Cuando llegué al restaurante, Zouse ya estaba allí, esperándome con su usual sonrisa despreocupada y esa mirada que siempre parecía estar calculando algo. Me saludó con un gesto confiado y, sin esperar a que tomara asiento, ya había pedido mi plato favorito. Aquello me sacó una pequeña sonrisa: a veces era tentador aceptar la atención que alguien como él me daba sin más preguntas. —Sabía que vendrías, Anny. Nunca fallas a una buena invitación, ¿verdad? —dijo, guiñándome un ojo mientras me acomodaba frente a él. —Bueno, me puedes agradecer con un buen postre —respondí, medio en broma, intentando mantener las cosas ligeras. Pero ni siquiera esa conversación me distrajo de la presencia latente de Alejandro en mi mente. Zouse, siempre perceptivo, notó mi distracción al instante. —A ver, a

