LXIV Ella estaba armada apenas de su valor, renacido en los brazos de ese hombre que ahora amaba, sin explicarse muy bien el por qué. Tenía en sus manos el móvil que él le había dado, lo guardó bajo su almohada, una que había estado en solitario por mucho tiempo. Caminó hasta el estudio, ahí estaba su marido pegado a su laptop, ignorando al resto del mundo. Lamentaría mucho solo el hecho que él amaba a la pequeña Julieta con todo su corazón. —Carl… —dijo tímidamente, haciendo que él desprendiera su mirada de la pantalla. El incidente con las fotografías había quedado aclarado, todos parecía bien con la respuesta que Victoria había dado. El parecido con Hanna lo justificaba. —¿Dime? —la voz sonó despreocupada. Sin embargo, en el momento que vio la cara de angustia de su esposa, se levan

