Capítulo 6

2991 Words
Samuel Riley El silencio se hace a mi alrededor y cada segundo que pasa se siente como una cuenta regresiva. La pequeña que ahora se coloca a un lado de mi madre dejó de sonreírme y me mira con curiosidad. Puede ser que mi actitud la haya descolocado, aunque no comprende del todo el motivo por el que yo no soy capaz de decir una palabra. De qué forma poder articular, si mi cabeza se mueve demasiado rápido y toma rumbos que quisiera evitar. Esto tiene que estar mal. Esto tiene que ser solo una idea mía. Pero cuando al fin logro despegar mis ojos de la pequeña...Sammy, —como me decía Zoly durante toda nuestra infancia—, que miro a mi mamá, me doy cuenta que lo que yo veo es también visible para ella. Que no estoy loco. Por más que quisiera convencerme de que sí lo estoy. Un carraspeo se escucha a mis espaldas y sé que mi padre me pide que haga algo. El momento incómodo y sorprendente comienza a extenderse. Doy un paso adelante sintiendo que debo poner todo mi esfuerzo en ese simple gesto. No confío en mis piernas para mantenerse firmes. —Hola, pequeña —digo, mientras me agacho y me pongo a su altura. Quiero sonreír y creo que me sale una mueca. Ella da un paso más cerca de la pierna de mi madre, donde antes se ocultaba. —Yo soy Samuel. Pero puedes decirme...Sam —dudo al decir eso, ni siquiera sé por qué lo hago. Ella me mira, con curiosidad y con recelo. Escucha mis palabras y al saber mi nombre, su ceño se frunce. —Tu nombre se parece al mío —responde, después de unos segundos en silencio, solo mirándome. Su voz es suave, infantil, pero sorprendentemente segura. Yo le sonrío, porque es inevitable hacerlo. Es una niña, después de todo. Una niña que es la hija de Zoe. La Zoe con la que crecí, a quien amé por años y a quien reencontré hoy después de demasiado tiempo. —Sí, ¿no es esa una bonita casualidad? —pregunto en lugar de decir todas esas cosas. Ella no entendería la conexión que sentía con su madre. Lo increíble que era vivir mi vida sabiendo que Zoly me acompañaba sin dudar. Cada vez. Ella asiente con un poco de pena. Pero termina sonriendo también. Y que lo haga, mientras se separa de mi madre y da un paso en mi dirección, como si quisiera confiar en mí, me hace sentir muy bien. Me hace pensar que quiero ganarme toda la confianza de esta pequeñita. —¿Sabías que tu mamá me decía Sammy cuando éramos pequeños? Ella y yo éramos amigos. No sé por qué lo digo y siento el suspiro de mi padre detrás de mí, pero es algo que tenía que soltar. La niña abre mucho los ojos y niega, pero el brillo en ellos, la sorpresa y el orgullo, son visibles allí. —Mamá nunca habla de cuando era como yo. ¿Puedes contarme historias? Un dolor sordo acuchilla mi pecho de repente. Me cuesta mantener la sonrisa después de esa declaración y esa pregunta. —Todas las que quieras... —prometo, porque quiero verla sonreír. Aunque por dentro me estoy maldiciendo por aceptar algo que llevo años manteniendo escondido. El recuerdo de lo que Zoe significaba en mi vida no es uno al que vaya con frecuencia. —Bueno, vamos por galletas —interviene mi madre y rompe, de cierta forma, esta conexión inevitable entre Sammy y yo. Asiento y me levanto. Me incorporo en toda mi altura y ella sigue cada uno de mis movimientos con la mirada. Veo fascinación en sus ojos y una parte escondida dentro de mí se hace la pregunta. Esa pregunta. La que no quiero mencionar en voz alta, porque de solo ir allí siento que mi vida, mi mundo, mis recuerdos, se derrumban. Y no puedo hacer eso. Sammy se despide con una mano cuando va con mi madre a la cocina. Yo me quedo viendo a la puerta mucho tiempo después de que ellas desaparezcan. Hasta que siento la mano de mi padre sobre mi hombro. Él sabe lo que estoy pensando. Deben haberlo pensado desde que la vieron. No sé cómo sentirme al respecto. —Zoe se mudó hace unas semanas, nos costó mucho que se acercara a nosotros y que nos diera la confianza para acercarnos a Sammy. Ella no es la niña que vimos irse hace diez años. Sus ojos no se ven tan inocentes como entonces y la ingenuidad que la rodeada hace mucho ya no existe. Pero puedo imaginar que eso lo notaste tú mismo, eres más observador que yo. Me giro y miro a mi padre. Asiento, me cruzo de brazos y pienso en nuestro encuentro. No fue lo que yo hubiera esperado que fuera. Tampoco es que haya pensado en un reencuentro con Zoe. —¿Qué edad tiene? —pregunto al fin, sintiendo que mis dientes se aprietan, que mis manos se cierran en puños aún cuando sigo cruzado de brazos. La cabeza me da vueltas. Quisiera decir que lo tengo todo claro, pero no. Es todo lo contrario. Solo consigo recordar los momentos en que no quise escuchar todo. No me hacía falta hacerlo después de lo que vi. Mi padre duda. Cuando me doy cuenta de su silencio, levanto la mirada y sus ojos me esperan. —Tiene diez años. Escucharlo es como otra estocada a mis paredes firmemente levantadas. Una sacudida imparable a todo lo que creo. Todo lo que creí. Tiene diez años, se llama Sammy, sus ojos son azules. De ese tono que es más inusual de lo que se cree. Pero yo lo sé. Yo lo veo. —¿El padre? —Otra pregunta que debo hacer antes de que todo se desboque en mis pensamientos. Y el tiempo que demora mi padre en responder, se siente eterno. —Están solas. Cierro los ojos al escucharlo. Un terror comienza a abrirse paso en la boca de mi estómago, pero me digo que no debo ir a ese lugar tan rápido. Todavía hay esperanzas. Todavía puedo conseguir más información. —¿Ves lo mismo que yo? —pregunta mi padre y yo quisiera decirle que no es asunto suyo lo que yo vea o no. Pero es mi padre, no merece esa respuesta de mi parte y solo encontrará en mis palabras la que yo no quiero darle justo ahora. —Sam, ¿por qué se alejaron Zoe y tú? ¿Algo pasó que no sepamos? —insiste. Más preguntas que no puedo responder. Niego con la cabeza. —Fue raro verla llegar y no encontrar en ella el brillo que antes estaba ahí. Pero fue más raro verla sonreír solo por educación y no preguntar ni una vez por ti. ¿Tengo que ser más directo en lo que deseo saber? Me recorre un escalofrío. La actitud de Zoe en todo nuestro trayecto hasta aquí pasea por mi cabeza y va mucho con eso que mi padre cuenta. Prefiero concentrarme en eso y no en su última pregunta. Esa que no soy capaz de registrar siquiera porque me asusta demasiado la respuesta. —No. Es lo único que digo y me alejo. Me voy y dejo solo a mi padre, no puedo mirarlo a la cara ahora mismo. Siento que si lo hago, solo veré el juicio en su mirada. Me alejo y no tomo rumbo a la cocina. Subo las escaleras y me dirijo a mi habitación. A esa en la que no entro desde hace mucho. La puerta está cerrada, pero no con llave. Solo tengo que girar el pomo para que el chirrido de siempre se escuche. La habitación está a oscuras, presiono el interruptor que está a un lado de la puerta y al instante se llena de una suave iluminación. El tono es azulado y me hace sonreír. Ni siquiera recordaba que había cambiado esta luz desde la última vez que estuve aquí. Todo está en el mismo lugar y de cierta manera me impresiona. Desde que salí de Lowell y me fui a Boston, no había pensado en lo que regresar aquí haría conmigo y mis recuerdos. Ahora me doy cuenta que hubiera deseado que todo siguiera como estaba. Miro por la ventana, las cortinas oscuras están corridas y es visible la noche que espera fuera. A pesar de que en esta temporada del año, hace diez años atrás, la iluminación constante de las luces de Navidad era visible desde esta posición. En esa casa de al lado, a solo unos pocos metros de distancia. Una razón más para fruncir el ceño y preguntarme por qué Zoly ya no ama la Navidad. Por qué no decora la casa como lo hacía con su abuela. Suspiro y dejo de mirar por la ventana, me concentro en todo lo demás que hay aquí. La cama está impecable, los muebles en el mismo lugar. La vitrina con mis trofeos del instituto, fotos de mis momentos más memorables. Recuerdo muy bien cuáles cuadros se quedaron vacíos después de aquella noche. La razón de que yo me deshiciera de todo lo que me unía a ella. ¿Fue justo, acaso? Viendo lo que los años trajo, me da por creer que quizás debí actuar diferente. Pero hacerlo, sería aceptar una verdad que me niego a ver ahora mismo. Me miro al espejo cuando me atrevo a avanzar hasta la pequeña cómoda llena con las pertenencias de un adolescente. Miro mis ojos. Aún con la poca luz, con la poca realidad del color que me entrega el tono azul de la iluminación, sé muy bien de qué manera se ven mis ojos. Y eso me hace estremecer. Escucho la voz de mi madre llamándome y eso logra sacarme de mi estupor. Sacudo la cabeza y le digo que estoy aquí arriba. Pronto siento pasos y yo me alejo de la puerta para ir a sentarme en el borde de mi cama. En la mesita de noche hay una caja de madera que ahora se siente como si gritara mi nombre. Eso fue lo único que quedó. Y si lo dejé a la vista de mis padres, si dejé que no fuera un secreto que guardar, fue porque no quería preguntas. Cada uno por su lado parecía ser suficiente explicación. —Las galletas ya están frías. Esa voz. Otra vez. Dulce, aniñada. Giro mi cabeza para ver a la pequeña viéndome desde la puerta, no puedo explicar la manera en que mi corazón se dispara ante la presencia de una niña que es...una copia de mí. Trago en seco y le sonrío. Veo que lleva en sus manos una bolsa con galletas y no tengo dudas de que mi madre hizo esto. Ella también sabía que yo tendría preguntas que hacer. Pero, ¿qué puede decirme una niña? —¿Todo eso lo ganaste tú? Señala la vitrina y un sentimiento de orgullo me obstruye el pecho cuando asiento. ¿Quiero esto? ¿Mostrar mis logros de manera que los vea como una inspiración? Dios, Samuel, ve más lento. —Sí, son míos. ¿Quieres verlos? Ella duda. Me mira como si le intimidara mi presencia y a la vez, no pudiera resistir el interés. Me convenzo que es solo una inocente curiosidad. A fin de cuentas mis fotos llenan las paredes de esta casa y no dudo de que ella sepa quién soy yo y lo que me unía a su madre. Asiente. Yo le sonrío y extiendo una mano para se acerque. Sus pasos son cortos mientras avanza hasta la vitrina. Su pequeña manita se posa en el cristal, admirando primero las fotos. No puedo no mirar. Observo la manera en que su rostro se concentra. Su expresión, la manera en que su nariz se arruga un poco y mira todo con atención. Es como si viera una versión miniatura de Zoe, pero a la vez, no es de esa forma que ella se veía cuando éramos solo unos niños. —¿Hay fotos de mi mamá? Si eran amigos... —Su voz se apaga y yo me tenso—. Mary Jane es mi mejor amiga, ella se quedó en California y le manda fotos a mi mamá todos los días. Eso hacen los mejores amigos, ¿verdad? Su inocente pregunta y la increíble profundidad de pensamientos que hay detrás, me muestran a la pequeña inteligente que tengo al lado. Sonrío orgulloso y en parte, resignado. Supongo que esto lo provoqué yo cuando mencioné antes a Zoe. —¿Me das una galleta y te muestro? Su cabeza se gira con rapidez. Me observa como si valorara mi oferta. Luego mira su bolsa de galletas. Se encoge de hombros. Una manera muy reservada de aceptar mi propuesta. Abre la bolsa y saca una. Cuando voy a tomarla, la echa atrás. —¿Las fotos de mamá? Tengo que soltar una carcajada ante eso. Definitivamente aprendió muy bien de su madre. Esa era mi manera de molestar a Zoe cuando quería salirme con la mía. Ella no se resistía a las galletas de mi madre. Yo no me resistía a sentirla pegada a mi cuerpo tratando de alcanzar la galleta que le prometí y no le di. —Es justo —acepto y voy hasta la mesita de noche, donde está la caja. Me guardo los pensamientos que llegan con esta decisión. Todo sea por obtener una galleta y ganarme alguna conversación con la pequeña Sammy. Cuando abro la caja, es como si hubiera abierto años de recuerdos. La primera foto es, irónicamente, la última que nos tomamos. La del baile de graduación en el que todo cambió. Si está arriba de todo, es porque yo quería recordarme lo que allí pasó cuando decidiera abrir esta caja. Pero ahora me doy cuenta que no hay marcha atrás. Saco esa foto y me quedo viéndola por unos segundos. El vestido rosa de Zoe era hermoso. Y le quedaba aún mejor. Por primera vez en años de amistad no me había arrastrado hasta las tiendas de todo el condado para que la ayudara a elegir un vestido. Ella quería darme una sorpresa. —Esto fue el baile de graduación. Le entrego la foto a Sammy y ella la toma con reverencia. Su sonrisa se dibuja en cuanto ve a su madre, diez años más joven y sonriendo feliz. —Parece una princesa. Su afirmación me saca una sonrisa. —Eso mismo pensé yo cuando la vi. Me arrepiento en cuanto lo digo. Esto no es algo que una niña deba escuchar sobre su madre. No de un desconocido. —¿Tú eras su príncipe? —pregunta con su expresión ingenua, pero feliz. Algo me dice que esa emoción se multiplicará cuando le explique que sí, que me sentí como su príncipe en cuanto ella aceptó mi ramo y se lo puso en la muñeca. —Algo así. Es mi respuesta más evasiva. Ella no deja de mirar la foto. —Mamá me dijo que papá era un príncipe —dice de repente y yo me tenso—, que la había llevado de la mano una vez y habían bailado toda la noche, como Cenicienta. Levanta la cabeza y me mira con alegría —Cenicienta es mi princesa favorita. Asiento. Pero estoy temblando por dentro. —¿Y dónde está tu papá ahora? Ella se pone seria. Mira la foto. Me mira a mí. Cuando creo que no va a responder, se encoge de hombros. —Papá tuvo que ir a defender su castillo hace años, en un reino lejano, después de ese baile donde conoció a mamá. No tuvo tiempo de saber que debía volver. Todavía lo estamos esperando. Frunzo el ceño. Cierro mis manos en puños. Y por alguna razón, necesito saber más, preguntar un poco más. Sammy tiene diez años, quizás no ha perdido del todo la inocencia de la niñez, pero algo debe esperar. A mis diez años yo entendía más de lo que mis padres creían. —¿Crees eso en realidad? ¿Que regresará por ustedes? Hago la pregunta antes de arrepentirme. Ella vuelve a mirarme y sé que no. No lo cree. Pero elige no dañar a su mamá. Sus ojos se llenan de lágrimas que hacen mi alma sangrar, pero se recompone tan pronto que me sorprende aún más. No me da tiempo rectificar mi estupidez. Cualquiera que me viera ahora, pensaría que soy solo un adulto cruel que no sabe lidiar con una niña de diez años. —No. —Se encoge de hombros. Es algo que hace mucho—. Pero no me gusta cuando los ojos de mamá se ponen tristes. Ella todavía está esperando a papá, es su príncipe. No le puedo decir que yo ya no espero que venga. Sus palabras me dejan mudo. La respiración se me atasca en la garganta. —Toma tu galleta —dice y la pone justo en mi cara. Yo la acepto, pensando que querrá ver las demás fotos. Pero ella se levanta y se aleja. No me dice que quiere ver más. Luego vuelve sobre sus pasos y sin que yo sepa qué hace, abre la bolsa y me entrega cuatro galletas más. —Mamá dice que no debo decir mentiras. Las galletas no eran solo para mí. Hace su confesión y se aleja. Sale de la habitación y yo me quedo con la boca abierta. No sé qué pensar. Primero, todavía debo intentar entender lo que me dijo sobre su padre y la tristeza que no está dispuesta a ver en su madre si vuelve a preguntar. Segundo, que se salió con la suya. Ella hizo un trato con una galleta que me pertenecía. A pesar de todo, eso último me hace sonreír. Porque eso sería algo que yo, definitivamente, haría.
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