Zoe Miller
Me alejo fingiendo que todo está bien, pero no, no lo está.
Hay tantas cosas que me dejan pensando, pero no es algo que debería siquiera interesarme, así que trato de olvidar todo eso que hablamos, lo que escuché, lo que confesó. No es mi problema si él es feliz o no, si tiene una hermosa prometida a la que le hace sexo oral y le dice te amo. No hay nada de Samuel Riley que deba interesarme.
Llego a la cocina y Madeleine me mira con expectación. Sammy ríe por algo que dijo Michael y yo siento que mi pecho se aprieta ante la imagen. Ante la verdad que tengo delante y que me negaba conocer.
Si a Samuel no le costó nada entender parte de lo que estaba sucediendo, es obvio que los Riley lo sienten, lo ven también. Nunca dudé de que el cariño de ellos hacia mi hija fuera real, pero ahora acepto que gran parte del amor y cariño que le brindan, es porque saben que es sangre de su sangre.
Y de repente yo quiero llorar. Hoy ha sido un día demasiado fuerte, cargado de emociones que llevaba años conteniendo o alejando del todo de mí.
Madeleine me observa con cautela ahora. Sé que me nota, que me ve. Siempre lo hizo.
Ella fue la primera en decirme que yo amaba a su hijo como algo más que un amigo. Ella fue la que me confirmó que él parecía sentir lo mismo por mí. Ella fue la que me acompañó a buscar el vestido del baile de graduación, uno que lograra dejar a Samuel con la boca abierta.
Y aunque nunca le confié que esa noche su hijo me hizo el amor bajo la luz de la luna, aceptando al fin que nos habíamos amado por demasiado tiempo, ella tiene que haberlo supuesto. Mucho más al saber a Sammy, que es idéntica a su hijo.
—¿Zoe, llamaste a Samuel? —pregunta y cuando voy a asentir, escucho la voz de él a mis espaldas.
—Sí, mamá, ya estoy aquí. ¿Para qué soy bueno?
Me quedo tiesa en el lugar. Él pasa por detrás de mí, más cerca de lo que debería con tanto espacio que hay entre la pared y yo. Su mano vuelve a rozarme ligeramente y yo respiro entre dientes en esa fracción de segundo.
«¿Cómo se atreve a tocarme, a hacer esto?».
Ya no somos niños, no somos esos dos amigos que se molestaban tanto y sin límites. Ya no somos ese par de adolescentes que quisieron amarse una noche, jurándose amor eterno, para que al siguiente día todo fuera diferente.
—Sammy me recuerda tanto a ti, hijo. Está compitiendo con tu padre para ver quién bebe más rápido el vaso de leche que se acompaña con las galletas.
Samuel suelta una carcajada y a mí me hormiguea el pecho. La risa de mi hija también se escucha, emocionada, feliz de tener una…una familia. La familia que le costó diez años encontrar y sentir en parte suya.
—Yo tengo el récord, señorita Sammy, así que, ¿por qué no compites conmigo?
Samuel se relaciona con mi hija y me entra de todo. Siento que mis piernas se aflojan, mucho más, cuando veo la familiaridad entre ellos dos. Samira no se aleja, como suele hacer con quienes considera desconocidos.
«Oh, Dios, esto es demasiado». Pienso y muerdo el interior de mi mejilla. Necesito controlarme.
Me obligo a sonreír, mientras los miro a ambos, padre e hija, competir en una ridícula competencia en la que yo también participaba cuando era una niña y buscaba cualquier motivo para pelearme con Samuel.
Cuando yo perdía, hacía berrinche y Samuel siempre terminaba abrazándome como si su pecho fuera mi lugar segura.
«En aquellos años lo era».
Enjugo una lágrima que se escapa de mi ojo sin que pueda contenerla. Lo hago rápido y casi no respiro, me aseguro que nadie me vio, pero esta vez son los ojos de Samuel los que se posan en mí. Por supuesto que tuvo que verme, lo que me hace sentir demasiado mortificada.
—No me dejes ganar —ordena Sammy y escucharla logra que yo sonría y también, que Samuel quite al fin sus ojos de mí.
—Oh, no lo haré. Soy demasiado competitivo, puedes preguntarle a tu mamá.
Dirige la conversación hacia mí y yo solo sonrío porque es Sammy la que está recepcionando todo esto. Me encojo de hombros.
—Siempre toma dos tragos largos antes de hacer una pausa y tomar el resto todo de una vez —digo, en vez de afirmar a lo que Samuel dijo.
Mi niña me sonríe pícara y mira a Samuel con ojos aún más competitivos que los suyos. Yo siento la mirada de él sobre mí, de momento no presta mucha atención a la competencia.
—Eso es trampa —se queja, para disimular sus miradas cuando yo le devuelvo la mía.
Enarco una ceja y lo señalo con ironía.
—Lo dice el adulto que va a competir con una niña y no da no ventaja.
Un resoplido sale de Sammy, pero oculto la risa que quiere escapar de mí.
—No necesito ventaja, mamá.
Su voz de fastidio es divertida. Todos nos volvemos a mirarlas, la sorpresa en todos, menos en mí.
—Lo sé, cariño.
Le guiño un ojo y hago una señal para que empiecen. Michael hace el conteo para comenzar.
Samuel va a empezar su último trago cuando Sammy deja el vaso sobre la mesa con una sonrisa sobrada y comienza a saltar y a chillar que es la ganadora. Todo pasa demasiado rápido y solo yo aplaudo como loca cuando veo a mi hija ganarle.
Por supuesto que lo hizo. Sammy es capaz de jugar a todo lo que Sam y yo hacíamos. Le mostré cada cosa que pude en nuestros años solas en otro estado. La competencia del vaso de leche es su preferida.
—¿Cómo hiciste eso? —pregunta impactado Samuel.
Mi niña se ríe y yo voy con ella. Le doy dos besos en la cabeza antes de mirar a su padre a los ojos.
—No preguntes cómo, solo recoge tu ego. —Lo suelto sin pensar en las consecuencias y antes de recibir respuesta, me giro para ver a Sammy—. ¿Por qué no vas a ver los regalos del árbol antes de irnos a casa? Ya se hace tarde.
Mi pequeña se pone un poco triste, pero el ofrecimiento de Madeleine para mostrarle todas las cajas que bajo el árbol llevan su nombre, la hace sonreír otra vez.
Yo la veo marchar dando saltitos tomada de la mano de su abuela paterna. La única que tiene.
«Triste pensamiento y mal momento», me reclamo.
—Zoe… —llama mi atención Samuel cuando pretendo seguirlas hasta el salón, para luego regresar a casa de una vez.
Ya pasamos aquí más tiempo del que debía.
Lo miro con la mayor indiferencia que puedo reunir. Espero solo unos segundos a que se digne a hablar.
—Zoe, necesito que hablemos, por favor —pide, es casi un ruego. Bajo y desarmado—. Necesito saber…
Lo miro pestañeando varias veces. Me gustaría saber si esto es real o solo es una broma de mal gusto de su parte. Pero ver el cambio repentino de sus facciones me demuestra que no es un chiste, él no está bromeando.
Tomo aire antes de decir cosas que no tendrán marcha atrás. Pero en realidad no lo tuvo desde que decidir regresar a Lowell.
—Samuel, yo no voy negarte nada. Solo voy a recordarte, una vez más, que no fui yo la que eligió por encima de nosotros. Nunca entendí la razón de tu rechazo. Nunca supe el momento exacto en que… —trago el nudo que se me forma de repente en la garganta—, en que te perdí. Que perdí a mi amigo, no al hombre que amé con tanta devoción.
—Zoly… —Su voz sale estrangulada. Su rostro se contrae como si lo hubiera golpeado.
«¿Eso que reconozco en él es culpa?».
—Lo hecho, hecho está, Samuel —declaro, sin que mi voz tiemble una vez—. Yo asumí las consecuencias de entregarme a ti una noche, asumí que mi amor por ti era tan grande como tan ciego. Solo había una explicación para tu rechazo y no la quise ver.
Cierro los ojos, no puedo mirarlo. Voy a abrir mi alma una sola vez, solo una más. Luego voy a retroceder para siempre. Ya viví este dolor por muchos años. Ya me cansé de tenerlo solo para mí. Si aún existe el Samuel que yo amé, ese al que los ojos le sonreían al verme, entonces confío en que no será en vano.
No estaba lista para esto, pero es necesario ser clara desde ahora. Ya nada va a cambiar.
Tomo una profunda inhalación y suelto todo.
—Me dolió perder a mi compañero, me dolió tener que irme de aquí y salir adelante sola, como si tuviera mil y una razones para desterrarme y odiarme a mí misma. Me sentí sucia cuando no lo fui. Me sentí una puta solo por confiar en ti, por darte lo que quería que te perteneciera —confieso y el pecho comienza a dolerme con cada una de mis palabras. Lava ardiente recorre mi cuerpo entero—. Me pregunté muchas veces si fue mi culpa que todo cambiara entre tú y yo, porque recuerdo claramente lo que te pedí…
Medio sonrío ante eso, pero no es un gesto divertido. Es sarcasmo dirigido a mí misma. Es la ironía de tener una intención y que suceda todo lo contrario.
—Pero a pesar de que mi vida se estaba haciendo trizas, acepté ante mí misma que lo que hice, lo hice por amor. Por amor a ti, a mi mejor amigo, a mi compañero de vida desde que tenía uso de razón. —Me ahogo con mis palabras, pero no me detengo—. Nunca supe lo que hice para que me odiaras, para que me alejaras de ti, para que me negaras lo único que no me había faltado desde que te conocí, tu compañía. No sé lo que pasó realmente, Samuel, pero después de diez años sé que no fue mi culpa.
El silencio se hace y no me atrevo a abrir los ojos. De repente siento sus dedos en mis mejillas, secando unas lágrimas que siquiera había notado que estaban saliendo de mí.
Quiero dar un paso atrás, pero no lo hago. Debo demostrarle que no me afecta, que el tiempo me curó las heridas. Aunque sea una vil mentira.
Aunque solo Samuel Riley haya tenido el derecho a tocar mi cuerpo. Aunque no he podido iniciar un romance, porque muy dentro de mí no quiero darle a Sammy un padre que no sea…el suyo.
¿Qué tan loca puedo estar para pensar así? Lo acepto, muy loca.
Pero eso es pasado. Él ahora está aquí y yo soy capaz de mirarlo a la cara. Le dije todo lo que necesitaba saber, lo que tenía atorado en la garganta desde que él no me dejó defenderme.
—Zoly, mírame, por favor…
Su voz es una suave petición susurrada. No quiero hacer caso a su orden baja y desganada, necesitada. Pero lo hago.
Sus ojos azules están brillantes, llorosos. Dolidos, arrepentidos.
«Pero es tarde. Muy tarde».
—Te amé toda mi vida, Zoly; desde que eras una cría con pecas y coletas supe que un día querría hacerte mi esposa. Hacerte el amor no fue un error, no fue un medio para un fin. Te hice mía esa noche porque ya no podía imaginar una vida en la que tú no existieras, en la que tú no fueras mi compañera —confiesa con tono ronco. Me mira a los ojos con decisión, a pesar de todas las emociones fuertes que hay ahí.
«¿Por qué dice esto? ¿Por qué mentir? Ya no es necesario, no somos dos niños jugando al amor».
Niego con la cabeza, pero él intenta detener hasta mis pensamientos.
—Escúchame, por favor…hay mucho en esta historia que no sabes —continúa y me obligo a mirarlo—. Ahora lo sé.
No hay mentira ahí, lo veo. Hay rabia, hay dolor, hay remordimientos.
—Samuel, debo irme —digo, porque no quiero saber más.
Me costó años entender que no debía culparme y ahora no puedo permitir que él venga a cambiarme la historia.
—Dame solo un minuto más, solo así podremos estar en paz el uno con el otro. Zoly, por favor.
Cierro los ojos otra vez, ¿qué cambió? ¿Por qué ahora es así? ¿Por qué quiere una oportunidad? Esa que él no me dio a mí.
—No cambiaría nada, Sam —susurro, negada a seguir escuchando.
Pero él no piensa igual, me toma del rostro con ambas manos y me levanta la cabeza para que lo mire. Mis manos suben para cubrir las suyas y tratar de quitarlas, pero no lo hago, solo las dejo allí, apoyadas sobre las suyas. El calor explota en mis mejillas, el cosquilleo en mi pecho ahoga los latidos erráticos de mi corazón. Y mi estómago da un vuelco que no sé a dónde me va a llevar,
—Tus palabras lo cambiaron todo, Zoly, déjame intentarlo.
Sus ojos están muy cerca de los míos. Veo en ellos esas motas negras y doradas que me dedicaba a mirar con fascinación cuando era solo una niña aprendiendo a amar.
—Las tuyas no lo harán, Sam, porque yo te ofrecí todo de mí y solo pedí a cambio una sola cosa…tu confianza. Y la rompiste a la primera oportunidad que tuviste.
—Hubo un motivo, Zoe…
—¿Samuel? ¿Zoe? —la voz de Madeleine se escucha y yo doy un paso atrás, lejos de Sam. Él me deja ir.
No lo miro otra vez mientras salgo de la cocina antes de que su madre entre y nos mire raro. Tampoco quiero que mi hija nos vea siendo demasiado cercanos. Ella es una niña demasiado inteligente. No tardará en sacar sus propias conclusiones.
Sé hace mucho que no cree en la mentira que hace años me inventé.
Y no quiero que piense, cuando tenga la certeza de que Samuel es su padre, que entre él y yo hay alguna posibilidad. Esta familia siempre será todo lo contrario a lo que quisiera prometerle.