[POV Sofía]
Recorro las calles de la ciudad con la mirada perdida, hipnotizada por una gota de lluvia que corre por el cristal frío de la ventana. Afuera, las luces de los semáforos y los anuncios de neón se deshacen entre el agua, creando un marmoleado de colores difusos, tan caótico como mi propia mente.
De fondo, muy bajito, la radio del chófer emite una balada que no reconozco. No sé quién canta, ni me sé la letra, pero me aferro a la melodía. Tarareo en silencio, un zumbido apenas perceptible que uso como escudo para no escuchar mis propias voces internas. Si dejo de tararear, tendré que pensar. Y si pienso, voy a gritar.
—Señora... —la voz del chófer rompe mi trance. Me mira por el retrovisor con una mezcla de curiosidad y lástima profesional—. Hemos llegado.
Miro el edificio frente al que nos hemos estacionado. Trato de recordar si alguna vez lo había visto en mis trayectos por la ciudad.
«Por supuesto que no».
El flamante y prestigioso arquitecto David Jefferson jamás nos habría traído a un lugar que no tuviera cinco estrellas y valet parking. Este hotel es diferente.
No es un lugar de paso sórdido, pero es sencillo, funcional, anónimo.
Es perfecto.
Necesito un refugio neutro donde dormir mientras decido qué va a ser de mi vida.
Un limbo donde pueda organizar el naufragio de mi interior y averiguar qué carajo sigue después del fin del mundo.
Extiendo un billete hacia el conductor, quien sigue escrutándome. Debo lucir espantosa, con el maquillaje corrido y esta aura de desastre que siento que me rodea.
—Quédese con el cambio. Gracias —murmuro, y mi voz suena ajena.
Bajo del automóvil y la humedad de la noche me golpea la cara. Entro a la recepción y lo primero que me recibe es un olor intenso a limpiador floral. Se respira un ambiente impregnado a aromatizante barato, pero limpio. «Se nota el esfuerzo», pienso. Y esa limpieza aséptica es justo lo que mi alma necesita.
—Buenas noches, bienvenida —me saluda una chica detrás del mostrador. Tiene una sonrisa fresca y no debe tener más de veinticinco años. La envidio. Envidio su ignorancia sobre mi dolor.
—Hola. Quiero una habitación, por favor —le digo, tratando de sonar firme, aunque solo siento cansancio.
—Claro, sería la habitación 402. Por favor, llene su registro —dice extendiendo una hoja y un bolígrafo barato hacia mí—. ¿Su pago será con tarjeta o en efectivo?
La pregunta me paraliza un segundo.
Saco mi cartera de marca —otro regalo de él— y al abrirla, lo primero que brilla es la tarjeta Black American Express de David. Ilimitada. Poderosa.
Un hueco ácido se instala en la boca de mi estómago.
Podría usarla.
Tengo derecho.
Pero la idea de gastar un centavo más de su dinero me revuelve las tripas.
No quiero dejar rastro. No quiero que le llegue una notificación a su celular diciéndole dónde estoy.
Y sobre todo, necesito empezar a soltar. Soltarlo a él significa dejar de depender de su economía.
Empujo la tarjeta negra hasta el fondo de la billetera y mis dedos rozan un plástico diferente. Más viejo.
La saco lentamente. Es mi vieja tarjeta de ahorros. Al ver el logo desgastado, una oleada de nostalgia me golpea el pecho, trayendo de golpe el recuerdo de mi papá.
«—Hija, eres muy joven para casarte, pero sé que estás decidida... —la voz de mi padre resuena en mi memoria, tan clara como si estuviera aquí. Recuerdo la textura de sus manos grandes y cálidas poniendo el plástico en mi palma—. Quiero que tomes esto. Ahora no tiene mucho, pero mes con mes yo iré depositando una cantidad. Si un día tienes problemas, o si por alguna razón David no puede proveerte... aquí tendrás la mano de papá para sostenerte, mi amor.
—¡Papá, no es necesario! —le repliqué aquella vez, tratando de devolvérsela, riéndome de su preocupación excesiva.
Él cerró mis dedos sobre la tarjeta y me miró con esa ternura infinita que siempre tenía para Zoe y para mí.
—Ojalá y no, amor. Ojalá nunca la necesites. Pero deja que mi corazón de padre esté tranquilo sabiendo que te estoy dando una herramienta... una salida».
Y así fue. Durante quince años, mi papá no falló a su palabra, depositando mes tras mes, incluso cuando la economía fluctuaba. Lo hizo hasta el día que se fue de este mundo.
Hoy lo extraño tanto que duele respirar. Lo extraño tanto, tanto, tanto.
Pero al mismo tiempo, una parte oscura de mí agradece al cielo que él no esté aquí. Si viera lo que Zoe ha hecho... si viera en qué se convirtió su "princesa pequeña"... moriría de nuevo. De tristeza y de vergüenza.
Respiro hondo para no llorar frente a la recepcionista y le entrego la tarjeta y la papeleta llena.
La chica teclea en su computadora y lee mis datos en voz alta.
—Muy bien... Señorita Campbell —dice, ignorando el "De Jefferson" que he omitido deliberadamente en el papel.
Siento como algo cimbra dentro de mis huesos al oír el apellido de mi padre.
Aquel apellido que dejé hace dos décadas para convertirme en la «Señora de Jefferson».
Escucharme a mí misma siendo solo Campbell de nuevo se siente extraño, desnudo... pero también se siente como un triunfo. Un triunfo diminuto, casi imperceptible, en medio de la derrota.
Tomo un sorbo de la botella de agua de cortesía que dejaron sobre el escritorio.
Está tibia, sabe a plástico, pero mi garganta está tan seca que no me importa.
Camino hacia la ventana y solo le doy un vistazo rápido a la incesante lluvia cierro las cortinas de golpe, bloqueando la ciudad, bloqueando el mundo.
Mi mente vuela, inevitablemente, hacia Jasper.
Quisiera tanto hablar con él. Necesito saber cómo está. Estoy segura de que debe estar confundido, tal vez furioso conmigo por la forma en que me fui, sin despedirme, sin una nota. Pero, ¿qué podía hacer?
No podía explicarle a mi hijo lo que ni yo misma logro entender todavía. No podía responder preguntas sobre un dolor que aún no tiene nombre.
Mi instinto de madre me grita que lo llame, que lo busque, que le diga que mamá está aquí. Pero me abstengo. Me muerdo el labio hasta que duele porque una parte de mí, una pequeña y oscura parte, desea que sea David quien dé la cara. Que sea él quien tenga que mirar la confusión en los ojos de Jasper y tratar de explicar lo inexplicable. Que cargue él con el peso de la verdad por una vez en su vida.
Sacudo la cabeza con fuerza, tratando de expulsar las ideas, las imágenes de ellos dos, las voces que me taladran el cerebro.
Camino hacia el baño, despojándome de cada prenda sin detenerme. Los zapatos, la blusa, el pantalón... van quedando tirados en el suelo como piel muerta.
Abro la ducha. El vapor comienza a llenar el pequeño cuarto de azulejos beige. Cuando la temperatura es perfecta para mi, entro. Levanto el rostro hacia el cielo raso, dejando que el agua caliente golpee mi piel, empapando cada centímetro, quemando el frío que siento en los huesos.
Un sollozo ahogado se me escapa, gutural, doloroso. Las lágrimas se confunden con el agua cristalina mientras abrazo mi propio cuerpo, tratando de mantenerme unida.
—¡Se acabó, Sofía! —me digo a mí misma, y mi voz suena rasposa, rota, rebotando contra las paredes húmedas—. Hoy te apuñalaron. Te sacaron el corazón a sangre fría. Hoy te mataron y en este momento tú misma te vas a enterrar...
El llanto me ahoga. El nudo en la garganta se aprieta y me impide seguir hablando. Solo lloro, temblando bajo la lluvia artificial, dejando que el agua lave la mugre de la traición.
Respiro hondo, trago el dolor y sigo, ahora casi gritando en susurros:
—Hoy te vas a arrastrar y vas a llorar todo lo que tengas que llorar. Pero mañana... —hago una pausa, limpiándome la cara con violencia—. Mañana te vas a levantar. Mañana vas a mostrarle al mundo de qué estás hecha. Vas a demostrarle al infeliz de David Jefferson que eligió mal a su víctima.
Abro los ojos bajo el agua, sintiendo el ardor de las lágrimas contenidas.
—Porque tú no te vas a morir sin él, Sofía. Él mató a Sofía de Jefferson esta noche. Pero tú... tú eres Sofía Campbell. Y vas a salir de esto. Te lo juro por mi vida, que vas a salir de esto.