[POV Liam]
El estruendo de una bocina justo detrás de mi parachoques me saca del trance.
Parpadeo, regresando a la realidad de la avenida congestionada, pero mis ojos siguen fijos en el punto donde esa cabellera rubia desapareció entre los coches en sentido contrario.
Se esfumó.
Como si fuera un fantasma que vino a alterar el orden de mi perfecta y controlada existencia para luego desvanecerse en la lluvia.
—¡Maldita sea, ya voy! —le grito al retrovisor, liberando un poco de la frustración que me quema las venas.
Meto primera con una violencia innecesaria y el motor de mi deportivo ruge, avanzando los metros que me separan de la posibilidad de dar la vuelta.
Miro el asiento del copiloto.
Vacío.
Hace dos minutos, una mujer se rompía en pedazos justo ahí.
Paso una mano por mi cabello, frustrado, y al bajarla, mis dedos rozan la tela de mi camisa, justo sobre el corazón.
Me detengo.
La seda egipcia está húmeda y fría. Bajo la mirada y veo la mancha oscura en mi pecho.
«Sus lágrimas»
Aprieto el volante hasta que mis nudillos se ponen blancos.
Aprendí a no llorar antes de aprender a multiplicar. Cuando mis padres murieron y me dejaron a cargo de un imperio con apenas edad para entender lo que era una "acción", entendí que las lágrimas en este mundo son sangre en el agua para los tiburones.
Pero ella... ella sangró emocionalmente sobre mí sin importarle nada. Y esa sensación de su cuerpo temblando contra el mío se ha quedado grabada a fuego en mi piel.
Ese nudo en la garganta que logro instalar cuándo tenía más de diez años que no lo sentía, es algo que no estaba previsto en la agenda.
—¿Quién te hizo tanto daño? —murmuro a la cabina vacía, donde un aroma suave, mezcla de lluvia y algo dulce que no logro identificar, persiste en el aire.
Conduzco hacia la torre Blackwood en piloto automático.
Mi mente, usualmente una calculadora de riesgos y beneficios, está en blanco. O más bien, llena de estática color verde.
Entro al lobby de Blackwood Corp como un huracán. Los empleados se apartan a mi paso; saben que no saludo, saben que no me detengo. Soy el "Inamovible Liam Blackwood", el huérfano prodigio que convirtió una herencia en un imperio global. Nadie me toca, nadie me afecta.
Hasta hoy.
—¡Señor Blackwood! —la voz de Sara, mi asistente, me persigue mientras camino hacia el elevador privado—. Los inversores japoneses ya están en la sala de juntas B. El señor Tanaka está revisando los informes. El café está listo y...
Se detiene en seco cuando me giro para enfrentarla justo antes de que las puertas de acero se cierren. Sus ojos se abren desmesuradamente y bajan directo a mi pecho.
—Señor... su camisa —balbucea, sacando una libreta de su bolsillo como escudo, protegiéndose de mi temperamento—. Tiene una mancha enorme. ¿Se derramó el café? Llamaré al mantenimiento para que traigan una de repuesto de inmediato.
Mira hacia abajo. La mancha oscura sigue ahí, secándose, pero visible. Un mapa del dolor de una desconocida impreso en mi armadura de seda.
—No —corto tajante, sorprendiéndola—. Tráela a mi oficina. Yo me cambio. Y cancela mi entrada a la junta. Diles que llegaré cinco minutos tarde.
—Pero señor, el señor Tanaka es muy estricto con la pun...
Las puertas se cierran, silenciándola.
Subo los cuarenta pisos en silencio, viendo mi reflejo distorsionado en el metal pulido. Me veo igual que siempre: impecable, frío, intocable.
El mismo rostro que aprendí a poner a los quince años para que los socios de mi padre no me comieran vivo. Pero no me siento así. Me siento... alterado. Vulnerado.
Entro a mi oficina, un mausoleo de cristal y cuero con vista a toda la ciudad, y voy directo al baño privado.
Sara, eficiente como siempre, ya ha dejado una camisa blanca, fresca y almidonada, sobre el lavabo de mármol.
Empiezo a desabotonar la que traigo puesta. Mis dedos rozan la tela donde ella apoyó su mejilla. Me la quito con movimientos bruscos, irritado conmigo mismo por esta estupidez, y la hago bola para lanzarla al cesto de la ropa sucia.
La tela vuela y cae dentro del cesto de mimbre.
Me quedo ahí, parado frente al espejo, con el torso desnudo.
Me lavo la cara con agua fría, tratando de quitarme esta sensación de inquietud, de limpiar el "fantasma". Me seco con la toalla y estiro la mano para tomar la camisa limpia.
Pero mi mano se detiene en el aire.
Mis ojos van al cesto.
—Maldita sea —gruño, sabiendo que estoy perdiendo la razón.
Me agacho y saco la camisa arrugada.
La acerco a mi rostro, cerrando los ojos.
E inhalo.
Ahí está.
No es un perfume caro de las mujeres con las que suelo salir, esas que buscan mi apellido más que mi piel. Es lluvia, es angustia, y un toque dulce y suave, como vainilla o leche tibia.
Es un aroma real, humano, maternal.
Huele a la mujer que se me escapó entre los dedos.
Huele a la única cosa auténtica que me ha pasado en años.
No la tiro al cesto.
Abro el cajón inferior de mi mueble de baño, ese donde no guardo nada porque nada es lo suficientemente importante, y la doblo con un cuidado ridículo, casi reverente, colocándola al fondo.
Me pongo la camisa limpia, abotonándola hasta el cuello, volviendo a encerrarme en mi disfraz de CEO implacable. Pero ahora sé que, bajo esta capa de perfección, hay un secreto guardado en un cajón.
Salgo del baño, ajustando a los gemelos de oro en mis mangas, sintiendo el frío del metal contra mi piel.
—Vamos por esos japoneses —digo a la nada.
Camino hacia la puerta, listo para devorar el mundo de los negocios una vez más, pero mi mente ya está calculando las probabilidades de volver a encontrar unos ojos verdes en una ciudad de veinte millones de habitantes.
Porque el "Inamovible Liam" acaba de ser movido.