Capítulo 9

1963 Words
Samuel Riley Zoe se va y me quedo en la cocina por tanto tiempo que creo que mi madre vendrá en mi busca. Quisiera decir que tengo el control de la situación, que nada de esto, sus palabras, la verdad en ellas y las intensas expresiones de su rostro, logran desestabilizarme, pero sí lo hacen. Lo hacen de formas que no soy capaz de evitar, aunque tampoco creo que quiera hacerlo. En mi pecho todo duele. Es esa misma palpitación que sentí hace tanto tiempo la que ahora se abre paso, se extiende, se expande…hasta que todo gira alrededor de esos momentos que no he querido recordar, pero que siguen ahí. Como algo bien aprendido e imposible de olvidar. Cuidar de Zoe era mi maldita misión todo el tiempo. No había forma en la que yo permitiera que alguien se acercara lo suficiente para verla angustiarse, para hacerle daño. Pero, ironías molestas, solo yo fui capaz de destruirla. No tenía idea, pero está claro que así fue. Y aunque todavía no profundizo en las culpas, que sé que lo haré, el entumecimiento de mis brazos me muestra los primeros indicios de un mal por venir. Escucho su voz en el salón. Se ríe de algo que le dice mi madre, pero incluso a la distancia reconozco que esa no es su risa. La jodida risa de ella era estridente, rica y vibrante. Esta es solo un sonido apagado y fingido. Ella quiere largarse de aquí y no la culpo. ¿Cómo hacerlo con toda la mierda que acaba de quedar entre ella y yo? ¿Cómo no querer alejar a su hija de…de mí? A pesar de las verdades, de las consecuencias, es Zoe quien tiene todos los derechos aquí y, ¡j***r!, no puedo culparla de querer correr en dirección contraria. Yo arruiné su vida y hasta hoy, diez putos años después, esa realidad cae sobre mí, mis hombros. La boca la tengo seca y no hay forma en que pueda decir una palabra, pero aun así me obligo a caminar. Tengo que ir con los demás, tengo que ver a Sammy y embeber de todo lo que ella es. Mi hija. Mi hija. La hija de Zoe, que es mía también. Me trago un sollozo, no sé si es llanto o rabia. No sé muchas cosas y solo quiero ir al pasado, para intentar entender qué mierda pasó. Cómo fue que yo caí en todo eso que ahora me parece tan obvio. En qué parte de mi irracionalidad me perdí, para que yo actuara como el mayor imbécil de todos. ¿Orgullo? ¿Miedo a lo que estaba sintiendo? ¿Egoísmo? Me negué a aceptar mi paternidad por, ¿qué?, ¿estupidez?, ¿arrogancia? De solo pensarlo me dan ganas de golpearme a mí mismo sin ningún tipo de contemplación. —Sam, ven acá —llama mi madre cuando me ve entrar al salon arrastrando los pies—. Cuéntale a Sammy sobre la casa del árbol que construyeron Zoe y tú cuando solo eran unos niños. Que me cayera un rayo encima hubiera sido menos impactante. Recordar la casa del árbol y el motivo por el que hoy ya no existe aquel que era nuestro lugar más privado, nuestro fuerte, me hace sentir aún peor. Hice tantas cosas mal y a medida que pasen las horas, seré aún más consciente de la mierda en la que estoy metido. Miro a Zoe, es inevitable. Ella tiene esa mirada perdida que tanto me gustaba observar a la distancia. Me ponía a prueba a mí mismo tratando de averiguar por mi cuenta qué le sucedía, antes de preguntarle y que ella me contara todo. Zoe no me ocultaba nada. Pero ahora, mirando hacia atrás y buscando motivos, me pregunto si no hubo cosas que jamás me mencionó. —¿Todavía existe? —pregunta Sammy con una sonrisa de mil voltios. Me mira a la expectativa, emocionada. Me cuesta negar, darle una respuesta. Oculto mis manos temblorosas y tensas a la vez en los bolsillos de mi pantalón, mientras llego a su lado y niego con la cabeza. Me detengo justo al lado de Zoe, su calor es palpable en este instante. O quizás sean ideas mías. Me concentro solo en Sammy para no hacer algo de lo que pueda arrepentirme luego. Zoe y yo tenemos mucho que aclarar, pero este no el momento, no es el día. No sé por dónde empezar, esa es la verdad. No estoy listo para juzgarme a mí mismo, tampoco. Y si me preguntaran qué mierda voy a hacer, me quedaría tan en blanco que sería vergonzoso. Porque una cosa es que mi mundo se haya sacudido de todas las maneras posibles y que yo pretenda hacer mi parte, pero Zoe no está lista tampoco para mi presión. No es justo. No merezco nada y eso es lo peor de todo. —Solo quedó la base, en la cima del árbol. El resto de la casa se destruyó con el tiempo —explico a Sammy, aunque la mentira suena a ceniza en mi boca. No fue el tiempo lo que destruyó nuestro fuerte. Fui yo. Los ojos de Sammy se ven tristes cuando escucha. No sé por qué hablan de la casa del árbol, pero cuando mi padre interviene me doy cuenta que no es un tema al azar. —Pero Sam de seguro está dispuesto a repararla, Sammy. Ya la construyó una vez sin mi completa ayuda…puede hacerlo una vez más. Pienso en mi cabezonería cuando tenía unos doce años y me sale una risita. Es la primera que me sale desde que todo se fue a la mierda esta noche. La mirada de Sammy se pone sobre mí y hay esperanza allí. Mira de mí a su madre con algo que reconozco como anhelo. —Podemos hacerlo, claro. Tú serás mi ayudante, así como lo fue tu mami. Solo debemos esperar a que haya un mejor clima. Si eres lo suficientemente valiente, te enseñaré también a lanzarte al lago desde el columpio de cuerda. No miro a Zoe cuando la menciono porque no quiero ver su expresión, suficiente tengo con sentir sus ojos en mi nuca. Sé que no se negará a que Sammy pase tiempo conmigo y menos, a que haga algo que ella misma hizo. Pero puede que esté, como yo, recordando todas las veces en que me hizo verla lanzarse al lago haciendo una voltereta perfecta, solo porque quería hacerlo mejor que yo. Quiero sonreír con eso también, pero no creo que sea merecedor siquiera del recuerdo. Sammy mira a su madre y los ojos iluminados con emoción me desbaratan. Son de un azul tan intenso como los míos y me tranca la respiración verla tan de cerca, detectar esos detalles que ahora son evidentes, porque no tengo dudas. Ella es mía. Es mi hija. Mía y de Zoe. ¿Qué tan extraño y loco puede ser eso? Aún no logro pensar en un minuto a futuro siquiera. —¿Me dejarás, mami? —La vocecita de Sammy es tierna y suplicante. —Samuel no vive en Lowell, Sammy, debes tener eso en cuenta. Pero si él tiene tiempo para visitar el lago contigo, no puedo negarme. Sus palabras parecen sencillas, normales, pero yo entiendo el trasfondo. Tengo una vida lejos de aquí. Todo lo que por años formé, mi crecimiento profesional, está en Boston. Y además, tengo una…una prometida de la que Zoe sabe. Y a quien mañana deberé presentar a mis padres, porque me caso en, ¿cuánto?, ¿tres meses? Creo que Sandra ya está en los preparativos y ahora que me doy cuenta, es una locura que ni siquiera lo tenga claro. —¿Podrás venir? —La pena en la voz de Sammy me agrieta el pecho. Yo me agacho para ponerme otra vez a su altura, tomo sus manitas y con una sonrisa que no necesito fingir, asiento. —Por supuesto que sí. En cuanto el clima mejore, comenzaremos a armar la casa del árbol. Rodeo su rostro con mis manos y dejo un beso en su cabecita. Cierro mis ojos la fracción de segundo que me toma hacer eso. Las lágrimas pican tras mis párpados. «Sí, Sam, ella es tu hija y tiene diez años», me digo con rencor, con decepción. ¿Cuántas cosas me perdí? ¿Cuántas podrán ser cubiertas de ahora en adelante? —Sammy, despídete de todos, debemos ir a dormir. La voz de Zoe llega a mis espaldas y aunque es suave, es clara la orden. No hay manera en que pueda demorar más esto. Pero me digo que mañana será un nuevo día. Mi niña hace un puchero que me da un poco de risa, pero hace caso. Se despide de mis padres y también de mí. No me toma desprevenido cuando me da un abrazo, aunque mi corazón sí comienza a palpitar demasiado fuerte. Zoe habla algo con mi madre sobre la cena de mañana y Sammy aprovecha para decirme algo al oído. —¿Tú eres el príncipe que mi mami extraña? Me quedo congelado con Sammy abrazada a mi cuerpo. La cabeza me da vueltas por más tiempo del que debería, si pretendiera dar una respuesta negativa. No quiero mentirle. Pero aceptarlo ahora puede desencadenar muchas cosas. Me inclino hacia atrás y miro a los ojos a esta pequeña inteligente y astuta. —¿Por qué lo dices? Sammy se encoge de hombros. —Porque yo nunca me olvidaré de mi mejor amiga y siempre hablo de ella… Lo deja así. Es su razonamiento el que debo entender. Yo era el mejor amigo de su mamá y, sin embargo, Zoe no le habló de mí. —Sammy, vamos —llama Zoe antes de que yo le dé una respuesta. Lo agradezco, en parte. Mi niña no quita los ojos de mí hasta que llega donde Zoe. Ella espera que le diga, pero no lo hago. Solo repito ese gesto suyo. Me encojo de hombros. Cuando ellas dos se van, me quedo parado en el medio del salón y sintiendo que mis padres me miran como si quisieran hacer muchas preguntas. Pero yo no quiero que me las hagan, no quiero pensar en esas respuestas. Doy media vuelta y subo al segundo piso. Ya en mi habitación, voy directo a la ventana. Miro hacia su casa sin poder contenerme. Lo hago por tanto tiempo, que la luz de la que solía ser su habitación también se enciende y un escalofrío de sorpresa me recorre todo el cuerpo. Dudo mucho que Zoe haya tomado su antigua habitación y pasó mucho tiempo para que ahora esté por dormir a Sammy. «Ella está ahí por otro motivo». Lo confirmo cuando su ventana queda al descubierto. Esa cortina que nunca estuvo en ese lugar, se abre. Y entonces nuestros ojos se cruzan a la distancia. No sé cuánto tiempo pasa, solo sé que es ella la que vuelve a cerrarlo todo. Yo todavía no puedo. Lo más complejo de obligarse a olvidar es que no se logra del todo. El odio, el rencor, la decepción, son sentimientos que pueden ayudar a seguir adelante, pero no son infalibles, son un mal intento de hacer borrón y cuenta nueva. Sobre todo si se trata de algo que te lleva tan profundo y de parte de alguien que era imprescindible en tu vida. Zoe Miller es todo lo que recuerdo cuando regreso…toda una vida atrás. Presente desde que tuve uso de razón, no sé en qué momento comencé a ver a mi mejor amiga como lo que realmente era, una mujer. Una hermosa mujer. Hacerlo, definitivamente, lo jodió todo. O quizás sí que recuerdo bien. El motivo, irónicamente, es eso por lo que odio la Navidad.
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