Zoe Miller
Me quedo congelada en el umbral de mi casa. Mi corazón late demasiado acelerado y ya no siento fuerzas en mis brazos para seguir sosteniendo el árbol.
Él no tiene que estar aquí, no tiene que ver el poco espíritu navideño que me quedó después de tanto, no tiene que ver el muérdago en el mismo maldito lugar de siempre. Lo único a lo que no me pude negar.
Quizás, a diferencia de lo que él cree, no es un recordatorio de buenos momentos vividos en el pasado. Yo sé que no fue ese el motivo por el que lo puse ahí. Regresar aquí, de cierta manera, era volver en el tiempo, extrañar esos años en los que fui feliz, extrañarlo a él. Por eso lo puse, para recordarme el dolor que me causó ese primer beso. Porque con ese beso comenzó todo. Y acabó de la peor forma.
Conmigo yéndome lejos y embarazada. Con él haciendo su vida también lejos de Lowell, pero ajeno a lo que su egoísmo y desconfianza logró en mí.
No soy inocente, porque yo debí enfrentarlo más. Debí insistir, en vez de correr. Pero, ¿de qué forma miras a los ojos del hombre que amas y ruegas para que crea que el hijo que esperas es suyo?
Yo no merecía ese trato, no merecía rogar ni él merecía que yo lo hiciera. Y errada o no, su negación me hizo tomar una decisión, una que me sacó de este pueblo, me alejó de todo y con la que tengo que vivir me guste o no.
El tiempo a veces cura los males, en otros casos empeora el rencor. Yo no sé qué siento. Solo sé que necesito alejarlo de mí.
—Ahora entiendo por qué cargas con ese árbol a esta hora.
Su voz me saca del trance en el que estaba y al fin reacciono. Entro del todo a mi casa, dejo el arbolito en un lado del salón y me mantengo lejos de él, ahora frotando mis cejas y aliviando un ceño profundo que ni siquiera merece que le dedique.
—Gracias por traerme, tu hospitalidad me sacó de un apuro. Pero ya puedes irte —digo y mi voz se escucha cansada.
En realidad lo estoy. No solo es que no me siento bien después de lo que estaba haciendo, es que me siento agotada mentalmente. Cuando regresé a Lowell no pensé que debía lidiar tan pronto con Samuel Riley.
Él no me responde y yo no quiero mirarlo, no me interesa ver sus ojos o admirar su expresión. Si antes era sexy, de adolescente, ahora es una delicia de hombre, con rasgos masculinos, rudos, pero a la vez elegantes. No necesito ver en él lo que yo no logré hacer con mi vida. No necesito restregarme en la cara que él se convirtió en un hombre, mientras yo siento que me quedé atascada diez años atrás.
Le doy la espalda y acomodo el árbol donde voy a ponerlo. Solo la sonrisa que pondrá Sammy al verlo me hace cambiar mi ceño fruncido y relajar los músculos tensos.
—Zoe… —Su voz llega más cerca de lo que antes estuvo.
Los pelos de mi nuca se erizan, no puedo luchar contra eso. Él siempre tuvo esta especie de poder sobre mis reacciones; espero que el tiempo y la distancia me hayan enseñado a ocultarlas al menos de su vista.
—Vete, Sam, este no es tu lugar.
—¿Con quién vives? —pregunta en su lugar, ignorando mi orden.
Ruedo los ojos, no puedo creer que él no se haya dado cuenta que no quiero ni verlo. Aunque oculto muy dentro de mí el hecho de que mi única familia y acompañante también es su hija y ahora se encuentra en casa de sus padres.
De solo pensarlo mi respiración se corta otra vez.
—No es tu problema con quién yo viva, Samuel. ¿Qué se supone que quieres que haga? —Me giro lentamente y lo encuentro a solo dos pasos de mí.
No soy capaz de interpretar su mirada, su expresión, su postura. Aunque creyera eso, el hombre ante mí no es el niño con el que crecí; ni siquiera el joven que renegó de mi embarazo fue esa persona. No es sorprendente que ahora vuelva a confirmarlo.
—¿Qué quieres? —insisto, cuando él no habla, solo mantiene sus ojos sobre mí—, ¿que nos sentemos en el sofá como viejos conocidos y nos contemos lo que fue de nuestra vida? ¿Enciendo la chimenea?, ¿te preparo un chocolate caliente? ¿Nos ponemos bajo el maldito muérdago para que me preguntes por qué está ahí?
Con cada palabra que yo digo siento que voy soltando las tensiones, contrario a lo que antes fue para mí decirle cada palabra.
Sus ojos se abren con lo último. Da un vistazo a la puerta donde sabe que está el muérdago.
—¿Por qué no decoraste la casa? —pregunta entonces, como si eso fuera lo que él no acaba de entender.
Me encojo de hombros.
—Porque no quise.
Pestañeo varias veces para evitar las lágrimas que llegan a mí. No puedo decirle que el dinero no me sobra, no puedo decirle que el sentimiento de Navidad no es el mismo a solo unas pocas semanas de la muerte de mi abuela. No puedo decirle que no fue lo mismo desde que él no creyó en mí y me tocó alejarme de mi vida solo porque no iba a poder lidiar con mi embarazo y con su negativa a cumplir esa promesa que me hizo.
—No te creo. Es suficiente para mí ver lo que estuviste dispuesta a hacer para traer ese árbol.
Levanto la mirada y enarco una ceja. Esa calma vuelve a desaparecer y en su lugar, llega ese impulso que lo quiere sacar de mi vida de una vez.
—¿Crees que me conoces, Sam? Después de tantos años, ¿todavía esperas encontrar a la Zoe que creció contigo?
Sus cejas se fruncen, pero no responde. No niega, no asiente. Pero yo sé la respuesta.
—Vete de una vez. Ve con tus padres, deben estarse preguntando dónde te metiste.
Le doy la espalda otra vez. No me atrevo a decirle que se va a encontrar a una niña que es su propio reflejo y que yo pronto iré por ella, porque es mi hija la que ahora tiene la atención de sus padres.
—Yo…
—Vete.
Mi voz suena potente, aunque no grito. No estoy siendo capaz de seguirle a él la corriente. Antes de que me metiera en su auto inconsciente, fue capaz de decir palabras hirientes. ¿Dónde está ese hombre ahora?, ¿el que me hizo un reclamo, el que me llevó de regreso a ese pasado?
No quiero averiguarlo y no quiero que la historia se repita.
Ya me desarmó una vez. No puedo permitirle que lo haga dos veces. Porque ahora no tengo a dónde ir.
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Samuel Riley.
Ella me da la espalda y yo me recuerdo que no quiero estar aquí. Que no debería estar aquí.
Esos pensamientos que antes me aturdieron, me nublaron la razón, pero solo se calmaron cuando me di cuenta que ella vive sola. Que no tiene a nadie más aquí, por lo menos no ahora.
Aunque esas palabras que ella mismo dijo, sobre amar a la única persona que le queda en la vida, siguen dando vueltas en mi cabeza, me digo que tengo que retroceder. Zoe no es mi problema, tengo una vida propia en la que ella ya no cabe.
Desde aquel baile de graduación en el que todo cambió, no me sentía de esta forma. Cuando de ella se trata tengo sentimientos encontrados. Nunca entendí qué pasó por su cabeza, qué la alejó de esa chica inocente, pero segura, que yo conocía, de la que me había enamorado con el paso de los años. La decepción fue tanta en aquel entonces que me costó ocultarla.
Nunca nadie de nuestras familias supo lo que pasó entre ella y yo, solo vieron que las ventanas de mi habitación se cerraban y ese canal de comunicación que había sido solo nuestro, quedaba condenado al olvido para siempre. Las de ella, poco después, se volvieron oscuras también.
Mi Zoly quería hacerme pasar por idiota. Estaba aterrada con las consecuencias de sus actos y buscaba en mí una solución. Pero fue peor venir a mí, me sentí más estúpido que nunca. Ella me había visto la cara de imbécil por demasiado tiempo.
Siempre me había negado a ver en ella lo que amigos cercanos se cansaban de decirme. Solo me enfocaba en esa niña hermosa que había sido mi vecina, mi amiga y mi primer amor. Pero fue mi error, sí, no ver otras perspectivas, otros puntos de vista. Me costó hacerlo y al ver lo otro que había a su alrededor, entendí que siempre estuve equivocado.
Zoe Miller solo era una loba escondida bajo piel de oveja. Y ahora mirando a mi alrededor, no sé si creer que hasta su obsesión por la Navidad era un mero teatro.
La miro una última vez sintiendo todas esas emociones de hace diez años atrás. Su espalda está recta, está fingiendo que presta atención a algo más. Es obvio que quiere que me vaya, esa verdad pude verla ahora que al mirar en sus ojos soy capaz de entender más de lo que ella cree.
Quizás el quedarse sola la hizo recapacitar.
—Hasta luego, Zoe —digo, a modo de despedida. No espero que me devuelva una respuesta.
Cierro la puerta detrás de mí cuando salgo al porche. El frío cala mis huesos y no sé la verdadera razón, aunque trato de convencerme que es puramente culpa del clima.
Salgo de su casa y antes de ir donde mis padres, paso por mi auto para recoger mis cosas. No esperaba demorarme tanto y una sola ojeada al cielo y también a los pronósticos, me advierten de que esta noche sería mejor quedarme aquí. Eso no será una buena noticia para Sandra, ella no quería que saliera tan tarde por esto mismo, así que me tocará lidiar con su respectivo “te lo dije” cuando vuelva con ella.
De todas formas, todavía no es una decisión tomada y quizás pueda regresar al hotel un poco más tarde.
Cierro bien el auto y tomo el camino que lleva a la casa. Antes de que pueda llamar, la puerta se abre y aparece mi padre. La sonrisa es amplia en su boca y me hace feliz al instante, me calma regresar con ellos siempre, más ahora mismo que tanto lo necesito.
—Hasta que apareces, ¿qué hacías con Zoly? Vi por la ventana que ella llevaba el árbol que fue a comprarle a Sammy, imagino que la recogiste en el camino.
Por supuesto, mi padre tenía que ver eso y también preguntar. Hoy no es mi mejor día en cuanto a suerte. Lo menos que quería es que mis padres supieran de que ya sé sobre la presencia de Zoe en Lowell, mucho más porque no se atrevieron a decirme nada.
—¿Esa era la sorpresa? —respondo, un poco irritado, aunque saludo a mi padre como siempre.
Me quito el abrigo y me pregunto dónde está mi madre. La risa suave y ronca de papá me persigue mientras avanzo por el salón.
—Sabemos que llevan años sin verse, nos pareció que sería una buena sorpresa para ambos…
Sus palabras me hacen fruncir los labios. Es como si ella tampoco hubiera sabido sobre mí viniendo a Lowell, aunque es algo que siempre hago a pesar de que me fui a Boston desde que nos graduamos.
—Me imagino —el sarcasmo en mi tono es evidente.
Mi padre se coloca a mi lado y me parece que va a decir algo, pero escucho la voz de mi madre hablando con alguien más.
Se hace el silencio entre mi padre y yo. Mi madre sale de la cocina riendo de algo, con alguien.
Busco, pero no veo a nadie, hasta que mis ojos caen a una pequeña manita que se aferra a la de mi madre. Mi corazón se dispara, a pesar de que no entiendo el motivo.
—Oh, Sam. Ya estás aquí, me preguntaba cuándo llegarías, ya me estaba preocupando.
Escucho la voz de mi madre, pero no soy capaz de levantar la mirada para verla y decirle que no se ve muy preocupada. Solo no puedo apartar mis ojos de la niña que ahora asoma por detrás de sus piernas.
Una niña hermosa, aunque no tan pequeña. Debe estar en sus nueve o diez años.
No digo nada, pero es obvio qué fue lo que llamó mi atención.
—Samuel, ella es Sammy —dice mi padre por detrás de mí.
Sus palabras me sacan del trance y levanto la mirada para ver a mamá.
«¿Sammy?». Pregunto sin saber por qué eso me parece extraño.
Los ojos de mi mamá pasan de mi padre, a mí, para luego girarse en la dirección de la niña que aún lleva de la mano.
—Samira Miller es su nombre —dice ella con una sonrisa suave, pero velada, viendo a la pequeña y sin prestarme atención a mí—, es la hija de Zoe.
La respiración se me corta. Y vuelvo mi mirada a ella. A Samira. Sammy.
Sus ojos azules, grandes y brillantes, me devuelven la mirada y también, una media sonrisa.