No voy a dejarte
Viktor la miró con gravedad. Aún sentado junto a la cama, con la camisa blanca ligeramente arrugada por el viaje y los tirantes que colgaban de sus hombros, parecía menos el general imponente y más… un hombre herido.
La copa ya había quedado a un lado, apenas probada.
Isabella no lo miraba. Sus ojos, sin lágrimas, fijos en un punto invisible más allá del ventanal cerrado. No hablaba. No se movía. Solo respiraba. El cabello, ahora más oscuro y brillante, le caía como un velo sobre el rostro. La piel, nívea, perfecta. Sin marcas. Sin huellas del tormento.
Y sin embargo… el dolor seguía ahí. A flor de alma.
Viktor tragó con dificultad antes de hablar. Su voz fue baja, íntima.
- Voy a darte una nueva identidad. Ya la he preparado con el escribano. Pasarás como mi esposa. Será más seguro para ti si creen que perteneces a mi linaje… si piensan que estás bajo mi protección legal. Nadie podrá tocarte. - se interrumpió un instante, buscando su reacción - Solo así podrás salir del país conmigo, empezar de nuevo. Estar a salvo.
Isabella no respondió.
Ni una palabra.
Solo movió los labios muy levemente, como si dudara en decir algo. Finalmente lo hizo, con una voz apagada, rota por dentro.
- Debiste… dejarme morir.
Fue un susurro más frío que el viento.
Viktor sintió que algo se desgarraba en su pecho. Como si una estaca invisible le traspasara el corazón. Quiso tocarle la mano, pero no se atrevió. Ella estaba tan lejos de sí misma que un gesto más podía hacerla romperse del todo.
Contuvo la respiración, apenas un segundo.
Y luego habló. Con firmeza, con el temple que había usado tantas veces para guiar ejércitos. Pero ahora… solo quedaban dos personas en el mundo. Él y ella.
- No lo haré. - dijo con calma - No voy a dejarte, ni entonces ni ahora. No pienso obligarte a nada. No te he traído aquí para controlarte, Isabella. Solo para protegerte. Para darte una opción.
La joven lo miró por primera vez en horas. Un vistazo breve, sin odio, sin afecto. Solo la sombra de alguien que aún no ha decidido si quiere existir.
Viktor bajó la mirada, sin mostrar el estremecimiento que esa indiferencia le provocaba.
Villa Oculta - Días después
El cuarto estaba en penumbra, apenas iluminado por la suave luz de la luna que se colaba entre las cortinas entreabiertas. El silencio era espeso, casi sagrado, interrumpido solo por el sonido leve de la respiración de Isabella… si aún se le podía llamar así.
Viktor estaba sentado a su lado, sobre el borde de la cama. Aún vestía la camisa blanca con los primeros botones sueltos, los suspensores colgando a los lados de su cadera. Se había quitado la chaqueta de uniforme apenas llegó, dejándola sobre el respaldo de un sillón. No se atrevía a moverse demasiado. No quería ahuyentarla.
Isabella seguía recostada, con los ojos abiertos, clavados en el dosel sobre su cabeza, pero la mirada perdida. No había derramado una sola lágrima desde que despertó, ni gritado, ni suplicado. Solo un susurro, unas preguntas rotas y el reflejo de sí misma revelándole lo que ya intuía.
- ¿Qué me hiciste…? - había preguntado.
Y él, con la voz baja, le había mostrado la verdad. Sin adornos. Sin justificaciones.
Ahora ella estaba en silencio otra vez.
Viktor estiró una mano, despacio, y le acercó la copa que había preparado. Sangre templada, cuidadosamente seleccionada. Pura. Nutritiva. La necesitaría para estabilizarse, pero Isabella no la miró.
- No quiero. - murmuró, sin apenas mover los labios - No puedo.
Viktor no insistió. Bajó la copa y la dejó sobre la mesa de noche.
El cuerpo de Isabella se contrajo ligeramente bajo las mantas. Como si el peso de esa nueva existencia se hubiera hecho tangible de pronto.
- Quiero dormir… - dijo, la voz apenas un hilo - ¿Puedes… puedes dejarme dormir?
Viktor cerró los ojos un instante. Era una petición sencilla y sin embargo… dolía más que un grito.
Se puso de pie con lentitud, sin emitir sonido. Se acercó al ventanal y corrió un poco la cortina, permitiendo que la brisa fresca entrara. El perfume de los pinos y el rocío llenó el aire.
- Dormirás. - respondió suavemente - Yo estaré aquí.
Isabella giró la cabeza apenas, los ojos apagados buscándolo en la penumbra.
- No tienes que quedarte.
Él no respondió de inmediato.
- Lo sé. – susurró - Pero quiero.
Y volvió a sentarse, esta vez en el sillón, un poco más lejos, dándole espacio.
Isabella cerró los ojos.
No fue un descanso real. No aún. Pero el cansancio de la transformación, del trauma, de la pérdida… pesaba sobre ella como una losa.
Viktor observó cómo su respiración se hacía más pausada. Como sus manos, aferradas a las mantas, comenzaban a soltarse. Sabía que no estaba bien. Que ese vacío no se curaría en un día, ni con palabras.
Pero también sabía esperar.
La protegería. Sin condiciones. Sin exigencias.
Aunque le rompiera el corazón verla apagarse.
Aunque le doliera no poder decirle que estaba unida a él más allá de la sangre.
Solo se quedó allí. Silencioso. Vigilante. Dolorido.
Aguardando a que su tormenta durmiera en paz.
Los días siguientes fueron largos.
Isabella apenas hablaba. No probaba la sangre, salvo a gotas. Dormía sin descansar. Soñaba sin paz. Y Viktor… se convirtió en su sombra. En su guardián silencioso.
Le llevaba libros, aunque no los abría. Mantas, cuando el sol descendía. A veces simplemente se sentaba en la silla, observándola dormir, los codos sobre las rodillas, sin moverse. Sin respirar, incluso.
Afuera, Markel organizaba su partida. Los documentos, los pasajes, la ruta a Austria. El silencio de Isabella era tan espeso como la niebla del invierno, pero Viktor no se marchó. No podía. Cada noche, antes de salir para la embajada, la miraba un instante más. Cada noche… la encontraba igual.
Pero el vínculo ardía bajo su piel. No dicho, no revelado. Solo sentido. Solo suyo.
No le pidió amor.
No pidió gratitud.
Solo se quedó.
Y esperó.
El peso del silencio
Perspectiva de Markel
La villa permanecía en absoluto silencio. No como los silencios elegantes de la mansión de Londres o los ecos fríos de la embajada, sino uno más denso, inquietante, como si las paredes mismas contuvieran la respiración. Como si temieran romper algo.
Markel recorría el pasillo del ala este con una bandeja entre las manos, el cristal de la copa tintineando apenas al avanzar. Sabía que ella no bebería. Era el cuarto día desde su despertar y la señorita - ahora señora, en el papel que su amo le había dado - aún no había probado una sola gota de sangre desde la conversión.
Y lo que era peor: Viktor tampoco.
Lo había visto con esos ojos agudos de quien ha servido a los suyos por generaciones. Sus movimientos eran un poco más lentos cada noche al regresar. El color de su piel, usualmente pálido pero firme, se tornaba ceniciento en los bordes. Sus ojos, aunque firmes, comenzaban a apagarse.
Markel detuvo el paso junto a la puerta de la habitación. No hizo falta tocar. Sabía lo que encontraría.
Empujó la hoja con suavidad y asomó el rostro.
Isabella seguía en la cama, exactamente igual que al anochecer anterior. Acostada de lado, el cuerpo cubierto hasta los hombros, mirando al vacío. Como una figura de cera atrapada entre pesadillas. No hablaba. No preguntaba. No comía.
Viktor estaba sentado cerca, con la camisa remangada, los ojos fijos en el suelo. El cabello recogido a la prisa. La chaqueta colgaba de una percha, olvidada.
Markel carraspeó apenas.
- Milord… traje la copa.
Viktor no se movió. Apenas alzó la mirada. Asintió con un leve gesto y Markel dejó la bandeja sobre la mesita.
El anciano sirviente no dijo más. Pero no se marchó. Lo observó con disimulo, mientras fingía ajustar una cortina ya perfecta. Era su manera de hablar sin hacerlo.
- Ella aún no come… - murmuró al fin, sabiendo que su señor lo oía.
- Lo sé. - respondió Viktor.
- Y usted tampoco.
El silencio que siguió fue espeso.
Viktor no negó nada.
Markel suspiró, profundamente.
- Si se debilita, ¿Quién la cuidará cuando llegue la hora? - preguntó con firmeza, pero sin impertinencia.
No hubo respuesta inmediata. Solo el sonido de los pájaros a lo lejos. Luego, la voz grave de Viktor, cansada.
- Ella necesita más que cuidados. Necesita razón para seguir viva.
Markel apretó los labios.
- ¿Y usted qué necesita, milord?
Viktor lo miró. Y en ese momento, Markel vio el dolor real en sus ojos. La desesperación de no poder tocarla sin que se cierre, de no poder hablar sin romperla más, de verla morir… sin morir.
- Que ella no me odie. - susurró al fin.
Markel se estremeció. Bajó la mirada y asintió. No preguntó más. Sabía cuándo retirarse.
- Le dejaré ropa limpia y prepararé un carruaje por si desea volver temprano esta noche.
Viktor asintió, pero no se movió.
Markel se marchó con paso silencioso. Afuera, al cerrar la puerta, se detuvo un momento en el pasillo y cerró los ojos. Sabía bien lo que significaba el vínculo, aunque Viktor no lo dijera. Y si el heredero de los Vodrak no se alimentaba pronto, los estragos llegarían sin misericordia.
Suspiró, con el alma cargada.
Tendría que encontrar una forma de intervenir. Pero no podía forzar ni a uno… ni a la otra.
Solo podía esperar. Vigilar. Servir. Como siempre.
Y rezar - si aún creía en algo - para que el silencio no los destruyera primero.