Capítulo 10

2830 Words
Samuel Riley La Navidad en que todo cambió… Miro por la ventana de mi habitación esperando que Zoly aparezca en la suya. Mis pies rebotan contra la alfombra y el colchón se hunde con mi peso mientras más incómodo me siento. «¿Es que no pretende volver?». No debí dejarla ir con ese imbécil de Kellan. El maldito solo quiere una cosa de Zoe y de pensarlo, la piel se me pone chinita y no es por una buena emoción. Definitivamente golpear a alguien no es algo bueno, pero me importa una mierda. Si él se atreve a poner sus manos sobre Zoe, mi Zoly, se ganaría un puñetazo de mi parte. Puede que dos. O tres. Busco mi teléfono y lo reviso por décima vez. Espero ver uno de esos mensajes de Zoly, en los que me manda muchas caritas raras y rezo para que sean de puro asco por la compañía del imbécil, pero no hay nada. Y ese silencio me pone de peor humor. Nunca pasa tanto tiempo sin que ella me mande algo. «Puede que sean cuatro golpes, entonces», determino, imaginando varios escenarios en los que puedo deshacerme del maldito de Kellan White. Antes de hoy, no era mi persona favorita, pero está claro que ahora la rivalidad será peor. Ser capitán de equipo es estar inevitablemente encima de la cadena alimenticia del instituto; yo tengo el futbol, él tiene el hockey. Se supone que no debemos interferir con el otro, cada uno tiene su fila de fanáticos y su lista de lamebotas. Pero el cabrón quiere robarme a mi Zoly. Y no hay manera en este mundo que yo lo permita. De repente, la cortina que cubre su habitación y que puso hasta hace poco, se abre. El hermoso rostro de mi mejor amiga aparece sonriente a través del ventanal que tantas veces he trepado hasta su recámara. El árbol que tiene a un costado, con sus ramas casi encima de la casa, lo permiten. Aunque no me costaría subir como mono araña por la pared si es por ella. Zoe Miller siempre ha sido mi jodido punto débil. Y desde que este verano le dio por aceptar citas de otros chicos, me he estado comiendo las putas uñas solo para contenerme y no encerrarla en la maldita casa del árbol que construí para ella hace unos años atrás. No sé qué mierda me pasa, pero esto tiene que parar. Nunca antes me sentí celoso de lo que otros podían ver en Zoe, pero mis ojos cada vez más se desvían en su dirección, es difícil contenerme cuando yo sé lo que hubo debajo de sus ropas desde que éramos niños. Ahora ella es una mujer. —Ya estoy aquí —dice en lenguaje de señas. Es nuestra manera de comunicarnos sin tener que gritar a la distancia. Hubo un tiempo en el que nos escribíamos carteles, pero eso es demasiado lento y muy expuesto. Para portarnos mal no necesitamos dejar pistas. —No estoy ciego —elijo decirle, antes de que le diga realmente lo que quiero. Aunque pensándolo bien, ¿qué se supone que yo le diría? ¿Aceptar que estoy celoso porque salió con ese patán? —No seas un animal —reclama, haciendo una mueca en mi dirección. Sus dedos se mueven con la facilidad de los gestos. —Me abandonaste —continúo, queriendo egoístamente que se sienta culpable por dejarme solo y aceptar salir con otros. Le hago un puchero, pero Zoe solamente rueda sus ojos. Me hace un gesto con su mano que entiendo como, vete a la mierda, y luego me mira con un brillo extraño en sus ojos que no alcanzo a entender del todo. —Tú eres feliz, pensé que tenía derecho a serlo también. Y cierra la cortina de un tirón. Me deja ahí parado como idiota pensando en qué fue lo que hice para ganarme su molestia. No creo que sea Kellan quien la haga feliz y que eso le lleve a alejarse de mí. No, aquí hay algo más. Y parece que no recuerda que yo solo soy feliz porque la tengo a ella conmigo, mi mejor amiga y la única que permanece siempre a mi lado. Zoly es mi verdadera felicidad y lo sabe, porque nunca dudo en decírselo. Aunque a veces no entienda del todo el sentimiento con que me atrevo a confesarse semejante verdad. Miro mi reloj y son casi las siete. Tiffany me está esperando esta noche, según quiere que yo conozca oficialmente a sus padres. Eso es una estupidez, sin embargo, aquí todos nos conocemos y no me parece que yo deba ir a su casa como si pretendiera pedir su mano en matrimonio. Eso no pasará. No somos nada, por más que ella crea lo contrario. Además, mi Navidad es de una sola persona. No estoy disponible para nadie más en este día y si soy sincero, en cualquier otro también. Ella solo tendría que decirme que me quede y no dudaría. Pero Zoe Miller se está volviendo más reservada, y eso me golpea demasiado fuerte. Salgo de mi habitación y bajo las escaleras. En cuanto pongo un pie en el primer piso, escucho la voz de la abuela de Zoe. Me escabullo de la casa antes de que me vean, porque si mi amiga está sola en su casa tengo que aprovechar. No es que no pueda entrar de otra manera, pero viendo la forma en que cerró las cortinas, no dudo que haya puesto el seguro en la ventana. Y no puedo dejar que mi Zoly esté molesta conmigo. ¿Cómo sobrevive mi nulo amor por la Navidad si no la tengo a ella conmigo? No voy directo al porche delantero porque no tiene sentido. En cuanto Zoe vea mi cara a través de la mirilla, me mandará a la mierda. Por eso voy directo a la entrada trasera, a esa que siempre está abierta porque nuestras familias saben que no podemos vivir el uno sin el otro. La puerta mosquitera, también adornada con luces, rechina un poco cuando la empujo. Levanto la mirada y, por supuesto, ahí está ella. Bebe de su vaso de leche mientras come una galleta y ya me está viendo con sus profundos ojos evaluadores. Su ceño está fruncido y me atrevería a decir que sus labios también. —¿Cuándo vas a comenzar a darme un poco de privacidad? Tengo derecho a estar molesta contigo. Las palabras de Zoe las siento como un reclamo, pero también me duelen. No hay manera en que yo pueda mantenerme alejado de ella, mucho menos si sé que está molesta conmigo. Yo soy un imbécil, a veces hay que serlo para poder sobrevivir en el oeste que es el instituto, pero Zoe es mi cable a tierra. Ella es eso en lo que yo pienso cuando necesito calmarme. Y jamás le haría a ella algo que la dañara. —No hay privacidad entre tú y yo. Así quedó claro en aquellas reglas que tú misma te inventaste cuando acabamos la casa del árbol —le recuerdo y ella resopla, rodando los ojos—. Y sí, tienes derecho a estar molesta conmigo, pero no a ignorarme. Prefiero que me grites, me golpees o me lances al lago, pero no que me dejes de hablar. —Eso no... —Esa también fue una regla, Zoly —la interrumpo, me cruzo de brazos y la miro con una ceja enarcada. La media sonrisa en mis labios provoca la suya—, pero es de las mías. Se toma lo que queda de la leche con un gesto molesto y pretende irse cuando deja el vaso vacío sobre la encimera. Antes de que pretenda llegar más lejos, la alcanzo. Pero la detengo casi en la puerta que da al salón. —Suéltame, Samuel —exclama, sacudiéndose de mi agarre. No es fuerte, porque no quiero hacerle daño, pero tampoco voy a dejarla ir. —No te voy a soltar hasta que me digas qué es lo que te pasa, Zoe. ¿Qué fue eso de hace un rato? Ella achica sus ojos, me mira con irritación. —¿No sabes o te haces? A veces creo que estás tan ocupado viendo tetas y culos a tu alrededor, sobre ti, de espaldas a ti, contra ti… —la mueca de asco que hace, me da ganas de reír—, que no te das cuenta que no todo gira a tu alrededor. ¿Crees que no sé que no te gustó que yo saliera con Kellan? Mi boca se vuelve una fina línea. Ella lo sabe, claro, no fui muy disimulado en ese sentido. —Y todavía ahora no entiendes nada, solo ves la amenaza de que alguien pueda alejarme de ti, como llevan haciendo contigo desde que comenzamos el puto instituto. Me siento como si me hubiera golpeado en la cara. El shock debe ser evidente, porque ella sonríe, es ese gesto resignado que hace cuando sabe que yo entendí su punto, pero que hasta ese momento no me había quedado claro. —No me malentiendas, Sam, yo soy feliz sabiendo que tú eres el chico popular, el capitán del equipo de fútbol, el novio de la capitana de las porristas, el presidente del consejo estudiantil… —menciona cada cosa contando con sus dedos. Yo no puedo decir nada, no puedo hablar—, pero yo soy…solo tu amiga. No me dejo arrastrar por ti a tu grupo de amigos, porque no encajo con ellos. —Siempre he intentado tenerte conmigo y te niegas —le recuerdo, puede que sintiendo algo de resentimiento. Zoe no puede decirme que yo no lo he intentado. Su rostro se ve tranquilo, asiente. —Sí, pero ese no es mi lugar —asegura y veo que tiene motivos que quizás me ha ocultado. Pretendo preguntarle, pero no me deja—: Y antes de que digas que estás ahí y eso es suficiente, no, no lo es. Tus amigos tienen sus motivos para estar contigo y si me soportan a mí, es solo por ti. No quiero rodearme de falsedad y no necesito a nadie más. De repente siento que mis manos pican con las ganas de rodearle el rostro. Y lo hago. No sé si son sus labios carnosos o la manera en que los muerde luego de decir eso. O quizás sus ojos, de ese color miel brillante, ahora medio apagados. —Tú eres lo único real que necesito en mi vida, Zoly. Los que me rodean, me respetan. Y saben lo que significas para mí. Ella se encoge de hombros. Es un gesto que hace mucho y que siempre me divierte y me irrita a partes iguales. —Como quiera que sea, Sam, tú sigues avanzando y yo decidí quedarme atrás. Me enorgullece que no nos hayamos perdido el uno al otro en estos años, pero yo te ofrezco momentos de intimidad, de privacidad que sé…que puedo interrumpir si así lo quisiera. Pero tú tienes una novia, tienes más amigos…no eres mío para siempre. Frunzo el ceño ante eso. Quiero replicarle y decirle que sí lo soy. —Yo quiero eso también, ¿sabes? La privacidad, el poder salir con un chico que me gusta sin que estés mencionando sus defectos cada cinco segundos. Quiero que dejen de verme como la amiga callada del chico popular y que no teman tu furia por querer acercarse a mí. Somos amigos, como hermanos… Abro la boca para desmentir eso último. No somos hermanos, definitivamente no puedo ver a Zoe como la veo si así fuera. —Yo quiero mi primer beso, Sam. Quiero sentir que alguien tiene ganas de enamorarme, de pedirme que sea su novia, que intente seducirme para llevarme a una cama y que yo tenga la voz en ello. Quiero vivir como un adolescente normal antes de ir a la universidad y, definitivamente, no quiero llegar virgen al matrimonio. Creo que no pestañeo, tampoco respiro. Las manos que aún siguen en el rostro de Zoly, tiemblan. Los músculos se tensan, se contraen y se expanden por todo mi cuerpo. Siento sus palabras como cuchilladas en mi cuerpo. La energía que crepita en mis manos me hace sentir que no puedo permitir que eso pase. ¿Por qué Zoly querría todo eso de…alguien más? De solo imaginar a un tonto como Kellan haciendo todo eso, me siento jodido. Celos, furia, temor… Cierro los ojos y cuento hasta diez. La respiración de Zoe está agitada, puedo escucharla. La mía es solo un sonido sordo entre los dos. Recuerdo todo lo que hemos vivido juntos. Y esas veces en las que he estado a punto de besarla solo porque hace mucho tiempo que no puedo dejar de sentir que es eso lo que quiero. Pero siempre hay algo que me detiene y es, precisamente, el perder nuestra amistad. Si yo pierdo a Zoe, estoy perdido. Y por eso prefiero esconder mi deseo por ella, esos sentimientos que enmascaro de otras formas. Pero esto es demasiado. Saber que quiere un beso, que quiere sentirse amada de otra forma, me hace sentir a mí como un idiota. No hay nadie que pueda cortejarla mejor que yo, que conozco todo de ella. No hay nadie que vaya a disfrutar de sus besos como yo lo haría, porque llevo más tiempo del que puedo aceptar soñando con todas las maneras en que pondría su cabeza para profundizar en el beso perfecto. —¿Es eso lo que quieres, Zoly? —pregunto, bajo y ronco. Abro los ojos con lentitud y veo sus pupilas dilatadas. Ella también se dio cuenta de todo lo que está pasando junto ahora. Me conoce. Ella sabe. Zoly sabe. —¿Qué? —Su voz es solo un susurro. —Un beso —devuelvo, es lo más fácil de todo lo que dijo. Ella duda, pero asiente. —¿Y estás segura que quieres que sea la boca sucia de Kellan la que esté sobre la tuya por primera vez? De solo decirlo siento que mi sangre quema en mis venas. Aprieto los dientes, a la espera de su respuesta. Si ella me dice que sí, yo daré un paso atrás. —¿No debería? Me hace reír. Eso no es un no, pero tampoco es un sí. Y me dice todo lo que necesito. —No es a él a quien quieres besándote, ¿verdad? A quien imaginas haciendo todo eso que acabas de decirme. Sus ojos se estrechan en mi dirección cuando le pregunto. Ella sabe, entiende a la perfección. —Lo que quiero no siempre es lo que obtengo, Sam. Lo sabes… «Claro que lo recuerdo, no hay dudas de eso». Pero hace unos meses atrás ella estaba borracha y yo muy excitado pensando en su boca rosa. No había manera en la que yo aceptara dar un paso que lo cambiaría todo. Ella dijo algunas palabras que me han perseguido hasta hoy, pero nunca lo hablamos. Ahora entiendo que estaba bien consciente de lo que dijo. Y que me castren si no estoy repentinamente feliz por eso. —A veces hay que esperar el momento correcto —susurro, pegando mi rostro al suyo y sintiendo la manera en que ella retiene el aliento. La empujo un poco, hasta que estamos bajo el marco de la puerta que da al salón. La pego contra la madera, todo mi cuerpo contra el suyo, vibrando y sacudiéndose de puras ganas. —Hoy estás clara, yo también. Aceptaste muchas cosas interesantes ante mí, que hasta hoy eran solo un recuerdo de algo que dijiste bajo los efectos del alcohol. —Los borrachos son como los niños, jodidamente sinceros. Sonrío, se lo doy. Tiene toda la razón, pero cuando se trata de Zoe no puede haber dudas. Un paso en falso lo cambiaría todo. —Es verdad, mi Zoly —tomo un mechón de su cabello y lo coloco detrás de su oreja. Tiembla bajo mi toque—. Pero ahora no estamos ni siquiera bebidos y hay muchas verdades que necesitan ser dichas. ¿Quieres saber la primera? Sus ojos me miran fijamente, sus labios están entreabiertos. Asiente con un movimiento mecánico de su cabeza. Sonrío y acerco más mi boca a la suya. Nuestros alientos se combinan. Ella huele a todo lo que amo. Ella es lo único que amo. —Quiero ser yo quien tenga el honor de besarte por primera vez. Contiene el aliento otra vez. Al igual que yo. No hay respuestas, pero tampoco me mira horrorizada. Eso puede significar buenas noticias. Por eso no dudo. Bajo mi boca hasta que sus labios se abren para mí. Y cuando beso con ansias y lentitud a la mujer que más amo en el mundo, solo puedo pensar en que encima de nosotros hay un muérdago. Y si la tradición es real, Zoe encontrará el amor que tanto anda buscando. Yo prometo ser eso para ella.
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