MARGARET Abrí mis ojos después de aquella impresión, aun sentía el miedo, aun escuchaba a mi nieta gritar. —¿Dónde estoy? —Mi piel se erizo al escuchar el cambio de mi voz. —¿Dios que me pasó? —Me puse de pie al ver mi cuerpo, no tenía las arrugas ni las manchas en la piel. No era la vieja Margaret me encontraba más joven, seguro estaba soñando. —¿Por qué tardaste tanto vieja loca? —Era el, era la voz de mi amado esposo. —¿A quién llamas loca?, viejo tonto. — Me di la vuelta para verlo, y ahí estaba el, tan joven, tan radiante, tan Antonio. Mi amado esposo había rejuvenecido, se encontraba de pie junto a una fuente. No sabía si correr y darle un buen golpe en la cabeza por llamarme loca, o abrazarlo. Sin duda este sueño era distinto al resto, pero de igual forma me gustaba. —A t

