El Duque Regresa A La Embajada
Villa arrendada - Biblioteca pequeña, justo antes del anochecer
El sonido firme de unos nudillos golpeando la puerta interrumpió el silencio de la estancia.
- Adelante. - dijo Viktor sin volverse, ajustando los puños de su camisa blanca frente al espejo. El cabello, aún húmedo por el baño apresurado, caía con cierto descuido sobre su frente, pero su porte era el de siempre: impecable, imponente. Solo sus ojos lo traicionaban. Más claros. Más vacíos. Más peligrosos.
Markel entró, cerrando la puerta tras de sí con la delicadeza de quien entiende el peso del momento.
- Todo está listo, Excelencia.
Viktor asintió sin girarse aún. Se colocó la chaqueta de lana oscura, de corte sobrio y abrochó los botones con precisión militar. El reflejo del espejo le devolvía la imagen de un noble frío, un diplomático acostumbrado a moverse entre las sombras de la política. Nadie sabría lo que había hecho. Nadie vería lo que había perdido.
- ¿La casa?
- Registrada bajo un nombre ficticio, sin conexión con su título ni el clan. - respondió Markel con eficiencia - Pagué en efectivo. El administrador no hizo preguntas. La servidumbre no ha sido contratada. Nadie entra. Nadie sale, salvo nosotros.
- Bien.
Markel dudó un instante antes de continuar. Luego, con una leve inclinación de cabeza:
- La habitación de la señora está preparada… acorde. Y un vestido sencillo para cuando despierte. También artículos de tocador, algunos libros. Comida que no se estropea, por si acaso desea tenerla, aunque no la necesite. Pensé en los pequeños detalles.
Viktor se giró hacia él, por fin. Sus ojos ámbar se clavaron en los del sirviente, pero no había reproche. Solo gratitud muda.
- Gracias, Markel. Confío en ti más que en nadie.
- Lo sé, Excelencia. - Markel bajó la mirada con respeto - Y confíe en que cuidaré de ella como si fuera de mi propia sangre… hasta que usted regrese.
Una pausa breve.
- ¿Ha dicho algo?
- Solo mi nombre, antes de perder el sentido nuevamente. Aún no quiere vivir… pero su cuerpo sí. - Viktor exhaló por la nariz, sus dedos cerrándose en un puño - Está luchando, aunque no lo sepa. Y no permitiré que pierda esa batalla.
Markel asintió en silencio.
- Iré al palacio. Avisaré a la embajada. Habrá rumores. Harán preguntas. - agregó Viktor, dirigiéndose a la salida - Pero más vale rumores que funerales.
- ¿Y el joven Ashcombe?
La mandíbula de Viktor se tensó. Sus ojos brillaron con un matiz frío que Markel rara vez veía. No respondió.
Solo dijo:
- Cuídala. No la dejes sola ni un segundo. La marca aún brilla en su cuello. Si alguien la ve… si ella empieza a recordar o a preguntar, tendrás que mentir por mí.
Markel inclinó la cabeza en una reverencia perfecta.
- Mi señor.
Viktor asintió, tomó su bastón y se marchó, desapareciendo en la oscuridad de la noche, dejando atrás no solo a su consorte, sino también una parte de su alma que ya no le pertenecía del todo.
Embajada de Austria - Londres, ese mismo anochecer
Las puertas de la embajada se abrieron con un rechinar metálico y el aire frío de la noche se coló al interior como un presagio. Los asistentes interrumpieron sus pasos, los secretarios detuvieron las plumas sobre el papel y hasta el mayordomo en jefe dejó de caminar en seco. Todos giraron al unísono al ver al general Vodrak entrar sin anunciarse.
Viktor cruzó el umbral con paso firme, su abrigo largo oscilando tras él como una sombra más. El silencio se extendió en los pasillos apenas puso un pie en la alfombra. Y no fue por protocolo.
Era la presencia.
Era el peso.
Era el rumor.
- Su Excelencia. - empezó a decir uno de los ayudantes, un joven de rostro pálido y expresión ansiosa - Lord Vodrak... La policía fue convocada a Ashcombe Hall esta mañana. Se dice que la condesa ha desaparecido durante la noche. Que nadie sabe dónde está.
Viktor no respondió.
Continuó caminando.
Sus botas resonaban sobre la madera encerada del suelo, cada paso tan medido como una sentencia. En su rostro no había expresión alguna. Ni una arruga de preocupación, ni una chispa de ira. Solo el vacío perfecto de quien no permitirá que nada traspase la máscara.
Los informes se acumulaban sobre los escritorios. El nombre de Isabella aparecía en las hojas abiertas de los diarios matutinos que ya circulaban por los pasillos diplomáticos. “Desaparición en la nobleza inglesa”, “Una condesa sin rastro”, “La tragedia de Ashcombe Hall”.
- Lady Honoria había ordenado una investigación discreta. - susurró otra secretaria con evidente tensión - No había presentado denuncia formal a la Corona. Solo había llamado a los suyos, pero la reina intervino.
Viktor se detuvo un instante ante las escaleras. Elevó la vista hacia el gran ventanal del primer piso, donde la noche comenzaba a colorear los cristales con azul profundo. Luego retomó la marcha.
En su interior, el lazo de sangre vibraba, latía como un tambor sordo. Isabella no estaba lejos, no para él. La percibía como una brasa oculta entre la ceniza. Le dolía y eso lo mantenía en pie.
- ¿Desea que enviemos una carta al conde Ashcombe? Hay quienes especulan que podría estar involucrado o al menos, que ha vuelto a caer en una de sus crisis…
Viktor se detuvo finalmente.
Volteó la cabeza con lentitud, sus ojos ya sin el brillo usual de la cortesía diplomática, sino ese matiz antiguo, sobrenatural y gélido. El mismo que hacía siglos dominaba las cortes del este.
- No.
Una sola palabra.
El asistente palideció.
- No es un asunto que nos involucre. Austria no debe meterse en los asuntos internos de Inglaterra. - dijo Viktor entonces, con un tono tan sereno que dolía - Manténganse al margen. No pregunten nada. Y si alguien más vuelve a mencionar la situación en los pasillos de esta embajada, será el último rumor que digan. No necesitamos problemas si las negociaciones están marchando bien.
- Pero la condesa nos estaba ayudando…- dijo un joven.
- Es por eso por lo que debemos ser respetuosos con la dama. No sabemos que está pasando al interior de su casa.
Luego se giró, desapareciendo por el corredor que lo conducía a su despacho. Cerró la puerta tras de sí con suavidad. Y en el silencio que siguió, nadie se atrevió a moverse.
Sabían que el duque estaba preocupado.
Y cuando el general guarda silencio… el mundo debería temblar.