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Las Fachadas y Nuevas Identidades Embajada Imperial Austriaca - Londres, tarde del mismo día El despacho del embajador estaba impregnado con el aroma de té n***o, tinta fresca y el leve olor a cuero viejo de los libros apilados en los estantes. El reloj de péndulo marcaba cada segundo con un eco contenido, como si los muros supieran que debían mantener la compostura frente a lo que estaba por suceder. Cuando Viktor fue anunciado, el embajador Franz von Leichtenberg se levantó de inmediato de su butaca tapizada de terciopelo, alisándose el chaleco con nerviosismo contenido. Pese a ser un hombre con años en la diplomacia y probado temple, recibir sin previo aviso al duque y general Vodrak - la joya militar del imperio - no era un asunto menor. - Excelencia. - saludó con una reverencia medida, señalando la silla frente a su escritorio - Es un alivio verlo. Su ausencia esta mañana encendió ciertas inquietudes en la sede. Viktor se sentó con la elegancia natural de los linajes antiguos. Su postura, perfecta; su rostro, inalterable. Solo los que sabían buscar notarían la tensión casi imperceptible en sus dedos, como si algo invisible los contuviera de apretar los brazos del sillón. - Mis disculpas, embajador. Hubo una emergencia en mi familia. - dijo con tono mesurado, elegante, casi cordial - Un asunto del ducado que requería mi presencia inmediata. Ya ha sido solucionado. Von Leichtenberg alzó las cejas con una leve muestra de comprensión. No era común que Viktor hablara de su linaje o de su papel como noble fuera del contexto militar, pero nadie podía objetarlo. Los Vodrak, incluso para los estándares del imperio, eran antiguos. Y poderosos. - Entiendo. Por supuesto, Su Excelencia. - repuso el embajador - Me alegra que haya podido resolverlo sin mayores consecuencias. Pero comprenderá mi preocupación. Su constancia en las labores diplomáticas ha sido... admirable. Excepcional. - Y así continuará si mis obligaciones lo permiten. - dijo Viktor con una leve inclinación de cabeza. Von Leichtenberg asintió, pero antes de que Viktor pudiera levantarse para marcharse, el diplomático vaciló un instante. Finalmente, carraspeó y añadió, con voz más baja: - He de decir… sé cuánto estima usted a Lady Ashcombe. Su desaparición ha sido tema de conversación desde esta mañana. Lamento lo sucedido, sinceramente. El aire pareció volverse más denso. Los ojos de Viktor se deslizaron lentamente hacia el embajador. No hubo tensión aparente, ni hostilidad. Solo esa calma peligrosa que solo ciertas bestias dominan a la perfección. Luego, el vampiro disfrazado de noble sonrió con la elegancia que la corte vienesa habría admirado. - Lady Ashcombe ha demostrado ser una dama culta, refinada. Su participación en los círculos sociales y académicos ha sido beneficiosa para la misión diplomática. Por supuesto que le tengo aprecio. Como parte del entorno que permite que los objetivos de esta delegación prosperen. Dejó que sus palabras reposaran unos segundos, lo suficiente para que fueran comprendidas como debía. Entonces se levantó, acomodando su abrigo sin apuro. Antes de marcharse, añadió con voz aún más suave: - Y si esta misión prospera, embajador… quizás Su Majestad Imperial se digne a reconocer su labor. Un gesto bien visto en Viena. Incluso en la corte. El brillo que cruzó los ojos del embajador fue inmediato. Orgullo. Ambición. Cautela. Pero también una nota de respeto renovado. - Gracias por sus palabras, Su Excelencia. Y por su presencia, siempre oportuna. Viktor se inclinó una última vez con cortesía irreprochable, giró sobre sus talones y salió del despacho sin que su sombra dejara huella. El embajador permaneció de pie varios segundos después de su partida, como si aún estuviera en presencia de alguien que ve más de lo que dice… y sabe más de lo que jamás compartirá. Embajada Imperial Austriaca - Oficina privada del Duque Viktor Vodrak La puerta de su despacho se cerró con un leve clic metálico que pareció sellar el mundo exterior. Afuera quedaban las palabras cordiales, las reverencias forzadas y los murmullos velados sobre la desaparición de una joven noble inglesa. Dentro, sólo quedaba el silencio... y él. Viktor apoyó ambas manos sobre la superficie del escritorio de nogal. Sus nudillos tensos, marcando la tensión contenida de su cuerpo. El cuero de la silla crujió cuando se dejó caer en ella, exhalando con lentitud. Por un instante se permitió cerrar los ojos. Isabella. Ya no era humana. Ya no era la misma joven que había visto en los jardines de Ashcombe, descalza bajo la lluvia, preguntando cosas que no debía saber. Ahora era su consorte. Vinculada con la sangre, con su linaje. Suya, aunque no por voluntad consciente de ella. Y no por elección. El grabado de la edelweiss en su cuello brillaba como una promesa y una condena. Y eso lo obligaba. Debía protegerla. Mantenerla a salvo de la mirada humana hasta que aprendiera a controlar su sed, sus habilidades, su energía. No podía pasearse por Londres con los ojos tornándose casi en blancos y la piel brillante como mármol vivo. La policía no era la mayor amenaza. Eran los cazadores. Los inquisidores silenciosos. Los que no veían la diferencia entre un vampiro descontrolado y uno que había protegido imperios durante siglos. “Necesita una nueva vida.” Abrió uno de los cajones ocultos del escritorio y extrajo un cuaderno de cuero con cierre de hierro. Allí, entre fechas, nombres falsos y documentos sellados, se hallaban los rastros de los últimos cien años. Identidades pasadas que él había asumido cada vez que su juventud comenzaba a levantar preguntas. Algunos lo creían un nieto perpetuo de algún Vodrak ancestral. Otros, una leyenda que nadie se atrevía a confrontar. Necesitaría los mismos métodos para ella. Pasaporte. Certificado de nacimiento. Papeles de matrimonio. Inventar una historia que resistiera el escrutinio de nobles, diplomáticos y ojos curiosos. Y por supuesto, necesitaría al escribano. “Emmerich puede hacerlo. Siempre lo ha hecho.” El anciano vampiro era más viejo que él y había perfeccionado el arte de crear existencias desde la época en que aún se escribía a pluma de oca. Le enviaría un mensaje encriptado. Pero aún faltaba un detalle. El nombre. No podía usar Isabella Ashcombe. Demasiado conocido. Y Isabella Vodrak sin una historia previa levantaría aún más sospechas. El apellido debía ser nuevo. Inmaculado. Como la marca que ahora llevaba en la piel. Edelweiss. La flor del hielo. El símbolo del linaje Vodrak. La misma flor que brillaba grabada en el cuello de su consorte. Dejó que su mente viajara por las lenguas que conocía: alemán, latín, húngaro, francés… Buscaba algo que significara nieve, viento, altura, pureza. Algo que honrara su nueva naturaleza. Y entonces, lo supo. “Elira Vetralis.” Elira. Un diminutivo suave y sonoro, derivado poéticamente de Edelweiss. Vetralis, una invención de raíz latina evocando el viento frío (ventus) y la blancura nival (albis). Un nombre noble. Etéreo. Nadie la reconocería, pero todos la respetarían. Elira Vetralis de Vodrak. Su esposa. Su consorte. Su aliada, aunque aún no lo supiera. Abrió un segundo compartimiento secreto y tomó una hoja especial, con el sello de la embajada y líneas doradas que usaría para las primeras cartas oficiales. La pluma de punta de plata danzó con su pulso impecable mientras escribía las primeras líneas de la historia que protegería a su amada: Elira Vetralis von Nivalheim. Nacida en Vorarlberg. Noble de linaje menor de los Alpes austríacos, última descendiente de una antigua familia empobrecida, cuya herencia fue absorbida y protegida por la casa Vodrak en tiempos de guerra. Rescatada de una masacre durante un levantamiento local, fue educada en Viena bajo el patronazgo del ducado Vodrak, elevada por derecho a la condición de condesa por servicios prestados al Imperio. Casada por lo civil y consagrada según el rito austrohúngaro. Viktor exhaló con lentitud, firmando al pie. Ya no había marcha atrás. Su consorte tenía un nombre. Pronto tendría un lugar. Y tarde o temprano... tendría que saber la verdad.
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