El Almuerzo De Los Secretos
El gran comedor del ala este del Palacio de Saint James estaba dispuesto con la meticulosidad digna de una reunión entre naciones. Bajo la luz difusa que se filtraba por los ventanales y el suave tintinear de la vajilla, las delegaciones diplomáticas ocupaban sus asientos, en grupos que representaban con rigidez las alianzas y tensiones del momento.
Viktor Vodrak, con el porte impecable que ni el cansancio ni el hambre podían del todo quebrantar, se ubicó cerca del extremo destinado a la delegación austriaca. Su vestimenta era sobria, de un n***o refinado con detalles en azul oscuro y llevaba los guantes puestos pese al protocolo relajado de la ocasión.
Cuando la Reina Victoria entró en el salón, acompañada del príncipe consorte Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha, los presentes se levantaron. Viktor inclinó la cabeza con respeto, pero fue hacia ellos para saludar en persona.
- Majestades... Alteza...
Alberto quien saludó primero, como si ambos compartieran un recuerdo anterior a todo este teatro de poder.
- Viktor...
- Alteza. - dijo con voz firme, pero contenida, sin forzar cercanía - Es un honor volver a encontraros.
El príncipe Alberto sonrió, con una calidez que rara vez mostraba en actos públicos.
- Duque Vodrak… confieso que no esperaba verte de nuevo bajo estas circunstancias. Te ves... - hizo una pausa, observando con sutileza los ojos enrojecidos y el leve temblor de sus manos - …cansado.
Viktor sonrió apenas, forzando un gesto de cortesía diplomática que no alcanzaba sus ojos.
- He estado preocupado por mi esposa, alteza. Llegó a Inglaterra unas semanas antes que yo y su salud ha sido siempre... delicada.
Un silencio breve, como un latido contenido, se extendió por el lugar. Algunos cubiertos se detuvieron en el aire, otros se posaron con cautela sobre platos de porcelana.
- ¿Su esposa, dice usted? - preguntó lady Canterbridge, con el ceño elegantemente fruncido y una copa a medio camino de sus labios - No tenía entendido que el duque estuviera casado.
De inmediato, otras miradas se giraron hacia él: nobles británicos, diplomáticos franceses, incluso un par de ministros del Consejo Real. La reina alzó levemente una ceja, aunque no dijo nada.
Viktor, sin inmutarse, tomó con lentitud un pequeño documento sellado que llevaba en el interior del bolsillo de su levita. Lo colocó sobre la mesa ante el príncipe Alberto, quien lo tomó con visible interés y lo revisó junto a su esposa.
- Para evitar cualquier... malentendido, - explicó Viktor con voz sosegada - solicité al abad una copia que registrara adecuadamente del enlace bajo el título tradicional del ducado con lady Elira Vetralis von Nivalheim .
El príncipe Alberto pasó la vista por el documento mientras leía en voz baja. El duque Vodrak estaba casado.
El silencio ahora era casi solemne.
- Von Nivalheim… - repitió un vizconde con acento germano - Ese nombre tiene peso, aunque hace décadas que no lo escuchaba.
- Una rama menor venida a menos, - dijo Viktor - pero de sangre noble legítima. Mi esposa fue acogida por mi familia cuando aún era una niña. La guerra, como a muchos, la dejó sola. Nuestra unión fue discreta, por respeto a su estado de salud. No deseábamos hacer de ello un espectáculo público.
- Y sin embargo... - intervino lady Canterbridge de nuevo, esta vez con una sonrisa de zorro - ¿Ha habido algún anuncio oficial en Viena?
- El registro está sellado con la firma del abad benedictino de Salzkammergut y archivado bajo la autoridad de Vodrak. - respondió Viktor con frialdad medida - No me es necesaria la aprobación de los periódicos vieneses para validar mi matrimonio.
Algunas risas contenidas siguieron a su réplica. El príncipe Alberto le devolvió el documento y le palmeó el hombro, en un gesto que unió simpatía y comprensión.
- Lamento mucho oír que ha sufrido un incidente de seguridad. ¿Sabe Su Majestad la Reina de este asunto?
- No aún. Preferí que la investigación avanzara antes de alarmarla con rumores. Mi esposa está bajo protección adecuada hasta nuevo aviso.
Victoria observó la escena con una expresión inescrutable, luego asintió apenas, como si aprobara la prudencia de su silencio.
- Si requiere apoyo médico, duque. - dijo la Reina al fin, su voz clara como el cristal - puedo disponer de uno de mis mejores doctores. La familia real inglesa no toma a la ligera la seguridad de una dama noble bajo nuestro techo, especialmente si ha sido víctima de un atentado.
- Agradezco profundamente su generosidad, majestad. - respondió Viktor, inclinando la cabeza - Lo consideraré si su estado no mejora.
Aunque hablaba con compostura, por dentro sentía la tensión crecer. Cada palabra, cada gesto, lo alejaban más del anonimato. Pero también construían un muro de legitimidad que protegería a Isabella.
Ella ya no era una sombra sin nombre.
Ahora era la duquesa consorte de Vodrak.
Y quien osara tocarla… enfrentaría a más que un esposo furioso.
Carta Desde Las Montañas De Hielo
La habitación asignada a Viktor en el ala diplomática del palacio estaba sumida en un silencio absoluto. Las sombras de la noche se colaban por la ventana sin cortinas, proyectando las filigranas del hierro forjado sobre el suelo como una telaraña antigua. El fuego en la chimenea ardía con lentitud, apenas un par de brasas vivas bajo la capa de ceniza. No lo avivó. No sentía frío.
Había vomitado todo.
La sangre de reserva que Markel había preparado con tanto cuidado - una mezcla de sangre humana, hierbas estabilizadoras y una pizca de su propio linaje para engañar al cuerpo - no había permanecido más de unas horas en su estómago. Ahora, con el torso apoyado en el borde del lavamanos y la camisa empapada en sudor frío, Viktor se mantenía en pie por pura obstinación. Dolorido. Exhausto. Sólido como una estatua quebrada.
Un golpe seco en la puerta lo sacó de su trance.
- ¿Sí?
- Mensaje para Su Excelencia. - dijo una voz del otro lado.
Un paje. Británico. Preciso.
Cuando abrió, recibió un sobre sellado con cera negra. El emblema le heló la sangre: un lobo sobre una montaña nevada y una edelweiss. El escudo de la Casa Vodrak.
No lo abrió de inmediato. Solo lo sostuvo unos segundos entre sus dedos, como si contuviera veneno, o peor aún: una orden. Luego, con un suspiro que parecía sacado del fondo de su alma, lo rompió con la daga que llevaba oculta en la bota.
El papel era grueso, perfumado con ciprés y ceniza. La caligrafía era angulosa, severa. Exactamente como la recordaba.
A Viktor Alaric Vodrak,
Desde los salones de granito de Helmwacht,
Bajo la nieve perpetua.
He recibido información preocupante por medio de nuestros ojos en Londres.
No me ha llegado por ti.
Ese es tu primer error.
Me informan que una mujer humana ha sido registrada como tu esposa, con documentos oficiales que llevan el sello de nuestra Casa y la rúbrica de Elira Vetralis.
Me informan que no solo ha sido presentada como consorte ante la reina, sino que ha sido escondida. Alejada del palacio. Oculta.
No se me informó de la unión. No se me pidió permiso. No se me presentó a la mujer.
Ese es tu segundo error.
He tolerado muchas cosas de ti, nieto mío. Tus largos silencios, tus campañas en tierras extranjeras, tu resistencia a reclamar tu lugar como heredero. Pero no toleraré una amenaza que lleve nuestro nombre y no pase por mis manos.
¿Sabes lo que ocurre cuando un Vodrak registra a una humana como esposa?
El mundo mira. Los clanes hablan. Los pactos tiemblan.
Y si esa mujer es lo que sospechamos que es... entonces tu decisión podría significar mucho más que una mancha sobre el linaje.
Podría ser la g****a por la que se derrumbe todo lo que hemos construido en mil años.
Quiero verla. Con mis propios ojos.
Quiero probar su sangre.
Quiero saber qué has hecho… antes de que otros lo descubran.
Porque si yo lo he sabido, Viktor, no tardarán en saberlo los Nórdicos. Ni los Obran. Ni el Consejo.
Tienes una semana.
No me hagas ir hasta Londres.
Y no me obligues a decidir entre tu vida… y la supervivencia del clan.
-Tharion Vodrak Duque de Helmwacht.
Guardia de los Valles de Sombra.
Señor del Linaje Antiguo.
Viktor dejó caer la carta sobre la mesa con un gesto tenso. El emblema de cera negra brilló al calor de la chimenea.
Su abuelo había hablado.
Y ahora, lo que había sido un secreto apenas sostenido por silencios y sombras… estaba expuesto.
La cuenta regresiva había comenzado.