El celular de Carolle comenzó a sonar, rompiendo el silencio cargado de pasión que envolvía la habitación. El tono insistente resonaba como un golpe seco, descolocando todo. Mateo se detuvo en seco, aún sobre ella, su respiración pesada chocando contra su cuello. Sus ojos, oscurecidos por el deseo, se entrecerraron con un destello de ira. —¿Quién demonios llama a esta hora? —gruñó, su voz ronca, contenida pero cargada de molestia. Carolle lo miró nerviosa, sin saber qué hacer. Una gota de sudor resbaló por su frente y cayó sobre sus redondos senos, causando que ella sintiera un cosquilleo. Pero el sonido del teléfono no cesaba, cada repique como un martillazo que rompía el momento. —Es… es mi teléfono —dijo ella, casi en un susurro, temiendo encender más su irritación. Mateo

