Zoe Miller
Respiro profundo y me digo que tengo que calmarme. Ya estoy aquí, ya esta rueda va cuesta abajo, yendo cada vez más cerca de la colisión ineludible.
Es inevitable un encuentro entre Sammy y Samuel. En mis más optimistas sueños él se había vuelto un desconsiderado que no visitaba a sus padres y eso ayudaría a que mi paz fuera duradera. Pero bien pronto descubrí que no. Él sigue siendo el hijo amoroso que visita a sus padres en las fiestas. A fin de cuentas, sus padres lo criaron muy bien.
Y ahora debo asumir todo lo que venga. Más pronto de lo que quería.
Miro el árbol que fue el culpable de este encuentro y suspiro. Lo llevo hasta el lugar de la casa donde lo pondré en estas fiestas y dejo a un lado los adornos que compré. Mañana podremos Sammy y yo decorarlo y esa puede ser nuestra nueva tradición de Navidad. Además del muérdago, no hay mucho que grite “¡Felices fiestas!” en esta casa. No como antes se mostraba. Alegre, festiva. Repleta de amor, de alegría, de celebración.
Lo dejo todo y voy a la cocina para calentar la cena. No tengo idea de qué hora es y lo más seguro es que Madeleine le haya dado de comer a Sammy, pero por si acaso debo prepararlo todo. En cuanto ponga un pie en esa casa para recoger a mi hija, saldré despavorida sin mirar atrás.
Un resquemor permanece en mi pecho a pesar de que los minutos pasan. Quiero convencerme de que Samuel no tiene nada que ver en esto, pero eso sería ser demasiado ingenua. Sé que es por él. Sé que son los recuerdos abrumándome.
Hay muchos. Demasiados que preferí ocultar en lo más profundo de mi cabeza. Buenos, hermosos. Otros horrendos, incomprensibles.
No quisiera tener que reencontrarme con uno de esos. De ningún tipo.
Cuando tengo todo listo en la cocina me preparo mentalmente para ir en busca de Sammy. Tengo que calmar mis nervios antes de salir de aquí, porque no hay manera de que yo haga un show delante de mi hija. No puedo exponerla a eso.
Ya suficiente humillación fue para mí escuchar de boca del hombre que amaba con toda mi alma que yo solo quería empujarle el hijo de alguien más, que era como todas las que alguna vez se habían acercado a él.
No sé realmente qué me dolió más. Si el rechazo o esa negativa suya a ver lo que habíamos sido él y yo desde que teníamos uso de razón. Porque no hay manera de fingir un carácter desde que se tienen seis años de vida. Eso Samuel debió saberlo, pero decidió que la opinión popular era más importante que años de amistad y un amor incondicional de mi parte.
Sacudo mi cabeza de pensamientos innecesarios. No quiero presentarme ante él y darle a entender que de alguna manera me importa o pienso en lo que un día fuimos. He tenido suficientes momentos para hacerlo parte de mi vida en estos diez años que han pasado. Ya no más.
Ni siquiera me quité el abrigo antes con tantas cosas dándome vueltas en la cabeza, así que ahora no necesito ninguna pausa para pensar en lo que voy a hacer y salgo de la casa con rumbo a la de los Riley sin pensar de más en todo lo que puede estar pasando o lo que puede ser.
Ya en la puerta, cuando pretendo levantar la mano para tocar el timbre, dudo. Me tomo unos segundos aunque tengo frío y no debería exponerme a estar aquí fuera por alguien a quien no le importé lo suficiente.
Suspiro y cuando voy a llamar al fin, la puerta se abre.
Espero ver a Michael con su sonrisa familiar, pero todo lo que encuentro es un rostro más joven, hermoso y que conozco bien, solo que este no me sonríe. Me mira como si quisiera hacerme mil preguntas y todas desagradables.
—Hola de nuevo, Samuel. ¿Puedes, por favor…?
No termino la pregunta, porque él da un paso adelante y en vez de dejarme entrar, cierra la puerta detrás de sí. Ahora los dos estamos a solas, pero sintiendo el frío de cojones que ya hace. Él vuelve a estar sin su abrigo y me digo que no tengo que preocuparme si termina con un jodido resfriado. No es mi problema si se expone demasiado al clima.
—¿Por qué no me dijiste que tenías una hija? —pregunta, directo al grano.
Mi respiración se corta por una fracción de segundo, pero repito sus palabras en mi cabeza y determino que él solo se refiere a mí, no está relacionando a Sammy con él.
—Porque no sabía que seguíamos siendo amigos y debía contarte todo lo que fui mi vida este tiempo —respondo, irónica—. Además, creo que eso sería algo que esperar.
«A fin de cuentas te dije que estaba embarazada», pienso, pero eso no se lo digo.
No hace falta recordarle algo que dé pie a una conversación que no quiero tener con él.
Señalo la puerta con mi mano.
—¿Me dejarás entrar para poder llevarme a Sammy? Los días entre semana no se queda despierta hasta tarde y ya casi pasa su hora.
Apelo a mis responsabilidades de madre para librarme de Samuel. Él sigue mirándome como si quisiera descubrir qué tiene en su propia cabeza.
Es entonces cuando comprendo lo que sucede. Aunque él no está aceptando ante mí que cree ahora en esa posibilidad, ya él fue capaz de verla. Fue visible y evidente que Samira, mi hija, es una copia de él mismo.
—¿Por qué? —pregunta, en lugar de dejarme pasar.
Yo frunzo el ceño, no sé a qué se refiere.
—Ciertamente, Samuel, antes podíamos saber lo que el otro pensaba con solo mirarnos a los ojos, ya eso no es así. No tengo idea de qué estás hablando y lo que sea que quieras saber, puede esperar. Me estoy congelando y es evidente que tú también.
Su expresión se suaviza por unos segundos y cuando creo que no cederá, da un paso atrás y vuelve a abrir la puerta. No se quita del todo del medio cuando hace un ademán para que yo pase. Lo hago, luego de rodar los ojos y maldecirlo por ser un idiota aún con todos los años que ya tiene en sus costillas.
Pero cuando aún estoy pasando por su lado, más pegados de lo que me gustaría estar, Samuel me toma de la mano y me detiene.
—Esta conversación no ha acabado, lo sabes, ¿verdad? —murmura pegándome a él, atrayéndome con la mano.
Me recorre un escalofrío al sentir su aliento en mi oreja, al rodearme con ese olor que sigue siendo tan exquisito y varonil, al acariciar levemente el dorso de mi mano con sus dedos.
Yo cierro los ojos un segundo, pero en cuanto puedo tomo una profunda respiración que me dé fuerzas. Me lleno con su olor, pero eso es algo que no puedo evitar en este momento y la respuesta tiene que llegar ya. Tiene que llegar ahora.
Lo miro y sus ojos azules, idénticos a esos que miro cada mañana, son un mar de emociones complejas y contradictorias. Él lo sabe.
—Esta conversación acabó hace diez años atrás, Sam. Lo recuerdas, ¿verdad?
Me suelto de mala gana y sigo adelante. Lo dejo atrás y me guío por las voces que vienen desde la cocina cuando avanzo por la casa sin pedir permiso.
Él se queda atrás. Se queda pensando, estoy segura, en ese momento en el que todo cambió. Cuando yo le dije que estaba embarazada y él decidió que no era suyo. Y cerró el tema, en sus palabras, para siempre.
No quiero escucharte decir esta mentira nunca más, Zoe. Es más, mujeres como tú, las prefiero lejos de mí.
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Samuel Riley
¿Es justo siquiera que yo quiera respuestas? No lo creo. Pero aun así voy a por ellas, porque eso es lo que hago, tomo lo que quiero, lo que necesito.
Sin embargo, sus palabras son lo suficientemente fuertes para hacerme detenerme. Para pausar cualquier intento que hubiera tenido de sacarle la verdad. La verdad que ya conozco, la que no necesito que me diga, porque la siento en mi sangre cada vez que miro a la pequeña Sammy.
Una niña de la que me perdí diez años.
—¡j***r! —Cierro la puerta de mal humor, gruñendo sin poder evitarlo.
En mi bolsillo mi teléfono suena, sé que es Sandra, pero no quiero saber nada de ella justo ahora. Está a salvo en el hotel, en esa vida que llevo lejos de aquí y que mañana esperaba juntar de una vez. Pero ahora, el pensar en presentarles a Sandra a mis padres, me parece irrelevante. No hay manera en que yo pueda lidiar con todo en un solo día.
Ya mi madre me confirmó que Zoe y Sammy pasarán aquí la cena de Navidad y que a la mañana siguiente esa pequeña rubia de ojos azul eléctrico tendrá un regalo debajo el del árbol también.
¿Cómo puedo traer a Sandra y hacer que comparta esta primera Navidad con…con mi…mi…?
Sacudo la cabeza antes de pensar siquiera en la palabra que duele más que nada de lo que antes he vivido.
El teléfono vuelve a sonar y me saca de mis pensamientos de mierda. Estoy irritado y así no debería responder, pero lo hago. Saco el celular de mi bolsillo y al ver el nombre de Sandra aprieto la mandíbula.
Acepto solo para poder decirle que hoy no podré ir con ella. Está nevando.
—Dime —respondo seco y serio, aunque ella no tiene culpa de nada. Esa es la realidad.
Aquí el único hijo de puta soy yo. Ese título lo tendré por el resto de mi vida y ahora sé que lo tuve también durante diez largos años.
—¿Sam? ¿Estás bien? ¿Ya saliste? Estoy preocupada porque según el chico del clima está nevando.
Aprieto mis ojos con mis dedos libres. Suelto un resoplido.
—¿Cómo crees que voy a salir así, Sandra? Sería una locura, un riesgo demasiado alto.
Se hace el silencio en la línea. Me maldigo por sonar tan duro. Ella no merece mi mal humor.
—No me llamaste para decirme que te quedabas en casa de tus padres, pensé que estabas de camino y estaba preocupada —responde con la voz entrecortada, aunque sorprendentemente firme.
«Maldición, ahora la haré llorar solo por ser un idiota».
—Cariño, discúlpame. Estoy un poco alterado, esto me tomó por sorpresa y la verdad es que quería pasar la noche contigo. Pero mañana a primera ahora voy a buscarte. ¿Ya llegaron los regalos?
—No, no han llegado. Me llegó notificación de una nevada que está pausando el envío. Supongo que no podré regalarles a tus padres lo que quería —responde y no menciona nada respecto a la disculpa.
Sandra es así, es sensible, pero a la vez es un hueso duro de roer. Si no me gano su perdón, me tendrá rogando por su cuerpo o sus besos hasta que se olvide que la hice sentir mal con mis estupideces.
—Te amo, cariño. Que descanses —susurro, de espaldas a la cocina, como si el mundo que me habla a través de la oreja no fuera el mismo en el que estoy justo ahora.
—Te amo, Samuel Riley. Espero que me despiertes con un buen desayuno.
Me saca una sonrisa y al fin algo en mi pecho cede. Sandra es lo que necesito para mantener la cordura en este momento. Quizás mañana no sea una mala idea estar todos juntos.
—El desayuno será mi boca entre tus piernas, cariño.
Su risa suave y pecaminosa se escucha del otro lado y luego silencio. La línea se corta y cuando volteo, guardando el celular de vuelta en mi bolsillo, la veo.
Zoe me mira con las mejillas encendidas y sin saber dónde meterse. Cuando veo sus ojos, hay tanto en ellos que no sé leer y me molesta, porque antes sabía todo de ella como para anticiparme a sus pensamientos. Pero ella tiene razón, ya ese pasado no está.
—Lo siento, no quise interrumpir —murmura las palabras atropelladamente—. Tu mamá me envió a por ti, no sabía que estabas ocupado.
Me mortifica que me haya escuchado hablando con Sandra, no era algo que ella debía saber antes de tiempo. Pero ya está.
Y como no puede ser de otra forma, tiro a matar en mis próximas palabras.
—Estaba hablando con mi prometida. Mañana pretendo presentársela a mis padres…
Su cara permanece inmóvil, solo un tic en su pómulo me muestra algo de emoción, hasta que una sonrisa que sé que no es sincera se forma en sus labios.
—Me alegra que seas feliz, Samuel —dice, pero suena fría, sin verdadera emoción.
Pretende dar media vuelta y salir del salón, con rumbo a donde los demás nos esperan. Y por algún motivo sigo buscando conversación, quiero ir más lejos.
—Nunca dije que lo fuera —replico y es suficiente para que ella se detenga.
Me mira con las cejas fruncidas. Una arruga adorable se forma en el centro de su frente. Se queda mirándome en silencio por lo que parece una eternidad.
Hasta que se encoge de hombros.
—Eso es una mierda, Samuel. El día que yo le dé el sí a un hombre, es porque mi felicidad será completa a su lado.
Lo suelta como si nada y se va. Me deja en el salón solo con mis pensamientos. Preguntándome por qué le insinué que no era feliz y también, intentando averiguar por qué imaginarla sonriendo con otro hombre me hace sentir calor en la garganta y me hace cerrar mis manos en puños.
—Concuerdo, Zoly —susurro, para mí solo—, es una mierda. Mucho más después de hoy. De ti.