XII Empezaba a amanecer y, mientras recuperaba el aliento reposando su cabeza sobre el amplio pecho de su amante, señaló la ventana, sonriendo, sintiendo los dedos de su hombre acariciarle los cabellos, hacienda ondas con sus yemas. Escuchaba el eco de su corazón, uno que siempre había estado ahí para ella. —¿Lo ves, Jasper? —dijo señalándole el alba—, así debió ser siempre. Castle levantó por fin su rostro y vio el amanecer que debió compartir con Irina siempre. Lamentó que sus historias no fueran de cuentos de hadas y en cambio se hubiese convertido en narraciones de horror. Se amaron como muy pocas personas lo hacen, pero su marcado destino lo único que hizo fue separarlos. El amanecer del sábado era precioso, pero no traía más que recuerdos tristes. La dama levantó su mano y la ll

