Lucía
Como la manzana del Edén
Que no puedo morder
Provocas otra vez
Y para ser sincera te diré
Si atacas otra vez
No voy a responder.
Inevitable, Amaia Montero
Buenos Aires, noviembre 2017
Jessica y Juan Manuel acababan de ser padres, y me invitaron a su casa a conocer a su pequeño hijo. Mi amiga ya me había adelantado que querían que yo sea la madrina de Santino, y que de ninguna manera iban a permitir que les dijera que no. Lo que aún no me había confirmado, era si Fabio, por ser el mejor amigo de Juan, iba a ser el padrino. Estaba segura de eso, porque Juan no tenía hermanos.
Tomando aire para darme valor, toqué el timbre en casa de mis amigos. La puerta se abrió, Juanma me saludó y me invitó a entrar.
—¡Hola Luchi! ¿Cómo estás?— saludó mi amigo mientras me daba un fuerte abrazo.
—Pasá, estás en tu casa—. Tomé asiento en el sofá del living — ¿Te sirvo algo para beber?—.
— Un gin con menta y limón, como siempre — le pedí sonriendo.
Mientras Juan preparaba el trago, observé la casa que era el lugar más acogedor y lleno de vida que podía imaginar. Había fotos de ellos dos por toda la casa, en algunas estábamos Fabio y yo.
Me pregunté cómo sería tener un hijo propio y si algún día llegaría el momento de saberlo. A mis treinta años no es que estuviera desesperada por ser madre, pero al menos debería estar lista para tener una pareja y soltar el pasado.
—Juan, podés venir. Perdoname amiga ya voy, pero el nene me está volviendo loca— gritó Jessi asomándose a la escalera, desde la segunda planta, con Santino en un brazo y una toalla en el otro.
Su esposo se disculpó, y me pidió que contestara si llamaban a la puerta. Me puse a tontear con el movil, cuando sonó el timbre. Me levanté para abrir la puerta y ahí estaba Fabio Ferrari, el hombre que amé con todo mi corazón y que me lo rompió en pedazos. Verlo después de tantos años me dejó algo aturdida y no sabía cómo reaccionar. Él me miró sorprendido, como si no esperara verme allí.
Se véia tan atractivo. Su cabello oscuro, lacio como siempre, un poco más largo en las puntas, mostraba algunas canas. Una barba incipiente, asomaba en su mandibula, como todas las noches. Fabio se afeitaba por las mañanas, pero al caer la noche siempre tenía algo de barba. Eso era algo que me volvía loca, besarlo antes de dormir y sentir su cara rasposa contra todos los rincones de mi piel. Tenía gafas de montura fina, plateadas, lo que le daba un aire más sexy, si eso era posible. Me miró con esos ojos color miel que tanto había amado contemplar, y vi que unas arruguitas comenzaban a marcarse alrededor de sus ojos. Estaba vestido informalmente, un jean que se ajustaba a su cuerpo de una manera que marcaba las partes que debían destacarse, una camisa azul, con dos botones abiertos en el cuello, remangada mostrando los antebrazos.
No había derecho a que después de tanto tiempo estuviera tan pero tan bueno, ¿porque carajo no había engordado como la mayoría de nuestros ex compañeros?
— Lucía... tanto tiempo. ¿Cómo estás?— sonrío de manera incierta, sorprendido al verme.
—Sí, es verdad, ha pasado mucho tiempo— respondí invitándolo a pasar, mientras cerraba la puerta detrás de mí.
Cuatro años, seis meses, 17 días desde que nos vimos en el casamiento de Juan y Jessica grité por dentro, tratando de mantener la compostura, buscando apoyo en el marco de la puerta, porque el impacto de verlo era demasiado fuerte para mi.
La tensión en el aire era palpable y me pregunté si a pesar de eso, podríamos tener una conversación normal, al menos por respeto a nuestros amigos.
—Bien, impecable, no le puedo pedir más a la vida. Como vos— lo miré de arriba a abajo, y respondí mordazmente. Me dirigí hacia el interior de la casa ignorándolo para buscar mi celular, buscando algo a que aferrarme para no arremeter contra él y borrarle esa sonrisa socarrona de un golpe.
Fabio entró. Caminó hacia la barra, se sirvió un whisky y me hizo un gesto como si brindara conmigo, levantando el vaso, mientras me observaba por encima de su bebida.
— ¿Cómo está tu familia? — me preguntó curioso.
—¿De verdad te importa? O es una pregunta de cortesía, porque si es así ni te gastés, no es necesario que hablemos. Podemos sentarnos e ignorarnos el resto de la noche— le respondí..
Él ignoró mi respuesta y se quedó en silencio.
— Creo que nos debemos una charla, vos y yo — me soltó de golpe.
Lo miré con los ojos en llamas.
—Fabio, evitá hablarme por favor, hacé de cuenta que no estoy acá. Si hubiera sabido que ibas a estar vos, habría venido más temprano para ver a Santino. Tratemos de tener una cena civilizada por nuestros amigos pero hagamos como si no existiéramos el uno para el otro, como hicimos todos estos años— le solté casi sin respirar y me bebí mi vaso de un trago. Fabio estaba a punto de responder, cuando Jessica entró con Santino en brazos para saludarnos.
Mi amiga acomodó a su hijo entre mis brazos y yo comencé a hablar y cantar bajito para que sólo el bebé me escuche. Levanté la vista y vi que Fabio me estaba mirando, apoyado en la barra, con sus ojos clavados en mí observando en silencio y pensativo, en tanto seguía bebiendo su whisky.
Jessica y su marido estaban terminando con los preparativos para la cena.
Fabio se dejó caer a mi lado, y acercó un dedo hacia Santino que lo agarró fuerte.
— A esta altura te imaginaba casada cumpliendo tu sueño de ser madre— soltó sin mirarme a los ojos, mientras jugaba con el bebé.
Lo miré con los ojos como platos, sin poder creer lo que estaba escuchando.
— Hace rato que dejé ese tipo de sueños infantiles de lado. Mis compañeros sexuales, no duran tanto como para formar una familia, algo que tampoco está en mis planes— le respondí sarcástica— tuve un excelente maestro en la materia del no compromiso — arrojé, levantándome con el bebé en brazos para alejarme de su presencia.
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—¿Compañeros sexuales? ¿Acaso tuviste muchos?— respondió notablemente molesto.
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— No es algo que sea de tu incumbencia, Ferrari— escupí con rabia, y me alejé del sofá. Salí del living dejándolo solo .
— Si lo que buscás es solo sexo, yo estoy disponible hasta el lunes— me dijo apoyando sus manos en mi cintura, acercándose a mi oido.
Sentí su aliento caliente en el cuello y si no fuera porque tenía a mi sobrino en brazos me hubiera tenido que sostener de una silla para que no se me aflojaran las piernas. Un cosquilleo que llevaba largo tiempo adormecido empezaba a despertarse en mí.
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Rápidamente me moví para alejarme de su contacto que quemaba mi piel bajo el vestido que había elegido llevar esa noche. Algo sencillo, color celeste pastel, un poco corto, con un cuello en v, que dejaba ver la unión entre mis pechos. donde descansaba un pequeño brillante. Entré a la cocina para hablar con mi amiga, mientras Juan volvió al living junto a Fabio. Su voz grave y seductora, que siempre me ponía a mil, se oía de fondo.
—¡LUCÍA!— me gritó Jessica.
— ¿Qué pasa? ¿Por qué gritás?— respondí sobresaltada ante su grito.
— Porque es la tercera vez que te digo que dejes a Santi en el cochecito y lleves esto a la mesa — me reprendió mientras me daba una bandeja con copas y me miraba pensativa.
— Ay perdon estaba distraida pensando una cosa del trabajo — Jessica me conocía muy bien, y sabía que estaba mintiendo.
Finalmente la cena transcurrió sin altibajos, y realmente la pasé bien. Fabio contó muchas anécdotas de sus viajes, los cuatro recordamos historias de nuestra juventud. El alcohol me ayudó a relajarme y me reí a carcajadas, como hacía años no lo hacía. Había pasado mucho tiempo desde que los cuatro habíamos estado juntos por última vez, sin que Fabio y yo estuviéramos peleando.
A las doce estaba a punto de pedir un taxi para irme, pero como era viernes me estaba costando conseguir uno. Fabio se ofreció a llevarme, y yo que iba un poco achispada, acepté su oferta sin protestar porque realmente quería irme a mi casa, o al menos esa fue la excusa con la que justifiqué mi pronta respuesta.
En cuanto subí al auto supe que era un error haberlo hecho. El perfume de su loción para después de afeitar y algo más primitivo que emanaba de él me envolvieron, ni bien cerró la puerta. Y sentí ganas de enredar mis dedos en sus cabellos, de montarme a horcajadas sobre sus piernas y besarlo hasta dejar de respirar.
Llegamos a mi edificio, el coche se detuvo y en lugar de despedirme y agradecerle que me hubiera traido, pronuncié la frase de la que sabría que al otro día me iba a arrepentir. Pero realmente no quería que la noche terminara, hablar con él siempre había sido algo que había disfrutado mucho.
— ¿Querés pasar a tomar un café?— .
—¿Estás segura?—.
— No, para nada — respondí con una carcajada — Pero dijiste que estabas disponible para tener sexo, y no es una propuesta que quiera rechazar esta noche— contesté sin pensar, mientras abría la puerta para bajar del auto.
Caminé hacia la puerta balanceando las caderas mucho más de la cuenta. Sentía sus ojos clavados en la espalda, recorriendo mis piernas con su mirada. Recordando lo que había debajo del vestido.
Fabio cerró el auto detrás de mí y me siguió hasta mi casa en silencio. Saqué las llaves de la cartera, y no atinaba a la cerradura, me temblaban las manos de nervios y anticipación. Me quitó suavemente las llaves, consciente de mi ansiedad, y abrió la puerta. Entré a mi casa y estiré la mano para encender la luz. Fabio la sujetó con la suya llevándosela a los labios para besarla. En respuesta, dejé caer la cartera al piso. Él se acercó a mí, agachando su cabeza, acercó sus labios a los míos.
—Lucía, voy a besarte en este momento. Así que si te vas a arrepentir que sea ahora, porque en cuanto mis labios toquen los tuyos, te voy a levantar con los brazos, te voy a subir ese vestidito que lleva toda la noche volviendome loco y te voy a coger contra esta puerta hasta que te deshagas en mis brazos — susurró pegado a mis labios sin besarme, colocando sus brazos al costado de mi cabeza, atrapandome entre ellos.
El calor de su aliento sobre mi boca, me hizo perder todo tipo de cordura, si es que a esta altura me quedaba algo.
— Fabio, vos y yo sabemos que esto es un error, pero así y todo no te voy a pedir que te vayas. Lo nuestro no tiene vuelta atrás, tampoco podemos ser amigos. Lo intentamos muchas veces y siempre sale mal. Vos estás allá, yo acá. Y nuestras vidas van a seguir por separado, pero esta noche hagamos un alto — dije y le comí la boca de un beso como si se me fuera la vida en ello.
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— Lucía, vos fuiste la mujer más importante de mi vida y lo sabés— me devolvió el beso mordiéndo mi labio inferior.
— ¿Tu vida en Italia no es lo que esperabas? — pregunté, mientras con dedos apresurados le desabrochaba la camisa.
— No, al contrario, no puedo quejarme pero a veces siento que me falta algo — me besó mientras colaba sus manos debajo de la falda de mi vestido para quitarme la ropa interior.
—De todos modos, sabes que esto — moví el dedo entre nuestros cuerpos, señalandonos — es solo por hoy. ¿No? No hay chance de que se vuelva a repetir — agregué mientras le desabrochaba los botones del pantalon para tocarlo.
Metió la mano en el bolsillo trasero, y con mucha habilidad sacó un preservativo de su billetera y se lo colocó. Nunca había conocido a nadie que tuviera tal habilidad para eso.
— Obvio, que no — respondió levántando mi cuerpo con sus brazos, a lo que yo respondí enredando mis piernas alrededor de sus caderas — nuestras vidas siguen por caminos separados. Esto es nada más que sexo. Siempre tuvimos mucha química vos y yo —. Se sumergió en mí con una fuerte embestida que me hizo gritar y clavarle los dientes en el cuello.
—Entonces, si eso está claro, cogeme Fabio. Cogeme fuerte, porque esta es la última vez que lo vamos a hacer —. Dije pensando que esta vez era verdad.
Fabio me devoró con un beso, un gemido se oyó. No sé bien a quién pertenecía. Empezamos a mecernos al mismo ritmo acompasado, los dos desesperados por poseernos. Sin dejar de moverse, metió la mano entre nosotros para jugar con mi clítoris llevándome al borde del éxtasis.
Nos conocíamos de memoria. Poco importaba que hacía casi cinco años que no nos tocabamos, la química entre nosotros seguía intacta. Éramos fuego y pasión, una mezcla de brazos y piernas, un manojo de sensaciones, un no saber dónde empezaba él y dónde terminaba yo.
Colocó una mano detras de mi cabeza para que no me golpee contra la madera, pero sin aminorar la fuerza de cada una de sus embestidas en mi interior. Su nombre se escapó de mis labios entre jadeos, y me besó, jugando con mi lengua casi al mismo ritmo que me penetraba una y otra vez. Podría haber muerto en ese momento y nada más me hubiera importado. Le devolví el beso, mordiéndolo y provocando que intensifique el ritmo de sus acometidas, clavando los talones en su trasero y las uñas en su espalda..
— Damelo todo, petisa — dijo mientras su pulgar giraba sobre mi centro nervioso y me llevaba al clímax en sus brazos.
— Me voy— le dije clavando mis uñas en su hombro, y cerrando aún más las piernas en torno a su cintura. En ese momento, Fabio enloqueció, y caminó sin separarse de mí, hasta el living. Suavemente me apoyó sobre el sofá.
— Venite para mí— dijo, y llevando mis piernas a sus hombros comenzó a moverse más rápido contra mi cuerpo, sin dejar de frotarme. Y me deshice en un grito de éxtasis pronunciando su nombre. Con dos embestidas más, él se dejó ir. Luego cayó sobre mi pecho, y con su cabeza entre mis senos, levantó los ojos y me miró.
Y sonrió. El muy canalla sonrío.
Guardaría esa sonrisa para siempre en mi memoria. Porque esta era la última vez que estaríamos juntos, al menos eso pensé en aquel momento.