LXXIII La noche brillaba en lo alto, con sus mil luces parpadeantes que iluminaban la ventana de los amantes, mientras la serenata la ofrecía el sonido del mar, con tantas notas intermitentes, de vez en cuando con voces distantes, con súplicas, con sueños. La joven dama, la de ahora cabellos tan negros, bailaba y cantaba sobre el cuerpo de su amado, mientras veía por la ventana el espectáculo de belleza y oscuridad que se ofrecía tras esta. Estaba abrazada a la cabeza de este hombre que también se encontraba perdido en la belleza de sus protuberancias, las que algún día, según él, alimentarían a sus hijos. Victoria echaba su cabeza hacia atrás, enloquecida de placer, sintiendo que su interior ya no podía más, pero qué, aun así, deseaba seguir siendo embestida con esa fuerza brutal que Jul

