Y si volviera a nacer repetiría
Y si volviera te daría más calor
Me quemas con la punta de tus dedos
Tus manos hacen llagas en mi piel
Me abrazo con tu lengua que es de fuego
La sangre hierve o no lo ves
Que tú ya sabes que me tienes cuando quieras
Ya sabes como soy
Ya sabes que te entra la primera
Ahora ya sale algo mejor
Me haces tanto bien, me haces tanto bien
Me haces tanto bien
Me haces tanto bien, Amistades Peligrosas
Lucía
Roma, mayo 2022
Llegué al hotel, y me acosté un rato para dormir una siesta, pero mi cerebro no dejaba de pensar en lo que sentiría si esas manos volvían a tocarme. Deslice mi mano entre mis piernas y empecé a acariciarme pensando que era Fabio el que lo hacía, toque mi humedad entre los pliegues y comencé a frotar en círculos mi centro, deseando que fueran sus manos las que estuvieran tocándome, evoqué la forma en que su lengua lamia la cuchara, y me deje llevar gritando su nombre mientras retorcía las sábanas.
Me desperté a las seis, me di un baño, y llamé a Jessica. Necesitaba urgentemente hablar con ella.
— ¡Amiga! ¿Cómo estás? ¿Cómo esta Roma? —.
— ¡Ay amiga! Increíble como siempre. –hice una pausa.
—¿Qué pasa Luc? —.
—Nada, voy a salir a cenar—.
—¿Sola? —.
—No — inspiré profundo— con Fabio—.
—¿Me jodes? -Juan, Lucía y Fabio van a salir a cenar esta noche—.
—¿Ay Jess, no querés publicarlo en los diarios? —.
— Lu, escúchame una cosa, es necesario que Uds. hablen. Los dos están como alma en pena hace años sufriendo por el otro, por ese orgullo de mierda que nunca dejan de lado. Dale una oportunidad y escúchalo—.
—Jessica te parece que no tuvo oportunidades conmigo? —.
—Ya lo sé, pero Fabio cambio mucho. Si hubieras venido al cumpleaños de Juan lo sabrías—.
—Jessica, ya sabes porque no fui—.
—Si, por el idiota de tu ex—.
—¿Te parece que podía ir con él, sabiendo que Fabio iba a estar allí? —.
—Ya lo sé amiga, pero prométeme que te vas a dar una oportunidad de ser feliz con la persona que amas. Porque a mí no me digas que eso no es amor—.
—Ay Jess, tengo miedo. No quiero volver a salir lastimada—.
—Dale una oportunidad, escúchalo. yo sé porque te lo digo. Llamame mañana para contarme todo porque te mato si no lo haces—.
Me puse el vestido n***o que había comprado en un impulso. Era corto, sin mangas, ceñido al cuerpo y cerrado por delante, pero dejaba toda la espalda al descubierto. Completé mi atuendo con unas sandalias de tacón altísimas, que estilizaban mi figura, me dejé el cabello suelto, y pinté mis labios de rojo. Me miré al espejo y me encantó la imagen que este me devolvía, me sentía sexy y segura. Antes de salir le mandé una foto a Jessica, que me envió todo tipo de emoticones y stickers de contenido s****l. que loca estaba mi amiga, pero como la quería.
A las ocho en punto, la pantalla de mi móvil se iluminó.
Fabio: estoy abajo. ¿Bajás?
Emocionada como si fuera la primera vez que tuviéramos una cita, aunque esta no lo era, traté de dominar a las mariposas, y tomando mi cartera salí de la habitación rumbo a la calle.
al llegar al lobby lo vi y me quedé de una pieza. Estaba jodidamente guapo. De pie frente a la puerta del hotel esperándome, apoyado sobre una moto, vestido con pantalón n***o, zapatos, camisa blanca y campera de cuero n***o, despeinado como si se hubiera pasado la mano muchas veces por el pelo. Cuando me vio, sonrió mirando mis piernas, y emitió un silbido. Conociéndolo sabía que estaba pensando en qué ese estúpido vestido que me había puesto, sin medias, iba a dejar mis piernas al desnudo en cuando subiera a la moto. Lo miré y le dije: ni se te ocurra decir lo que estás pensando. Largó una carcajada que deshizo mis barreras, y lo saludé con un beso en la mejilla.
Me tendió un casco rojo reluciente, parecía recién comprado. Lo habría comprado para mí, de ser así había recordado mi color preferido. El cual me ayudó a ponerme. Se subió a la moto, yo lo hice detrás de él. Me aferré a su cintura, pero dejando un espacio. Giró su cabeza y me dijo acércate más así vas más cómoda, llevando mis manos a su abdomen. Lo agarre fuerte, y me acerque a él. Su abdomen bajo mis manos se sentía firme y plano. algo había podido vislumbrar la noche anterior en el hotel cuando lo vi con tan solo una toalla. Inspiré su aroma, no el perfume, sino el de su piel, ese que siempre quería que quedara impregnado a la mía.
Arranco la moto. Recosté mi mejilla en su espalda y suspiré. Volvió a apretar mi mano, como si supiera lo que estaba pensando y a él le pasara igual. Ambos sabíamos cómo terminaría esa noche.
Condujo un rato sin hablar, hasta que llegamos a la vía del foro. En el cielo la luna llena iluminaba los majestuosos monumentos. Frenó la moto, se sacó el casco, hizo lo mismo con el mío, y sin dejar de mirarme me invitó a bajar.
Me ayudó sosteniéndome de la cintura, y lo mire. Y me perdí en esos ojos que tanto había amado. El tiempo se detuvo, solamente estábamos él y yo. Nada más importaba. En cámara lenta se fue agachando, con una de sus manos presionando mi cintura me acercó hacia su cuerpo cálido, sin dejar de mirar mis labios, su otra mano se posó en mi nuca y al sentir su cálido contacto abrí la boca para emitir un gemido tenue y supe que no podría resistirme si me besaba.
Fabio al escuchar mi gemido, me pego a su cuerpo, y me besó con pasión, queriendo devorarme.
—Quiero escuchar esos gemidos por el resto de mi puta vida, saliendo de tu boca. Quiero dormirme con ese sonido en mis oídos y despertar cada mañana pensando en cómo provocarte nuevos gemidos con mis besos. Porque vos sos mía. Y yo soy tuyo. —dijo mordiendo mis labios y llevando mi mano a su pecho.
Una brisa fría me provocó escalofríos y el hechizo se rompió.
-Fabio pará. Soltame. - reclame agitada. - dijimos tregua como amigos. -
Sabía que eso era imposible, pero debía comportarme como una adulta. Aunque los adultos pueden separar el sexo del amor, ¿no?
Tomándome de las nalgas, me acercó más a él, haciéndome sentir su dura erección. Y ese momento fue mi perdición, no quería pensar más quería sentirlo en cada centímetro de mi piel que reclamaba sus caricias a gritos. Le mordí el labio inferior. Esa boca carnosa que estaba hecha para el pecado. Él me levantó colocando sus manos de manera que sostenía mis muslos y me empujó contra la pared, presionando contra mi centro que palpitaba por su contacto. Enredé mis piernas a su cintura y me moví urgida por una necesidad que me quemaba las entrañas, besándolo con pasión. Metí mis dedos entre su pelo y lo acerqué más a mí.
El metió la mano entre mis piernas y acaricia mi humedad por encima de la ropa interior.
—Lucia, estas muy mojada—. dijo sin dejar de besarme, presiono mi cuerpo aún más contra la pared y yo empecé a mover mi pelvis contra su mano.
—Shhh tranquila, tenemos toda la noche. Siguió dándome besos por el cuello y yo no dejaba de invitarlo a que continuara.
—Lucía no te voy a coger contra la pared, en la calle como un adolescente caliente por más que me vuelva loco la idea—. Me soltó dejándome en el suelo. — Antes tenemos que hablar—. depositó un tierno beso sobre mis labios.
—No sería la primera vez—. Respondí mientras me acomodaba el vestido.
Me abrazó, y susurró en mi oído. Te voy a llevar a mi casa, a mi cama, voy a besar cada rincón de tu cuerpo y a hacerte el amor como hace años debería haber hecho. No te voy a dejar escapar esta vez petisa—. Me dio otro beso—. Pero te prometí una cena y una charla y voy a cumplir mi palabra.
Lo bese desesperada, como siempre quería todo con él y no quería esperar.
Llegamos al restaurante, donde la cena fue mágica. Nos esperaba una mesa pequeña, en un rincón iluminado por velas. De fondo una pequeña banda tocaba música italiana de otras décadas. Esa noche era mágica y no quería que nada la interrumpiera, ni siquiera una charla que llevaba años de retraso. No podíamos dejar de besarnos, y tocarnos. Intentó hablar, pero yo no lo dejé, ya habría tiempo de hablar.
Habíamos terminado de cenar y el cantante empezó a cantar una canción muy vieja, Mi sono innamorato di te.
Al escucharla, Fabio me tendió la mano y me invitó a bailar. Él odiaba bailar en público, y siempre había sido yo la que lo tenía que arrastrar a la pista.
Me tomó entre sus brazos y bajando la cabeza, acercó su boca hasta mi oído y empezó a cantarme la letra de esa canción.
Mi sono innamorato di te / Perché non avevo niente da fare/ Il giorno volevo qualcuno da incontrare/La notte volevo qualcosa da sognare.
Mi sono innamorato di te/ Perchè non potevo più stare solo/Il giorno volevo parlare dei miei sogni/La notte, parlare d'amore./
Me enamoré de ti/Porque no tuve nada que ver con eso/El día que quería que alguien conociera/Por la noche quería algo que soñar/Me enamoré de ti/Porque ya no podía estar sola/El día que quería hablar de mis sueños
Por la noche, habla de amor.
Escuchar esas palabras fue el último aliciente que necesitaba para dejar de pensar en lo que vendría y me ayudó a decidirme por vivir el momento. Lo necesitaba desesperadamente.
— ¿Nos vamos para tu casa? —susurré en su boca. Él tragó saliva, vi su nuez de adán moverse de arriba hacia abajo y supe que no había vuelta atrás para mí.
Cuando llegamos a su casa me ofreció algo de beber. Nos sentamos en el sofá del salón con un vaso de whisky cada uno y nos miramos profundamente. Tantas palabras flotaban entre nosotros, pero ninguno las pronunciaba. Teníamos mucho para aclarar, pero no quería hacerlo esa noche. Me puse de pie frente a él, lo miré y me quité el vestido dejándolo caer, desabroché mi sujetador y me quedé solo con la tanga negra que me había puesto para que me la saque a mordiscones. Me senté a horcajadas y lo besé. El me devolvió el beso y sus manos tomaron mis pechos, se alejó de mi boca para brindar toda su atención.
—Hermosas perfectas, tan deliciosas como las recuerdo—. Me mordisqueó un pezón llevándome casi hasta el borde del éxtasis. Hacía mucho tiempo que mi piel no sentía ese cosquilleo que me hacía sentir viva. Nunca había vivido sensaciones tan intensas con otro que no fuera él.
Metí mi mano entre nosotros buscando desabrochar su pantalón, para poder sentirlo. Saque su pene duro y caliente y lo masajee con mi mano, de arriba hacia abajo.
—Tranquila Lucía, o esto se va a terminar antes de siquiera arrancar—. Murmuró entre dientes mientras detenía mi mano con la suya.
Lo miré mordiéndome el labio picarona y me levanté, ubicándome sobre la alfombra entre sus piernas. Bajé mi cabeza a su entrepierna y me metí su duro pene en la boca sin respirar, él tembló de placer y dijo algo que no entendí. Una de sus manos se enredó en mi cabello mientras yo intentaba devorarlo, con la otra me acariciaba la mejilla dulcemente.
—Ahora me toca a mí saborear tu sexo. — Me levantó y me puso de espaldas sobre el sofá abriendo mis piernas y enterró su cabeza entre ellas.
Con labios húmedos comenzó un reguero de besos por mis piernas, y se detuvo para soplar sobre mi clítoris provocando un escalofrío que me hizo temblar de pies a cabeza. sentí su lengua húmeda devorándome y creí que me voy a morir en ese momento. Mi corazón palpitaba enloquecido, y supe que el orgasmo estaba ocurriendo. Besó mi clítoris, haciéndome estremecer, aprovechó ese momento para introducir un dedo en mi interior, y cuando sintió mi humedad metió un segundo dedo y. Comenzó a hacer movimientos, entrando y saliendo de mi cuerpo.
Mis piernas comenzaron a temblar y llegué nuevamente al éxtasis. Se colocó sobre mí, y me besó jugando con su lengua en mi boca, lo mire tomándolo en mis manos.
—Te quiero adentro ya así, quiero sentir tu piel.
Sin dudarlo un segundo me penetró de una sola embestida. Los dos nos quedamos quietos disfrutando de la sensación de volver a estar unidos de esa manera. Y empezó a moverse, girando sus caderas de una forma que sólo él conocía. a mi edad había estado con otros hombres, pero ninguno me llevaba al límite como él. Yo respondí abriéndome más y haciéndolo llegar al fondo, aprisionando con los talones sobre su culo.
—No hay cosa que me guste más que estar dentro de vos. Desde la primera vez, hasta que me muera—. Me besó y comenzó a intensificar sus embestidas.
No podía hablar, mis uñas se clavaron en su carne y me deje llevar por la sensación del orgasmo que venía.
Jadeé su nombre y lo sentí derramarse en mi interior, eso me volvió loca de placer. Me moví para retenerlo.
—Mmmm querés más petisa? Yo sé lo que te gusta—. dijo mientras se levantaba para poner mis piernas a la altura de sus hombros y moverse fuerte mientras con su pulgar frotaba en círculos mi hinchado clítoris volviendo a llevarme a un clímax súper explosivo. Siempre había sido así entre nosotros, él sabía encontrar el interruptor para que mi cuerpo respondiera una y otra vez hasta quedar exhausta en sus brazos y no había perdido el toque.
Me besó y tomándome entre sus brazos y como si no pesara nada me llevó hasta la ducha, para limpiarnos. Pero nuestros cuerpos tenían voluntad propia y volvimos a hacerlo bajo la lluvia caliente de su baño. Nos secamos, y luego fuimos a su dormitorio, me dio una remera suya para cubrir mi desnudez y nos metimos a la cama. Él apoyó su mentón sobre mi pelo, dándome pequeños besos en la coronilla acercando mi cuerpo al suyo con un brazo. Y así, entre besos y caricias nos quedamos dormidos, abrazados, con mi cabeza sobre su pecho y mi mano sobre su corazón, sintiendo sus latidos.
El sonido de unas campanadas me despertó, había olvidado que, en Italia, era imposible dormir sin que el tañir de las campanas interrumpieran el descanso, porque hay una iglesia por cuadra.
A mi lado Fabio seguía durmiendo y me quedé mirándolo. Su pecho bajaba y subía al ritmo de su respiración pausada. Sus labios entreabiertos dejaban escapar su aliento. Debe haber sentido mi mirada, porque me agarro fuerte y pego mi espalda a su pecho, enterrando su nariz en mi cabello.
—Mmmm que hermosa manera de despertar— murmuró contra mi oído.
En respuesta acerqué mi cuerpo a su erección matutina y me restregué como una gata.
Me giró sobre su cuerpo y empezamos a besarnos lentamente, jugando, mordiéndonos. Tomé su pene y lo metí en mi interior y comencé a moverme lentamente, frotándome contra él. Ya estábamos bien despiertos los dos. Él se sentó apoyando su espalda en el respaldo de la cama, sin separarse de mí. Me saqué la remera y arqueé mi espalda ofreciendo mis pechos para que los lamiera. Comencé a moverme arriba a abajo, tomando el control, volviéndolo loco. Sus dedos se clavaron en mi carne y sus embestidas aumentaron la intensidad. Juntos llegamos al orgasmo unidos en un beso que contuvo las palabras que se me salían de la boca. Palabras que no debía pronunciar. Esto era simplemente un reencuentro de dos personas que siempre habían tenido sexo explosivo, un alto en nuestras vidas que, terminada esta semana, continuarían por separado.
Un rato más tarde, nos levantamos a desayunar, y se nos quemaron las tostadas mientras volvíamos a tener sexo en la mesada de la cocina.
Tuvimos que salir a las corridas, porque él tenía que pasar por su oficina antes de las charlas de ese día y yo debía cambiarme. Caminaba en el aire, sentía que el corazón me latía más acelerado, si eso era posible.
Fabio me dejó en el hotel, quedamos para almorzar en Giuseppe 's a las dos de la tarde.
Entré a mi habitación y después de darme una ducha, apurada mientras me cambiaba de ropa, le escribí un mensaje a Jessica pidiéndole que en cuanto estuviera despierta me avisara, porque necesitaba hablar con ella urgentemente.
Iba a aceptar la propuesta de ir con Fabio el fin de semana a visitar a Mateo y Teresa. No me importaban las consecuencias.