PRIMERA PARTE
Capítulo 1.
Noche de diversión y confusión
Ariana apretó el cinturón de seguridad justo cuando el avión comenzó a avanzar por la pista. El rugido de los motores le provocó un cosquilleo en el estómago, una mezcla de nervios y emoción. A su lado, Itzel ya estaba grabando historias para sus redes, como si aquel viaje fuera el inicio oficial de algo grande.
—A la próxima que nos vean, estaremos bronceadas y sin problemas —dijo Itzel, guiñándole un ojo.
A través de la ventanilla, la ciudad que dejaban atrás se volvió pequeña, casi irrelevante. Ariana cerró los ojos un instante. Ese viaje no era sólo vacaciones; era una pausa necesaria, una huida silenciosa de todo lo que había decidido dejar en tierra.
Dos horas después, el capitán anunció el descenso. El mar apareció como una sábana azul infinita, rodeando una ciudad enorme, vibrante, llena de promesas. Cuando las ruedas tocaron el suelo, Ariana sintió que algo acababa de empezar.
No imaginaba que, entre aeropuertos, playas abarrotadas y noches encendidas por la música y el alcohol, ese vuelo marcaría el punto exacto donde su vida cambiaría de rumbo…
Las maletas ya estaban abiertas sobre la cama del hotel. Ariana doblaba la ropa con movimientos lentos, como si al hacerlo aceptara que el viaje estaba llegando a su fin. Afuera, la ciudad seguía viva, indiferente a las despedidas, con el murmullo del mar colándose por el balcón entreabierto.
—No puedo creer que mañana a esta hora ya estaremos en casa —murmuró Itzel, dejando caer un vestido dentro de la maleta—. Estas vacaciones se fueron volando.
Ariana estaba revisando su celular sin mucha atención, más por costumbre que por interés, cuando de pronto se quedó inmóvil. Sus ojos se abrieron de golpe y el corazón le dio un salto.
—Itzel… —dijo en voz baja, como si temiera que la noticia se desvaneciera—. No puede ser.
—¿Qué? ¿Qué pasó? —preguntó su amiga, acercándose.
Ariana levantó el teléfono con una sonrisa incrédula.
—Boletos disponibles. Mañana. Auditorio de la ciudad —tragó saliva—. Es él. El Diablillo. La presentación que estaba agotada desde hace meses.
Itzel soltó un grito ahogado.
—¡¿Mañana?! Ariana, mañana ya estaremos de regreso.
—Lo sé… —respondió ella, ya con los dedos temblando sobre la pantalla—. Pero es justo lo que necesito.
Sin pensarlo más, confirmó la compra. El aviso de “boletos adquiridos” brilló en la pantalla como una señal del destino.
Ariana dejó caer el celular sobre la cama y soltó una risa nerviosa.
—Parece que la ciudad no quiere dejarnos ir tan fácil.
Itzel sonrió, con esa expresión que siempre anunciaba problemas deliciosos.
—Entonces nos iremos pasado mañana. —dijo—. Enseguida cambio los boletos de avión.
Ariana asintió, sin saber que esa decisión, tomada casi al azar, sería el recuerdo más intenso de todo el viaje… y el comienzo de algo que no estaba lista para enfrentar.
Itzel cerró la maleta de un golpe y se dejó caer sobre la cama, con esa sonrisa peligrosa que Ariana ya conocía demasiado bien.
—Escúchame bien —dijo, girándose de lado—. Mañana tenemos el auditorio, el influencer de tus sueños y luego el vuelo. ¿Sabes qué falta en ese plan?
Ariana levantó una ceja, fingiendo no saber la respuesta.
—Dormir… ¿o empacar mejor?
—Una última noche de fiesta —corrigió Itzel, incorporándose—. De esas que no se repiten. La ciudad, el mar, música fuerte y cero arrepentimientos.
Ariana miró el reloj. Era tarde, pero no tanto. Afuera, las luces comenzaban a reflejarse en el agua y el sonido lejano de la música subía desde la calle.
—Itzel, estamos cansadas… —intentó decir, aunque su voz no sonó muy convencida.
—Precisamente por eso —insistió—. Mañana volvemos a la realidad. Hoy todavía somos libres.
Itzel abrió el clóset y comenzó a sacar vestidos, lanzándolos sobre la cama como si el tiempo no existiera.
—Además —añadió, mirándola con picardía—, ¿y si esta ciudad nos debe algo más antes de despedirnos?
Ariana suspiró. Se acercó al balcón y dejó que el aire salado le rozara la piel. Tal vez era el cansancio… o tal vez esa sensación persistente de que algo aún no terminaba de suceder.
—Está bien —cedió al fin—. Pero sólo un rato.
Itzel sonrió, triunfante.
—Eso mismo dijiste la primera noche.
Mientras se arreglaban frente al espejo, Ariana no podía imaginar que esa salida improvisada sería el punto exacto donde todo se desordenaría. A veces, las mejores historias comienzan justo cuando crees que ya todo está empacado.
El lugar estaba lleno. Luces de neón, música vibrando en el pecho y el aire cargado de risas y alcohol. Itzel fue la primera en lanzarse a la pista, como si el cansancio no existiera. Ariana prefirió quedarse cerca de la barra, observando, dejándose envolver por la atmósfera sin entregarse del todo.
Fue entonces cuando lo notó.
Alto, seguro de sí mismo, con esa sonrisa ensayada que parecía funcionar con cualquiera. Se acercó con dos bebidas en la mano y una mirada directa que no dejaba lugar a dudas.
—Hola —dijo, inclinándose un poco hacia Ariana para hacerse escuchar—. Soy Jordano.
Ariana le sostuvo la mirada apenas un segundo. Reconoció de inmediato ese tipo de interés, el mismo que había aprendido a esquivar sin esfuerzo.
—Hola —respondió con una sonrisa educada—. Ariana.
Jordano intentó continuar la conversación, elogiando el lugar, la noche, incluso el vestido que llevaba puesto. Ariana asentía, agradecida pero distante, contestando lo justo, sin abrir ninguna puerta.
Desde la pista, Itzel los observaba con una ceja arqueada, divertida y un poco intrigada.
—Fue un gusto —dijo Ariana finalmente, levantando su vaso a modo de despedida.
Jordano pareció sorprendido, como si no estuviera acostumbrado a ese tipo de respuestas. Aun así, sonrió antes de alejarse.
Ariana soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. No estaba ahí para juegos ni promesas fáciles. Algo dentro de ella seguía esperando otra cosa… algo que aún no tenía nombre.
Itzel regresó poco después, acercándose a su oído.
—¿Desde cuándo ignoras a hombres así?
Ariana miró hacia la pista, donde la música seguía su curso, indiferente.
—Desde que aprendí que no todo lo atractivo es lo que estoy buscando.
Y sin saberlo, esa decisión silenciosa estaba a punto de abrirle paso a alguien que no llegaría con sonrisas ensayadas… sino con una verdad imposible de ignorar.
El hombre no se fue del todo. Desde la distancia, observó a Ariana con una atención calculada, como quien analiza un terreno antes de volver a pisarlo. No tardó en comprender su error: intentar conquistarla de frente había sido demasiado obvio… y Ariana no era ese tipo de mujer.
Así que cambió de estrategia.
Minutos después, reapareció cerca de Itzel, celebrando un chiste que ni siquiera había escuchado bien, pidiendo otra ronda para todos y moviéndose al ritmo de la música con naturalidad. Itzel, siempre abierta a la diversión, le devolvió la sonrisa sin reservas.
Ariana los miró de reojo al principio, con cautela. Sin embargo, la tensión se diluyó poco a poco. Jordano ya no insistía, no invadía, no buscaba miradas que no le ofrecían. Simplemente estaba ahí, riendo, brindando, bailando como uno más.
Cuando menos lo notaron, los tres formaban un pequeño círculo entre luces intermitentes y cuerpos en movimiento. Reían por tonterías, chocaban vasos, cantaban fragmentos de canciones que apenas se escuchaban entre el ruido.
Ariana se sorprendió a sí misma relajándose. Bajó la guardia sin darse cuenta, permitiéndose disfrutar el momento sin preguntas ni expectativas. Jordano ya no era el galán insistente, sino alguien divertido, ligero… inofensivo.
O eso parecía.
Itzel se inclinó hacia Ariana, con una sonrisa cómplice.
—¿Ves? No muerde.
Ariana rió, alzando su vaso.
—Tal vez —respondió—. Pero aún no le confío los colmillos.
Jordano levantó su bebida, brindando con ellas.
—Prometo portarme bien —dijo, guiñando un ojo.
La noche continuó avanzando entre risas, alcohol y música. Y mientras Ariana se dejaba llevar por ese instante de falsa seguridad, el destino afinaba los detalles de una jugada que ninguna de ellas vio venir.
Jordano lo notó casi de inmediato. No fue una confesión directa, sino un comentario al pasar, una sonrisa distinta cuando alguien mencionó la palabra tequila. Ariana lo sostuvo entre las manos con familiaridad, como si ese sabor formara parte de ella desde siempre.
—Así que este es tu punto débil —dijo él, apoyándose en la barra. — El tequila no miente.
Ariana rió, negando con la cabeza.
—No es un punto débil, es un gusto bien elegido.
Jordano desapareció unos minutos entre la multitud. Cuando regresó, llevaba una botella cerrada, brillante bajo las luces del lugar.
—Para ti —dijo, entregándosela—. Nada de compartir… esta es sólo tuya.
Ariana dudó un segundo, sorprendida por el gesto. Agradeció con una sonrisa sincera antes de destapar la botella. El primer trago le quemó suavemente la garganta, el segundo le aflojó los hombros, y el tercero la hizo sentir ligera, como si la música se metiera bajo su piel.
Itzel seguía bailando, Jordano hablaba con alguien más, y la pista parecía llamarla. Ariana se dejó llevar, avanzando entre cuerpos sudorosos, luces parpadeantes y risas que ya no distinguía.
Bailó. Giró. Cerró los ojos.
Cuando los abrió de nuevo, la botella seguía en su mano… pero Itzel ya no estaba a la vista. Jordano tampoco. Sólo rostros desconocidos, música más fuerte y una sensación extraña, como si hubiera cruzado una línea invisible.
Ariana intentó orientarse, pero la multitud la empujó hacia otro lado. La música cambió, el ritmo se volvió más intenso y, por primera vez en la noche, sintió un ligero escalofrío.
No sabía cómo había llegado hasta ahí.
Y tampoco sabía quién la estaba observando desde la penumbra.