Miedo y Sospecha
El repiquetear apresurado de los nudillos de Martha sobre la puerta hizo que Lady Honoria alzara la vista de los documentos del despacho, un mal presentimiento oprimiéndole el pecho antes siquiera de escuchar lo que la doncella tenía que decir.
- Mi lady… - Martha jadeaba, su rostro pálido - Fui a despertar a la señora, como cada mañana, pero… su cama está vacía. No está en la habitación. Tampoco en los salones, ni en el invernadero.
Un silencio de plomo cayó sobre la estancia.
Honoria se puso de pie tan bruscamente que la silla chirrió contra el suelo. Su expresión permaneció serena, pero sus pasos eran duros, decididos. Ya había aprendido a leer las señales… y algo no encajaba. Algo en el ambiente olía a tragedia.
- Llama a los sirvientes – ordenó - Que registren la casa. Las caballerizas. El jardín. Las bodegas. Todo. Ya.
Y sin esperar respuesta, salió del despacho, cruzando el pasillo hasta la habitación que compartían Isabella y Rowan. Sus labios eran una línea apretada de determinación. Su mirada, un filo de acero contenido.
Empujó la puerta del la habitación del conde en la mansión sin pedir permiso.
La habitación de Rowan apestaba a licor y a humo. Las cortinas seguían corridas y la tenue luz del amanecer apenas alcanzaba a iluminar los restos de una noche desastrosa: botellas volcadas, cristales rotos… y una chimenea casi apagada donde ardía lo que parecía ser ropa de hombre. El encaje n***o reconocible de una de las camisas de Rowan se retorcía entre las brasas, casi extinguidas.
Un escalofrío recorrió la espalda de Honoria.
Rowan yacía en la cama, boca abajo, medio desnudo, su aliento pesado y cargado de alcohol. El hedor le hizo fruncir el ceño, pero no se apartó.
No dijo lo que pensaba. No podía. No todavía.
- ¡Agua! - gritó hacia el pasillo - ¡Traigan agua, ahora mismo!
Un criado apareció con una jarra. Lady Honoria la tomó sin miramientos y, con el rostro impasible, vertió todo el contenido sobre el cuerpo inerte de Rowan.
- ¡Despierta, malnacido!
El joven se sacudió con un sobresalto, jadeando y tosiendo, empapado, mientras abría los ojos con lentitud. Honoria no se movió. Solo lo observó.
Su rostro estaba desencajado y las pupilas dilatadas, perdidas. Pero había despertado.
Y eso era apenas el principio.
Un golpe apresurado sonó en la puerta entreabierta de la habitación los interrumpió.
- Mi lady… - dijo uno de los sirvientes, con el rostro más blanco que la cal - Hemos buscado por toda la propiedad. No hay rastro de la señora Isabella. Ni en las caballerizas, ni en el jardín de invierno, ni en la arboleda. Nadie la ha visto salir.
Honoria cerró los ojos por un segundo, controlando el temblor en su mandíbula. Cuando volvió a abrirlos, su mirada era un puñal.
- ¿Y los carruajes? ¿Alguno fue utilizado?
- No, mi lady. Todos están en su sitio y los cocheros aseguran que no recibieron ninguna orden.
Otro sirviente se adelantó, nervioso.
- Mi lady… un mozo de cuadra dice que la señora salió a caminar ayer al atardecer… pero regresó a la mansión antes de la cena.
Honoria giró lentamente hacia Rowan, que había conseguido incorporarse hasta quedar sentado al borde de la cama. Su cabello goteaba y su expresión comenzaba a mostrar el desconcierto de quien no entiende - o no quiere entender - lo que está ocurriendo.
- ¿Qué hiciste, Rowan? - preguntó Honoria con voz tensa.
- ¿Qué…? - balbuceó él, pasándose una mano por el rostro - ¿De qué hablas?
- ¿Dónde está Isabella?
El conde no respondió. Ni la miró.
Honoria volvió la vista hacia los criados.
- ¡Preparad a los hombres! - ordenó, alzando la voz por primera vez - Que busquen más allá de los jardines. ¡Que peinen los senderos, el bosque, el claro de los sauces! ¡Ahora!
Los sirvientes corrieron obedientes, sabiendo que algo terrible se avecinaba.
Honoria se quedó en el umbral, observando a Rowan.
- Recemos, por tu bien, que la encontremos con vida. - dijo en voz baja - Porque si no, no habrá lugar en este reino donde puedas esconderte de mí.
Y salió sin esperar respuesta.
Bosque de los Sauces - Entrada a la cueva, poco después del amanecer
El silencio en la cueva era espeso, casi sólido. Solo se oía el goteo lejano del agua filtrándose por las paredes de roca y el latido de dos corazones, ahora conectados por la misma sangre.
Viktor se mantenía cerca de Isabella, sentado con la espalda apoyada en la piedra, apenas a unos pasos de su cuerpo tendido sobre un lecho improvisado de su capa y musgo fresco. Sus ojos, azules como el hielo más antiguo, no se apartaban de ella. Cada línea de su rostro dormido estaba grabada en su memoria, cada espasmo en sus dedos era una sacudida en su propio cuerpo.
Se llevó la mano al cuello.
La marca ardía suavemente. El grabado de la edelweiss, símbolo de su linaje, resplandecía como un tatuaje bajo la piel. Sentía su latido reverberar ahí y con él, el eco del corazón de Isabella.
Vinculados.
Para siempre.
No fue un gesto de poder ni de posesión. Fue un acto desesperado. Salvarla había requerido más que fuerza, más que velocidad. Había requerido entregarse. Y ahora… ahora no podía apartarse de ella.
Literalmente, no podía.
El sabor de su sangre aún le ardía en la garganta. Cálida. Fuerte. Honesta.
Y su cuerpo, aunque nuevo en la inmortalidad, ya lo reclamaba como su única fuente.
Apretó los dientes.
- No puedo llevarte de regreso a ese lugar. - susurró al aire, como si pudiera explicárselo, aunque ella aún no pudiera oírlo con claridad - No así. No sin saber si podrás controlar lo que ahora eres… o lo que yo soy. Y si estás a salvo de ese hombre.
El sol golpeaba la entrada de la cueva. Un halo dorado se filtraba por las grietas del techo, pero él había elegido esta cueva por su profundidad. Por el aislamiento. Por la seguridad.
Afuera, la mansión se agitaba, sin duda.
Lady Honoria ya lo sabría. El viejo instinto le decía que no pasaría mucho antes de que comenzaran las preguntas, las búsquedas, los rumores.
Y tú, Viktor, no puedes regresar. No todavía. No puedes devolverla a ese lugar.
Un leve quejido lo sacó de sus pensamientos. Isabella se removía, su rostro crispado por una pesadilla o por el peso de su nueva naturaleza.
Viktor se inclinó, sus manos extendidas, sin tocarla aún. No quería invadir, aunque la conexión entre ambos ardía como un hilo de plata en su pecho. Podía sentirla incluso sin mirarla. Podía escucharla en su mente como un eco lejano de emociones confusas: pena, dolor, vacío.
Y una palabra.
Una sola, débil como un suspiro.
- Viktor…
El mundo se detuvo. La voz, ronca y rota, resonó como un trueno en su interior. Ella lo había reconocido. En medio del abismo, sabía quién era él.
Sus colmillos, que aún no se habían retraído del todo, temblaron. Quiso decirle algo.
“Estoy aquí”, tal vez. “Te salvé.”
Pero ¿Cómo consolar a alguien que no deseaba vivir?
Isabella se desmayó de nuevo, su cuerpo cayendo en un espasmo leve. Pero seguía respirando. Su corazón seguía latiendo.
Y eso era suficiente. Por ahora.
Viktor cerró los ojos y dejó que su habilidad se activara por completo. Las ondas sutiles que brotaban de su cuerpo se extendieron por la cueva como un susurro invisible. A su alrededor, la oscuridad se dibujó con formas claras, casi luminosas para su percepción vampírica. Reconocía las entradas, los peligros, incluso el movimiento de un ciempiés bajo una piedra.
Pero más que eso: podía proyectar un escudo de silencio. Un manto que engañaba al oído humano, que distorsionaba los sentidos del lobo o del cazador.
Un escondite perfecto.
Para ella.
Y para él también, aunque le costara admitirlo. Porque su cuerpo, aún herido por el esfuerzo de la transformación mantenida, comenzaba a debilitarse. Su sed era constante, como un cuchillo húmedo bajando por su garganta ahora que la había probado.
Pero no podía beber de otro. No ahora.
No después del vínculo.
Ya no era solo un capricho del cuerpo. Era un mandato de la sangre.
Se arrodilló junto a ella. Acarició suavemente su mejilla con el dorso de la mano, una caricia que temblaba por el peso de las emociones contenidas.
- No lo sabrás aún, - susurró con un deje de risa amarga - pero ya me perteneces tanto como yo a ti.
Apretó los labios, luego se obligó a sonreír.
- Y no pienso perderte ahora.
La cueva se volvió más oscura cuando una nube cubrió el sol. Pero Viktor ya no la necesitaba para ver.
Lo único que necesitaba estaba frente a él.
Y no la dejaría ir.