18

1360 Words
Quiero Aprender Pasillo norte - Villa Escondida La puerta se cerró con un suave clic detrás de ella. La habitación donde Viktor dormía sumido en un sueño profundo y reparador quedaba en penumbra, respirando al ritmo de su descanso. Isabella se apoyó por un instante en el marco de la puerta, exhalando despacio, sintiendo aún el latido acelerado en su cuello. No por miedo, sino por algo más antiguo, más visceral. Algo que no sabía nombrar. Markel aguardaba a unos pasos, de pie, como si supiera que ella saldría en ese momento exacto. Sus manos cruzadas a la espalda, su abrigo oscuro algo desalineado por la prisa con la que lo había llevado a la villa. La vio y sus ojos, siempre atentos, recorrieron su semblante con preocupación contenida. - ¿Puedo? - preguntó con voz baja, extendiendo un pañuelo blanco. Isabella asintió, sin palabras. Markel se acercó con una delicadeza casi ceremonial. Con sumo cuidado, le limpió el rastro de sangre que aún manchaba su cuello, ya casi invisible salvo por el tenue resplandor de la piel curándose. No había juicio en su mirada, solo respeto. - La herida desaparecerá en cuestión de horas. - le explicó, mientras doblaba el pañuelo con precisión - Su sangre es fuerte. Más de lo que imaginábamos. Isabella lo observó, sus pensamientos aún dispersos por lo vivido, pero una certeza firme se abría paso: ya no quería ser una carga. - Quiero aprender. - dijo en voz baja - Quiero saber cómo alimentarme. Cómo estar saludable… para él. Para ayudarlo. Markel inclinó la cabeza y por primera vez desde su llegada, una tenue sonrisa suavizó su expresión. - Es un deseo noble, mi señora. - No es noble. Es necesario. - replicó ella - No puedo dejar que vuelva a llegar a ese estado por cuidarme. El asistente asintió lentamente, aprobando el temple en su voz. - Puedo enseñarle lo que sé. Aunque su naturaleza es… excepcional - añadió, con una ligera pausa - los principios son los mismos. Podrá alimentarse de animales menores: aves, conejos, o incluso sangre preservada en frascos preparados. Hay métodos para evitar la exposición directa si lo desea. - ¿Y por cuánto tiempo puedo estar sin alimentarme? - Una semana, en promedio. Aunque, debido a que fue convertida por el amo, pudo resistir con sólo unas gotas al día, pero no me arriesgaría a forzar no beber. Más allá de eso, su cuerpo comenzará a debilitarse: visión borrosa, piel más pálida, temblores. Pero hay algo más… Se detuvo, observándola con un matiz más serio. - Si intenta comer comida humana sin haberse alimentado primero… podría reaccionar. Ojos, colmillos… se exponen sin control. El cuerpo la rechaza. El alma también. Isabella tragó saliva, asimilando cada palabra. - ¿Y la luz del sol? Markel entrecerró los ojos, valorando la pregunta. - Los Vodrak podemos tolerarla después de completar dos fases: cambio y estabilización. Algunos lo logran en años. Otros, en meses. Pero usted… Se acercó un poco más, bajando la voz como si compartiera un secreto. - Su sangre no es común. Su cuerpo se adapta con más rapidez de lo usual. Es probable que, con ayuda del maestro, pronto pueda caminar bajo el sol sin temor. Su existencia… no sigue las reglas del resto. Isabella bajó la vista, procesando todo con una extraña calma. En su interior, algo comenzaba a enraizarse. No una sed… sino un propósito. Viktor la había protegido. Ahora, era su turno de hacerlo por él. - Entonces comencemos cuanto antes, Markel. - A su orden, mi señora. - dijo con una reverencia impecable. Juntos caminaron por el pasillo, las sombras danzando con el fuego de las lámparas. En el corazón de la noche, la sangre de Isabella latía con fuerza renovada. Ya no era solo la esposa del duque. Era una Vodrak. Y estaba lista para despertar. Sala de piedra - Nivel bajo de la Villa La puerta se abrió con un leve chirrido y el aroma de piedra húmeda y tierra antigua envolvió a Isabella. La estancia era pequeña, de techos abovedados y muros sólidos, con apenas una mesa de madera oscura en el centro, varias lámparas de aceite encendidas y una estantería con frascos de cristal que contenían líquidos oscuros de tonos burdeos, ámbar y carmesí. No era un lugar lúgubre, pero tampoco del todo humano. Markel ya la esperaba, con una túnica negra abotonada hasta el cuello, el cabello recogido y una expresión más seria que de costumbre. - Este lugar fue preparado para preparar los suministros que llevamos siempre con nosotros cuando estamos rodeados de humanos. Nunca esperé usarlo para un despertar. - dijo mientras la guiaba hasta un banco bajo - Aquí aprenderá a controlar el hambre… y a no dejar que el instinto gobierne la mente. Isabella asintió en silencio, los dedos entrelazados sobre su regazo. Iba vestida con una bata clara de lino, sencilla, los rizos aún húmedos por el baño que había tomado antes. Sentía el cuerpo templado, pero una leve tensión se acumulaba en la base de su nuca. No por miedo, sino por el peso de lo desconocido. - ¿Está lista, mi señora? - preguntó Markel suavemente, pero sin titubear. Isabella levantó la barbilla. - Sí. Markel tomó uno de los frascos del estante. No era grande, pero el líquido en su interior tenía un color profundo, casi n***o. Lo abrió con cuidado, dejando que el aroma se extendiera. El primer golpe fue puro instinto. Isabella sintió cómo sus sentidos se encendían con violencia: el pulso se aceleró, la garganta se tensó y sus colmillos, sin que ella pudiera evitarlo, asomaron con un leve crujido bajo la piel al igual que el cambio en sus ojos. - Respira. - dijo Markel, dejando el frasco sobre la mesa frente a ella - No te acerques aún. Solo escúchalo. Huele. Controla. Isabella cerró los ojos. El aroma era distinto a todo lo que conocía: no era hierro ni carne, sino algo más profundo, como la promesa de saciedad y poder. Una melodía en la sangre. Una voz sin idioma. Cuando su pulso comenzó a calmarse, Markel se acercó con una copa de cristal, vertió un poco del contenido y se la ofreció. - Tómala con ambas manos. No bebas de inmediato. La joven obedeció. El líquido tembló apenas al entrar en contacto con sus dedos. - Tu cuerpo querrá más de lo que necesita. Pero debes ser tú quien le diga cuándo es suficiente. No es una cacería. Es un ritual. Isabella llevó la copa a sus labios. Temió por un momento que la repulsión la venciera, como le había ocurrido a Viktor. Pero al primer sorbo, no sintió rechazo… sino alivio. Cálido. Lento. Como si cada célula de su cuerpo hubiese estado esperando ese instante. Bebió despacio. Un sorbo a la vez. Consciente de sí misma. Sus ojos se humedecieron. - Eso es. - murmuró Markel, observándola con atención - Cada vez será más fácil. La clave está en que tu voluntad gobierne a tu sed. La joven bajó la copa, con los labios manchados de rojo. El corazón le latía con fuerza, pero no por hambre, sino por la extraña claridad que se abría paso dentro de ella. Por primera vez desde su transformación, no sentía miedo. - ¿Esto es lo que siente Viktor? - susurró. Markel bajó la mirada, su voz aún medida. - Lo siente… pero de forma distinta. Para él, la sed está ligada a usted. A su vínculo. Isabella no respondió. Aún no sabía qué significaba eso. Pero algo dentro de ella ya lo sabía. - ¿Puedo… volver a hacerlo mañana? - Cuando quiera. Pero no más de una vez por día. Tu cuerpo aún se adapta. Markel le ofreció un paño húmedo para limpiar sus labios. La joven lo tomó sin vergüenza. Esa noche, Isabella regresó a su habitación sin necesitar que la acompañaran. Caminó con paso firme, la copa aún tibia entre sus recuerdos y el sabor de su nueva naturaleza latiendo con fuerza en su pecho. Estaba aprendiendo. Estaba despertando. Y ya no tenía miedo. Porque tenía a Viktor y él la necesitaba.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD