Samuel Riley
Zoe se desmaya en mis brazos y aunque estoy en shock por todo lo que dice de repente, no puedo evitar lanzarme hacia adelante y sostenerla antes de que caiga al frío suelo.
En cuanto mis brazos la rodean, su fragancia me envuelve y sin darme cuenta, inhalo hondo para disfrutarlo un poco más. Es un olor que me trae recuerdos, aprieto mis dientes ante eso, porque no puede ser posible que ella siga oliendo como siempre. Fresca, floral, exquisita.
La bolsa que llevaba en la mano se desparrama una vez más en el suelo y vuelvo a preguntarme el motivo por el que ella está aquí y en estas condiciones, caminando con ese árbol a cuestas y pasando un trabajo que evidentemente pudo haberse ahorrado.
Me veo de momento sin saber qué hacer. Tengo a Zoe inconsciente y apoyada contra mi pecho de la mejor forma que puedo sostenerla con toda esa ropa de abrigo que lleva puesta. El corazón se me quiere salir del pecho de tan fuerte que late y me digo que son solo nervios de que esta situación se salga de control.
Como puedo, abro la puerta del asiento del copiloto y aunque me cuesta demasiado, logro sentarla. Acomodo su cabeza lo mejor que puedo para que no caiga hacia adelante y me inclino sobre ella para intentar despertarla.
Rodeo su rostro con mis manos y sentir su piel es casi electrizante. La sacudo un poco sin ser brusco, para ver si despierta y yo puedo respirar tranquilo.
Por más que lo niegue, tenerla así no me hace sentir nada bien.
—Zoe —murmuro su nombre, tratando de despertarla—. Zoly.
Otro toquecito en sus mejillas, pero nada. El rosado de sus pómulos me deja claro cuánto estuvo expuesta al frío y mi pecho se aprieta.
—¿Qué está pasando contigo, Zoly?
La pregunta viene sin que yo pueda detenerla, pero no espero ni quiero recibir respuesta. Salgo del auto sintiendo el sabor amargo en mi garganta por cada cosa que esta situación trae a colación. Cierro la puerta para que ella no pase frío y recojo lo que estaba en la bolsa antes de guardarla junto al árbol en la parte trasera.
Antes de subirme de una vez y seguir rumbo a casa de mis padres, doy un vistazo a mi alrededor para ver si nada se queda.
El auto huele a ella en cuanto cierro la puerta y respiro profundo sin apenas notarlo. Vuelvo a mirarla y su rostro sigue mostrándose tranquilo. Me pongo en movimiento para poder llegar lo más rápido posible, me preocupa que no despierte, aunque solo hayan pasado unos pocos minutos.
Las calles desiertas se ven ahora tenuemente iluminadas. El manto oscuro de la noche ya cayó del todo y aprieto el cuero del volante entre mis manos al pensar que Zoe pretendía atravesar esto ella sola. Sí soy consciente que por aquí todos se conocen, pero es una completa locura.
«¿A ti qué te importa, Samuel?», me reclamo a mí mismo cuando siento furia recorrer mi cuerpo al pensar en las consecuencias de esto.
No es solo el frío o la noche, es este mismo desmayo que quién sabe si le hubiera dado en el camino.
—¿Es que no tenía a nadie a quién pedir ayuda? —pregunto en voz alta y más molesto, de repente, al entender todo lo que pudo haber pasado.
Sus palabras de antes, las que me gritó con furia y dolor antes de desmayarse, se reproducen en mi mente.
…Me iré a mi casa, la que mi abuela muerta me dejó y pasaré la puta Navidad con la única persona que amo por encima de todo en este mundo. Y ni tú ni nadie va a evitar que así sea. ¿Estás claro?
La única persona que ama por encima de todo, así dijo, pero supongo que ese sentimiento no es recíproco si la dejaron atravesar esto sola y a esta hora.
Aprieto mis dientes, furioso. Me molesta todo esto, incluyendo mi jodida preocupación que no debería venir al caso.
Faltan solo unos metros para llegar al vecindario de mis padres y de Zoly, cuando ella empieza a removerse en el lugar. Mi respiración se entrecorta unos segundos, a la espera; me digo que debo estar atento al frente por si a ella le da por reaccionar raro. No lo dudo después de todo lo que ella me estaba diciendo antes de que fuera demasiado y terminara inconsciente.
—¿Samuel? ¿Qué…? ¿Qué hago aquí?
Su voz se escucha ronca y alarmada. Detengo el auto frente a casa de mis padres en el momento justo. Respiro con alivio, aunque trato que ella no me vea.
Volteo a verla. El color de sus ojos sigue siendo tan vivo como recordaba, a pesar de que se ven apagados y marchitos. Ironías que solo yo entiendo.
Su labio tiembla y su rostro vuelve a estar pálido. Ella acaba de darse cuenta dónde estamos.
—A pesar de que no quieres ver mi perfecta cara de culo, no podía dejarte tirada en medio de la nada, de noche y con ese frío. No soy un desalmado. —Me encojo de hombros cuando ella estrecha sus ojos en mi dirección—. Me detuve aquí porque estabas inconsciente, pero ya te dejo en la puerta de tu casa.
Pretendo poner el auto en movimiento otra vez, cuando ella medio grita un no que me detiene en seco.
—No, no, está bien aquí. Necesito…necesito recoger a alguien en casa de tus padres.
Baja la mirada y comienza a buscar sus cosas. Ya sé lo que dirá antes de que vuelva a mirarme.
—Las cosas están atrás —digo con voz ronca.
Zoe pestañea varias veces y mira a la parte trasera, donde su árbol está. La situación es tan ilógica que me saca una sonrisa, primero, luego una carcajada. Comienzo a reírme como hace demasiado no lo hago, sobre todo porque recordar la obsesión de Zoly con la Navidad es tan doloroso como divertido.
—¿Se puede saber qué es tan divertido? —pregunta ella, confundida y en parte acomplejada.
Yo niego con la cabeza y me cuesta parar de reír.
—La Navidad es un asco, pero me doy cuenta que tú sigues tan obsesionada con todo esto como hace diez años atrás.
Lo digo entre risas y espero recibir algún comentario de su parte defendiendo las fiestas como lo hacía siempre cuando la molestaba con esto. Pero no habla, no hace siquiera un ruido de negación.
Mi risa se congela y la miro.
Ella está mirando al frente, por algún motivo sé que el brillo que veo a medias en sus ojos, son lágrimas.
Me quedo en silencio. Mis pulsaciones se disparan al verla así. No esperaba esto y me digo que quizás sea por la pérdida de su abuela. Ella era la única familia que le quedaba.
«¡j***r, Samuel, qué inoportuno eres».
—No sé nada de lo que ha sido de tu vida, tampoco me interesa preguntar y recibir respuestas. Pero espero que así mismo sea para ti respecto a la mía. La Zoe que dejaste atrás hace diez años, no es la misma que tienes al frente y es mejor que lo entiendas desde el principio. Sin embargo, tienes razón —murmura con apatía y me mira; sus ojos brillan con lágrimas no derramadas, como ya imaginaba—, la Navidad es una mierda que no debería significar nada para mí, pero el hecho de yo negarme a algo no significa que lo extienda a las personas que me rodean y que amo. Muchas gracias por no dejarme tirada, Samuel, quizás te ganes un regalo de Santa después de todo.
Sin darme tiempo a decir nada, abre la puerta y se baja. Hace lo mismo con la trasera y cuando la veo bajando el dichoso árbol, es que reacciono. Sus palabras me dejaron demasiado aturdido.
Bajo yo también y cuando llego a su lado, ya ella carga con el árbol y la bolsa y toma rumbo a su casa. La sigo sin pensar en nada más.
—Zoe…
Ella apura el paso cuando escucha que la sigo. Me parece que resopla también.
¿No que tenía que ir a casa de mis padres?
Los pocos pasos que nos separan del porche de su casa me pasan desapercibidos, porque la voy siguiendo, pero cuando ella deja el árbol en el descansillo, que yo levanto la mirada, me doy cuenta de algo.
No hay luces. No hay decoración navideña. Nada.
Doy un vistazo a la casa de mis padres y está tan colorida e iluminada que deja en las tinieblas a la casa que yo recuerdo era la más hermosa del vecindario en esta época del año.
—Sí, ya lo descubriste, qué observador eres. Ahora, por favor, ¿puedes largarte? ¿O es que esperas que te invite a tomar un vaso de leche caliente?
La voz de Zoe me saca de mis pensamientos. La miro ya con el árbol a punto de entrar a la casa, su mirada no es gentil, como se escucha su irónica voz.
A pesar de todo lo que le dije y lo que a veces hace eco en mi cabeza, ahora mismo yo siento que quiero saber más. Si la casa está así por fuera, necesito saber si dentro también lo está. Solo eso explicaría la razón por la que cargaba con un árbol a esta hora y sin importarle nada.
Subo los escalones del porche y Zoe abre mucho los ojos, no se esperaba que yo me decidiera a seguir. Niega con la cabeza.
—Ah, no, no vas a entrar. Para que ni te pase por la cabeza. Me odias, ¿recuerdas? No me soportas y todo eso que llevas de resentido en tu cabeza —explota una vez más y la chispa en sus ojos se enciende, borra de un plumazo esa tristeza que antes vi y que me afectó más de la cuenta—. Vete con tus padres, déjame a mí con mis cosas.
Llego ante ella, me planto allí sin intención de irme.
—No te vas a deshacer de mí. Antes te desmayaste, eso es importante. Necesito decirle a quien sea que te espera en casa, que necesita ser un poco más considerado contigo.
En cuanto digo eso me doy cuenta que gran parte de lo que siento y la furia, es porque ella aceptó que alguien la estaba esperando en casa y que esa persona no fuera capaz de ayudarla. Pero Zoe ahora me mira como si me hubieran salido tres cabezas.
Su ceño fruncido, su rostro contraído con confusión.
—Supongo que ahora te crees algo así como el caballero de armadura que salva a la doncella y tiene que mear a su alrededor para demostrarle a todos cómo se hace. ¿Me desmayé yo y te golpeaste la cabeza tú? ¿Qué diablos te pasa? ¡Estás loco! Tú no tienes nada que decirle a nadie, Samuel, porque no…
Paso por su lado y entro a la casa que ya tenía abierta. A mis espaldas escucho su jadeo de estupefacción y su intento de seguirme, pero el árbol que tiene en la mano no le permite hacerlo con demasiada rapidez. Entro hasta el salón y me doy cuenta que algo sucede, que sus palabras de antes tenían un significado real.
La Navidad ya no es el centro de su mundo. Solo unas pocas guirnaldas adornan el salón.
Miro a mi alrededor buscando algo más. Hasta que lo encuentro y sin darme cuenta, sonrío. Porque verlo ahí, suspendido en la puerta que da al comedor, es la confirmación que necesito para entender que ella no odia del todo esta festividad, como quiere aparentar.
Y no sé por qué, eso me hace sentir menos miserable.
El muérdago que era su primera tradición, sigue donde mismo. En ese lugar que siempre ha sido suyo.
El lugar donde yo le di su primer beso.