XLVIII Sus bellos pies casi no hacían ruido al caminar sobre la fina alfombra de ese piso muy alto, que la alejaba de la realidad y la acercaba a ese que le sonreía y le extendía una mano. Ella ya no tenía miedo y llegó frente a él, para tomarlo y no soltarlo nunca. Julian parecía que estaba soñando, mientras le acariciaba la mejilla y le rozaba los labios tan suaves, esta vez cubiertos de un sutil tono rosa. Ella era luz, un faro que por fin le estaba indicando el camino para salir de la penumbra. Ella quería más. Sus dedos empezó a deslizarlos por el pecho amplio de ese hombre que debía ejercitarse de alguna manera, no podía ser todo aquello tan al natural, sus brazos, su abdomen, sus hombros. Él se desabrochó los botones y se quitó la camisa, dejándola caer al piso; si Victoria quería

