LXV La jovencita que aún tenía marcas en su rostro, comía gelatina muy despacio, pues solo tenía su lengua para retenerla. Para su desgracia había perdido la gran mayoría de sus dientes y usaba un retenedor externo para acomodar su quijada, que se quitaba solo para poder comer algo, todo muy blando. Nada más se podía hacer hasta que diera a luz. Un chico en muletas, uno que decía que era su prometido, la visitaba siempre que se lo permitían y se quedaba a su lado, contándole quien era ella y lo sucedido. Ella era Victoria, su abuela había muerto de vejez y se conocieron en un viaje que él hizo con su madre al pequeño poblado en el que la jovencita vivía. Le decía que él había perdido a su madre, en un accidente en su hogar y por eso para sanar tantas heridas, tomaron la determinación de i

