Capítulo 3

2442 Words
Zoe Miller El tramo es más largo de lo que pensaba. Las piernas me queman con mi andar apresurado y ahora que miro hacia adelante, me reclamo a mí misma por hacer esto sabiendo que hay al menos kilómetro y medio hasta la casa. Miro al cielo y murmuro por lo bajo maldiciendo a mi cabeza loca, a mi locura temporal y rezo para que la noche extienda su manto con unos minutos de atraso. El aire me falta y siento que mis pulmones queman cuando escucho el ruido de un auto acercándose. Pero no volteo siquiera para no perder el ritmo que llevo a duras penas y no desacomodar el árbol que llevo apoyado contra mi torso con dificultad. Una voz se escucha de repente. No entiendo mucho, pero es suficiente para que yo me detenga y vea que el auto que antes escuché, se detuvo a mi lado y tiene la ventanilla abajo. Mi corazón bombea con fuerza en mi pecho ahora. Tengo miedo, no puedo ocultarlo. El auto se ve moderno, como muchos otros que hay en los alrededores, quizás sea un vecino que me quiere dar su ayuda en la víspera de Navidad. No veo la cara de quien llama y al menos por educación me digo que debo ver quién pretende ayudarme. También puede que esté viendo a los ojos de mi asesino y aunque ese pensamiento es una mierda molesta, me lo trago y me inclino para ver por la ventanilla. Y lo que veo, cambia todo en solo un segundo. El árbol cae de mis manos, la bolsa le sigue. Y mientras esos ojos azules, del mismo color que los de mi hija, me miran con asombro, yo siento que mi alma abandona mi cuerpo y corre lejos. No puede ser que el mundo sea tan pequeño. No puede ser que sea tan injusto. —¿Zoe? Su voz me hace reaccionar. Pestañeo y retrocedo, ya con dos dedos de frente otra vez, me alejo del auto y miro a mis pies solo para darme cuenta que el árbol y todo lo que llevaba en la bolsa ahora está esparcido en el suelo. —¡j***r! —gruño por lo bajo y para un solo día, ya he dicho demasiadas maldiciones, pero definitivamente este momento amerita una. Me agacho como puedo y con mis manos temblorosas, comienzo a recoger y a guardar en la bolsa. A pesar del frío, estoy sudando, un miedo enorme me recorre de pies a cabeza. ¿Por qué debía encontrarme con él? ¿Por qué justamente Sam debía ser el dueño del auto? Como puedo termino de guardar lo que se salió de la bolsa y estoy por incorporarme para levantar el árbol, cuando escucho el sonido seco de la puerta del auto al cerrarse. Cierro los ojos cuando entiendo que él acaba de bajarse y se va a acercar. En mi pecho mi corazón se desboca y suena tanto y tan fuerte, que me tupe los oídos. —Zoe… —repite mi nombre como si él tampoco creyera que volvemos a encontrarnos. Incluso, más que todo, me extraña que siga aquí luego de saber que soy yo la que necesita ayuda. Es desconcertante y me pone aún peor, porque es como el recordatorio de que la única resentida por aquí seré yo. Me apuro a levantarme y tomo el árbol como puedo, de espaldas a él. —Deja que te ayude —murmura justo cuando llega a mi lado y al rodear el árbol, sus dedos tocan los míos. Yo llevo guantes, pero él no. Y conforme siento que nos tocamos de esa mínima forma, quito mis manos. —Gracias —respondo, ronca, intentando no ver sus ojos azules. No quiero ser grosera, tampoco quiero darle a entender que me sigue afectando cuando han pasado diez años desde la última vez que nos vimos. Pero es un poco invasivo para mí experimentar esto ahora. Sobre todo cuando él mismo baja lo que hay aún entre los dos para poder mirarme a la cara. Su sonrisa es un poco extraña, no puedo decir que se alegre de verme, pero sí está sorprendido. —Hola, Zoly. Su voz es grave, más de lo que recordaba. Se siente como miel caliente atravesando mi espina dorsal. Pestañeo varias veces y lo miro, lo miro a conciencia. A pesar de la ropa de invierno, de lo gris que está el día y que casi anochece, sus ojos siguen siendo del azul más eléctrico, intenso y hermoso. Su rostro, que siempre tuvo facciones bien marcadas y masculinas, ahora está cubierto por una fina barba de tres días y cada ángulo está aún más definido. Su nariz alta, su mandíbula de acero, sus cejas perfiladas, sus labios gruesos. Samuel Riley era sexy al final de su adolescencia, ahora es un hombre maduro y bien formado. Está idéntico, una versión mejorada de sí mismo, pero en su mirada hay mucho que hace diez años atrás no era siquiera visible. Hay madurez, hay determinación. —Hola, Samuel. Me atrevo a responder cuando me regresa la voz. Me digo que tengo que dejar de verlo como si fuera una pieza de museo, cuando en su boca arrogante se forma una media sonrisa egocéntrica. —¿Samuel? ¿Solo Samuel? Hace años que no nos vemos, ¿y tú me saludas así? Entrecierro los ojos en su dirección, a su expresión calmada, su sonrisa ligera. Ese hoyuelo en su mejilla sigue presente y es la única muesca en su rostro que suaviza la dureza de su expresión. —Lo siento —sacudo la cabeza y finjo que me apena reaccionar de esta manera. Le sonrío—, es que me tomó por sorpresa. ¿Cómo estás? No sabía que estabas de regreso. Aunque ahora que miro el auto más de cerca, me doy cuenta que es el mismo que ayer estaban los Riley despidiendo. Lo que no entiendo es el motivo de que él se haya ido de la casa o que sus padres no hayan comentado nada. La mirada de Samuel se estrecha, sé que puede ver a través de mí, siempre fue capaz de saber cuándo mentía. Menos aquella última noche en que todo cambió y me decepcionó de todas las formas posibles. Pero en general sabía cuándo me sentía incómoda y cuándo quería alejarme de todo. —Me tomó un poco tarde para visitar a mis viejos hoy, pero si no vengo, sería buscarme un problema. Sonrío y esta vez es un gesto sincero. Puedo imaginar las expresiones de sus padres si se quedan esperándolo. Y para ser sincera conmigo misma, ellos me alertaron ayer y yo decidí eliminar esa posibilidad de mi cabeza. Tampoco es que esperara que me encontrara con Samuel de camino a casa y en estas condiciones. —Ahí está —dice de pronto y yo levanto mi cabeza para verlo a los ojos, confundida. Él nota mi sentir, se encoge de hombros mientras explica sus palabras—: Tu verdadera sonrisa. Todo dentro de mí se estremece al escuchar eso. Un calor sofocante se apodera de mí y es un sentimiento que no quiero ahora, porque él no tiene derecho a decir eso como si pretendiera conocerme. —Te sorprendería ahora el saber cuántas tengo…pero no es momento de hablar de mi sonrisa. Necesito seguir antes de que caiga la noche —murmuro, al fin recuperando mi sensatez y dejando a un lado este nivel de estupidez que me trajo el verlo. Intento quitar el árbol, pero él se resiste a soltarlo. Lo miro con una ceja enarcada. Su rostro ya no se ve tan amable, sí más confuso y a la vez, ofendido. —No vas a irte caminando, Zoly. ¿Cómo crees que voy a dejarte tirada aquí? Lo miro queriendo alejarlo de mí. Prefiero empujarlo lejos de mi vida mientras le digo las palabras que me vienen a la mente. «Ya lo hiciste una vez y no te importó». Pero me contengo, no es momento de desenterrar el pasado. Es evidente que él siguió su vida y debe irle la mar de bien. A diferencia de mí, que lo único que me hace abrir los ojos cada día, es una pequeña que depende totalmente de mí. —No te preocupes, siendo sincera, prefiero caminar. Estoy falta de ejercicio. Samuel rueda sus ojos y con un movimiento que me toma desprevenida, me quita el árbol y se aleja de mí. —¡Eh! ¡Devuélveme eso! —Voy detrás de él cuando lo veo abrir la puerta trasera del auto. —¡Sigues siendo terca, maldita seas! —responde, con mal humor. Y me muestra al fin a ese hombre que yo recuerdo. Su expresión de antes, tan amable, no cuadraba con él. Samuel siempre fue un arisco y de la forma que nos despedimos la última vez que nos vimos, no creo que él pudiera fingir por mucho tiempo que se alegra de verme. Aunque bien puede ser que ya no le importa. —Tú y tu Navidad imprescindible. —Siento la irritación en su voz—. ¿Para qué es este árbol? ¿No tienes ya otros cinco puestos por toda la casa? Mi corazón duele al escucharlo. Me detengo solo un segundo cuando las palabras me hacen daño sin apenas tener esa intención. Porque la Zoly que él llama, amaba la Navidad. Ahora no tanto. —No es tu problema, y si tanto te molesta, puedes devolverme mi árbol y seguir de largo. Es algo que te gusta hacer mucho, así que sin resentimientos. Me detengo detrás de él, que está acomodando el dichoso árbol en el asiento trasero. No puedo hacer nada, porque hacerlo implicaría tocarlo para quitarlo del medio. —Eso sonó resentido, Zoly, y no viene de mí. —No me llames Zoly, Samuel, no soy una niña, estamos lejos de serlo ya. Y no, no tengo que sentir nada por ti, si acaso pena…pero ya ni eso… No sé por qué digo eso. Quizás es el calor de la discusión, la rabia por verlo, el miedo a lo que va a encontrar en su casa cuando llegue. Pero cuando él se incorpora otra vez, lo hace con una expresión que no puedo identificar. —Quise llevar esto por la paz. Si estás aquí es porque regresaste a casa de tu abuela y sé lo que pasó…mis condolencias por ello. Ya que estamos sincerándonos, es verdad que no es mi problema nada que venga de ti, pero supongo que eres tú la sorpresa que mis padres estaban insistiendo tanto en que me darían. No tienen idea…pero tendré que soportarte. Su rostro duro no me sorprende verlo. Guardo muy en el fondo lo que me hacen sentir sus palabras, pero no le demuestro que me afectan. Esta versión suya fue la misma que vi hace años, no viví engañada todo este tiempo. —Mejor evitémonos, Samuel. Yo no voy a subir a tu auto y no voy a llegar contigo. Puedes fingir que no me reconociste por el camino. Su mirada me atraviesa al escucharme. Me mira de arriba abajo. A mi ropa de invierno, mi cabello desordenado debajo del gorro. No sé si puede ver como si tuviera rayos X, pero me molesta y a la par me hace sentir un cosquilleo interior. —Eso es fácil. No tienes nada que ver con la chiquilla que conocí. Niego con la cabeza y una sonrisa triste se muestra en mi boca. Es lo primero que dice con lo que estoy de acuerdo. —No, no lo soy. Ahora, por favor, dame mi árbol y vete. Ya casi anochece. «Y me estoy congelando, maldito». Samuel me mira y es como si me escrutara. No sé cómo puede soportar el frío llevando solo un abrigo. Ya lleva unos minutos aquí afuera. —No seas terca, Zoe, sube al auto de una vez. No voy a rogar si eso lo que pretendes. Abro la boca, impactada con sus palabras. —¿Rogarte? —me ofende que siquiera lo piense—. No lo hice cuando podía apelar a lo único bueno que tenía en la vida, Samuel. No lo haré ahora que tengo cosas más importantes por las que luchar. Conforme lo digo, es como si sintiera el dolor de años cayendo sobre mí. Mis ojos se llenan de lágrimas y me jode no poder detenerlo. Paso por su lado para coger el árbol e irme de una maldita vez. Pero él no me deja, me toma por el brazo y me retiene. No con fuerza, pero lo suficiente para no dejarme avanzar. Me sacudo. —¡No me toques! ¡No tienes derecho! Él me suelta al instante cuando me escucha. La rabia que estaba contenida sale a relucir, no entiendo siquiera los motivos por los que me rompo así. —Voy a agarrar mi jodido árbol, voy a alejarme de ti y malditamente segura estoy de que vas a llevar tu culo bien lejos de mí. ¿Entendido? ¡No estoy para bromas, Samuel Riley! No sé qué carajos recuerdas de mí, pero me importa un bledo si es justo o no. Si tan poco te importa, vete de una vez y déjame en paz. Por lo de tus padres, no te preocupes, yo tampoco quiero ver tu perfecta cara de culo solo porque ellos no tienen idea de todo lo que pasó. Me iré a mi casa, la que mi abuela muerta me dejó y pasaré la puta Navidad con la única persona que amo por encima de todo en este mundo. Y ni tú ni nadie va a evitar que así sea. ¿Estás claro? Cuando termino, me falta el aire. La vista la tengo nublada. Y la boca tan seca y a la vez, aguada, que bajo la cabeza para tratar de calmarme. No sé qué me pasa, pero siento que pierdo el equilibrio. Recuerdo que no me dio tiempo comer nada antes de salir de casa. Y con todo el drama que tuve en la tarde y en esta caminata, debo haber perdido mi reserva de energía. Todo me da vueltas y estiro mi mano para sostenerme de algo. Busco el auto, sé que la puerta está abierta. Pero veo todo n***o y la desesperación del momento lo vuelve todo aún más oscuro. Creo escuchar la voz de Samuel, pero no distingo. Mis oídos están tupidos, mis piernas se sienten de gelatina y mis articulaciones, todas, casi que gritan por ayuda. Cuando mis rodillas ceden y son sus brazos los que me sostienen, sé que acabo de perder la primera batalla.
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