropa, limpiaba tu casa —digo sintiendo mi garganta desgarrada por el nudo que la oprime—. Lo hacía con tanto amor, David. ¡Con tanto maldito amor! Con tanta devoción. Porque te amaba...
Mi voz se rompe y cierro los ojos negando una y otra vez, pensando: ¿En qué fallé? ¿Qué pude haber hecho tan mal?
En un arranque, no sé si de ira o de locura, arranco los trajes de sus ganchos y los tiro. Todos y cada uno de ellos. Y los piso, como si con esto pudiera pisar también el dolor que siento.
—¡¿Ahora quién será tu sirvienta, cabrón?! —bramo con tanto dolor dentro de mí. Porque mientras yo me esmeraba en ser la esposa que David «necesitaba y merecía», él se revolcaba con mi hermana, con esa niña que conoció de catorce años cuando entró a mi casa.
«¿Cómo pudiste, David?»
Entro de nuevo al clóset dispuesta a tirar lo que encuentre y veo las cajas de sus relojes. Comienzo a aventar uno a uno sin el más mínimo cuidado de que se rompan; a él no le importó romperme el alma, a mí me valen mierda sus relojes.
De pronto, escondida entre las cajas, veo una tablet.
La tomo entre mis manos y me pregunto: ¿De dónde salió? ¿Y cómo es que nunca la vi?
La prendo y anticipo que no me va a gustar lo que aquí encuentre.
Entro directo a la galería de fotos y mi boca se seca de inmediato cuando hay un sinfín de fotografías de ellos que empiezan a aparecer... Viajes, cenas, paseos, videos juntos en hoteles, riendo... Riéndose de mí.
Años de engaño frente a mis ojos.
La tablet cae de mis manos mientras mis ojos permanecen abiertos al igual que mi boca. No fue una aventura, fue una vida construida alterna a esta que era nuestra vida. Construyeron una vida en el cadáver de la mía.
—¡¡Noooooooo!! —grito sintiendo que el sonido sale desde mis entrañas y caigo de rodillas sobre sus trajes. Los tomo entre mis puños y cubro mi rostro con ellos mientras mi cuerpo tiene espasmos violentos por el llanto—. ¿Por qué? ¿Qué les hice para merecer esto? —susurro mientras siento cómo el dolor se convierte en rabia. Caliente y pura rabia.
Me pongo de pie y limpio con mi brazo, bruscamente, mis ojos que arden. Arden tanto.
Camino hacia la caja de costura y tomo unas tijeras. Me dirijo directo a los trajes en el piso y empiezo a cortar todo. Todos y cada uno, importandome una mierda que algunos cuesten cientos de miles de dólares.
—¡Aquí están tus trajes, David! ¡Pulcros! Justo como a ti te gusta, hijo de puta... ¡Desgraciados! Ahora ya no tienes quién te lave la ropa, y tampoco ropa, maldito.
Y toda la rabia la suelto mientras me deshago de todo a mi paso.
Tomo mi ropa y pongo lo más importante en la maleta con la adrenalina corriendo por mis venas.
Guardo todas mis joyas y mis ahorros en efectivo. Meto las fotos de Jasper y tomo la maleta que, aunque está pesada, la levanto sin inmutarme.
Bajo las escaleras y llego al recibidor.
Me detengo sin pensarlo y la rabia burbujea dentro de mí.
—¡¡Aaaahhghhh!! —bramo desde el fondo de mi ser y lanzo las fotos que antes eran mi tesoro. El sonido de los cristales rompiéndose inunda mi cerebro mientras quiero, con este acto, romper todo amor dentro de mí hacia este mentiroso infeliz.
Todo es un remolino de emociones: mi llanto, mis gritos, todo rompiéndose. Justo como se siente mi interior. Tal cual es mi trance que no escucho la puerta, no advierto su llegada hasta que siento unos brazos envolverme desde atrás inmovilizando los míos.
Me tenso totalmente tratando de soltarme. Y entre la bruma de mi mente escucho...
—¡¿Qué te pasa, mamá?! ¿Qué sucede? ¡¡Cálmate, por Dios!! ¡Todo va a estar bien!
Y es su voz, sus brazos, su calor, y esas palabras «todo va a estar bien» lo que me hace caer al piso tan cansada, que parece que hubiera vivido diez años en tan solo unas horas. Mi hijo me sigue sosteniendo, abrazándome ahí, arrodillada en medio de lo que fue mi hogar y que hoy es la tumba de la Sofía que un día amó, la Sofía que un día confió.
Me ahoga el dolor y un aullido sale de mí mientras mi hijo tiembla queriendo sostenerme sin saber las razones, tan ajeno a lo que el hombre que lo procreó ha hecho, tan ajeno a que va a traer a otra criatura que proviene del engaño, de la perversidad, de la mentira.
Aúllo mi dolor, porque ya no soy un humano; soy un animal herido de muerte.
Mi hijo permanece en silencio y, cuando creo que las piernas pueden responderme, simplemente me levanto y tomo la maleta.
—Mamá... ¿Qué está pasando? —pregunta con la visible duda y hasta miedo en la mirada.
Me acerco a él y tomo su mejilla.
—Te voy a buscar más tarde, amor. Desayuna, por favor —y sin más, camino hacia la puerta.
Los gritos de mi hijo llamándome no me detienen. Subo al taxi y salgo de ahí sabiendo que este capítulo de mi vida se cerró de la manera más dolorosa posible.