La Carta Del Anciano
El amanecer se filtraba pálido por los altos ventanales, pero la habitación de Viktor Vodrak estaba sumida en una penumbra artificial. Las cortinas pesadas seguían cerradas y el aire olía a hierro y ceniza.
El balde a un costado del lecho aún contenía los restos de lo que su cuerpo había rechazado horas atrás: la sangre ajena, impura para sus sentidos desde que había probado a su consorte. Lo había intentado. Había querido resistir. Pero su estómago lo expulsó con violencia, como si su cuerpo - su naturaleza ancestral - se negara a aceptar cualquier rastro que no fuera ella.
Se secó la boca con el dorso de la mano, arrodillado sobre el mármol frío del suelo. El dolor en sus costillas era punzante. Cada espasmo lo había sacudido como un latigazo interno. Estaba débil, más de lo que admitiría incluso ante Markel.
Fue entonces cuando escuchó los pasos en el pasillo. La voz de un guardia, seguida de un toque educado en la puerta.
- ¿Duque Vodrak? Un mensajero ha llegado con correspondencia urgente desde la embajada. Trae el sello del ducado.
Viktor se levantó con esfuerzo, limpiando el sudor de su frente con un pañuelo. No pidió permiso, solo extendió la mano para recibir el sobre.
El emblema del lobo sobre el risco nevado y una edelweiss.
La marca de los Vodrak.
La marca de su abuelo.
El anciano no escribía cartas sin razón. Cada palabra, cada línea, tenía peso y propósito.
Y esto… esto no era un saludo cortesano.
Viktor rasgó el sello de lacre con la uña del pulgar. Desplegó la hoja con dedos tensos. Reconoció de inmediato la caligrafía impecable y afilada como el hielo de los montes donde nació su estirpe.
A mi nieto, Viktor Vodrak,
Heredero del linaje, General del Imperio y cabeza de nuestra sangre en las islas:
Mis sabuesos no son lentos.
Ni lo son las lenguas en Londres.
He sido informado - y con prueba - de que has registrado a una mujer como tu esposa.
Su nombre no pertenece a ninguno de nuestros antiguos vínculos ni a las alianzas concertadas. Su sangre no es noble ni conocida. Y, sin embargo, la has sellado con nuestro apellido.
Los ancianos ya preguntan.
El Consejo murmura.
Los clanes menores observan.
¿Has olvidado, muchacho, lo que significa marcar a una consorte?
¿Has olvidado el precio que conlleva hacerlo sin la aprobación del linaje?
Tu silencio ha sido interpretado como desafío.
Tu instinto, como debilidad.
Y esa mujer, como una g****a en nuestra fortaleza.
Tienes una luna para comparecer.
O vendrán por ti. Y por ella.
Recuerda quién eres, Viktor.
Y a quién perteneces.
- T. Vodrak
La carta quedó temblando entre sus dedos, pero su expresión no cambió. Ni siquiera parpadeó. Solo se quedó allí, de pie, con los labios apretados y la mandíbula marcada por la tensión.
Un latido.
Dos.
El crujido del papel al cerrarse fue el único sonido.
Sabía que el día llegaría. Sabía que su abuelo no permitiría que escondiera a Isabella por siempre.
- Así que ya lo sabes, viejo bastardo… - murmuró, arrugando la carta con lentitud.
El anciano no se movía por emociones, sino por equilibrio y poder.
Isabella no era solo una amenaza para el clan, sino un símbolo.
La consorte de un heredero. Una humana transformada. Una señal de ruptura si se enteraban de que era una sangre de viento.
Pero él…
Él no se la entregarían jamás.
No mientras respirara.
No mientras existiera una chispa de fuego en su sangre inmortal.
Viktor apretó la carta contra el pecho, sus ojos ardiendo en blanco.
Y por primera vez en días, sonrió.
La Sangre del Viento
El aire en la habitación era denso, como si el silencio pesara sobre las paredes. Isabella se despertó sin saber en qué momento el sueño la había vencido. Todo parecía confuso, como si los días se hubieran disuelto en una sola noche interminable. Sentía el cuerpo entumecido, la garganta seca y los pensamientos aún sumidos en una niebla dolorosa.
Se sentó en la cama, tambaleándose y deslizó lentamente los pies hasta tocar el suelo. Estaba descalza. No se molestó en buscar zapatos. Solo necesitaba moverse. Respirar algo distinto.
Las escaleras crujieron bajo su peso mientras bajaba con torpeza, una mano aferrada a la baranda. Su camisón colgaba como una sombra pálida a su alrededor. La villa estaba en penumbra, iluminada solo por la luz anaranjada que parpadeaba desde el salón.
Allí, agachado frente al hogar, Markel avivaba el fuego. El chisporroteo de la leña húmeda rompía el silencio con pequeños crujidos secos.
Él alzó la vista al sentirla y la sorpresa en sus ojos fue inmediata.
- Señorita Isabella… - se puso de pie con rapidez, dejando el atizador a un lado - No esperaba que bajara sola.
La joven no dijo nada. Caminó despacio, casi arrastrando los pies, hasta dejarse caer en el sillón más cercano a la chimenea. El calor del fuego le arrancó un suspiro involuntario. Sentía el cuerpo pesado, como si aún no perteneciera del todo a sí misma.
- ¿Cuánto tiempo ha pasado? - preguntó con voz rasposa, sin mirarlo.
Markel la observó unos segundos, como midiendo si era prudente decirle la verdad.
- Cuatro días desde que el duque se marchó al Palacio. - Su tono fue sereno, paciente - Ha estado... sin noticias, pero dejó órdenes claras sobre su cuidado.
Isabella cerró los ojos un momento. Cuatro días. Cuatro días sin moverse, sin comer, sin apenas existir. Y aún así, él no estaba.
Una punzada amarga le recorrió el pecho. Dolía más de lo que quería admitir.
- ¿Tú también eres como él? - preguntó de pronto, abriendo los ojos y girándose hacia Markel. Sus iris eran de un azul pálido, casi gris bajo el resplandor del fuego - ¿También eres...?
Markel tardó un segundo antes de asentir. No parecía avergonzado. Solo cauteloso.
- Sí. Pertenezco al linaje Vodrak desde antes que Viktor naciera.
Isabella lo miró sin pestañear, intentando descifrar qué significaba realmente eso.
- ¿Quiénes son los Vodrak?
El mayordomo inspiró hondo. Se acercó con calma y tomó asiento en un taburete frente a ella, dejando que las llamas llenaran los silencios entre cada palabra.
- Los Vodrak son uno de los linajes antiguos. Sangre pura, no convertidos. - Su voz era suave, sin dramatismo - Son una familia que nació con la maldición desde el origen. Se criaron en los Alpes, en fortalezas que el mundo ha olvidado y han mantenido su línea con reglas estrictas... y pactos más antiguos que cualquier reino humano.
La joven asintió, apenas. Le costaba entenderlo todo, pero la imagen de Viktor se alzó en su mente: su control, su distancia, la forma en que el mundo parecía inclinarse a su paso.
- ¿Y qué los hace... distintos?
Markel la observó un momento. Luego se inclinó un poco más cerca del fuego, como si contara un secreto que las paredes no debían oír.
- Los Vodrak sienten cosas que otros no. La sangre les habla. No como un deseo... más bien como un eco. Hay ciertas personas que tienen una frecuencia especial en su sangre, un sonido que solo los Vodrak de linaje pueden oír. - Hizo una pausa - La llaman Vetraje Krvi. La Sangre del Viento.
Isabella frunció el ceño.
- ¿Sangre del viento?
- Sí. - El hombre asintió - Es rara. Impredecible. Algunos dicen que está conectada a algo divino... o maldito. Una vibración dentro del cuerpo, como si la carne recordara el paso de los dioses por la tierra. Muy pocos nacen con ella. Y cuando uno del linaje real de Vodrak la percibe... no pueden ignorarla.
Isabella tragó saliva. La piel se le erizó, aunque el fuego ardía cerca.
- ¿Es peligrosa?
- No más que el alma que la lleva. - Markel desvió la mirada un instante - Pero para los Vodrak, es un presagio. Porque cada vez que uno de ellos encuentra a alguien con esa sangre, el equilibrio del clan... cambia.
Y no siempre para bien.
Isabella no respondió. Solo miró las llamas con una sensación helada apoderándose de su estómago. No necesitaba que Markel lo dijera en voz alta. Sabía que hablaba de ella.
Sabía que algo en ella había cambiado desde aquella noche en la que Viktor la había... salvado. Transformado.
No tenía cicatrices. No tenía pulso.
Y a veces, cuando cerraba los ojos, creía escuchar algo dentro de sí... como un murmullo de viento atrapado en su pecho.
Markel se levantó y colocó un chal sobre sus hombros con un gesto suave.
- Usted no está sola, señorita. Y él... él no la abandonará. Aunque no pueda estar aquí ahora.
Isabella no lo miró. Solo apretó el chal contra su cuerpo, luchando contra la punzada que latía dentro. Viktor no le había dicho nada. Ni qué era, ni por qué había hecho lo que hizo.
Pero si algo comprendía ahora, era esto:
Ya no era humana.
Y los Vodrak no dejaban nada al azar.