XXII Todo entonces llegaba a su final, lo pactado en el documento se había cumplido. Un fin de semana entero en que ellos tendrían sexo, y luego, el adiós. Jasper e Irina, dos seres que se amaban hasta el infinito, estaban uno al lado del otro en el asiento trasero de un finísimo auto, silenciosos, sin saber qué decir, como si horas antes sus pieles no hubieran sido expuestas a las mórbidas caricias del otro. Aún quedaba la promesa de ir por un café, pero el hombre pensaba que tal vez solo había sido un arrebato de Irina para intentar consolarlo, luego de escuchar su verdadera y triste historia. El vidrio que los separaba del conductor estaba arriba, el amable anciano no escucharía nada, si acaso decidían ponerse cariñosos. No obstante, ese no parecía ser el proceder de la pareja. Cada u

