LXXII Escondido en la parte más alejada del jardín, con las piernitas recogidas y su pequeña cabecita de rizos dorados oculta en estas, sintió como era jalado por el cuello de su saco con feroz insistencia. Estaba aterrado, bañado en llanto, nadie quería jugar con él, nadie quería hablarle a pesar de ser su cumpleaños. Una chiquilla se había dado cuenta y lo siguió hasta donde se había refugiado para estar a su lado en invitarlo a jugar. No obstante, el pequeñito no deseaba salir de ahí, claro que no se esperaba la persistencia de ella que a rastras lo sacó de ese rincón donde ya se había llenado de tierra. El niño la vio y se quedó paralizado, de seguro lo iba a golpear. Apenas cumplía ese día 4 años, pero aquello era todo menos la fiesta de su cumpleaños. —Conmigo tampoco quieren jugar

