A la mañana siguiente, volví a la oficina sintiendo que mis pies apenas tocaban el suelo. Aquella noche sobre la ciudad me había dejado más decidida que nunca. Estaba dispuesta a navegar las aguas turbulentas que Alejandro traía consigo. Aún así, los ecos de las advertencias de Blanca y Zouse seguían rondándome como sombras. Entré en la oficina y me encontré a Zouse en el pasillo, apoyado contra la pared con los brazos cruzados, observándome con una mezcla de curiosidad y desaprobación. Sabía que después de nuestra última conversación, él no estaba convencido de que yo supiera lo que hacía, y sus ojos reflejaban un reproche silencioso. —¿Tu perspectiva cambió anoche? —preguntó, con un tono que intentaba ser casual pero que no disimulaba su disgusto. Lo miré sin darme por aludida, conten

