XLVII —Deseo verte, señora —hablaba desesperado el lobo, intentando seducir con su voz a la mujer que por fin había logrado ocupar sus pensamientos al 100%, y que estaba viva. —Por favor, Julian, no puedo solo decir que me voy, yo si debo dar muchas explicaciones —respondió Victoria casi refugiada en una esquina de su local, esperando no ser escuchada—. Yo solo soy un poco más autónoma en mis horarios laborales que son los mismos tuyos. —Perfecto, mañana entonces. Yo te recogeré en tu joyería. Gracias. Julian colgó la llamada lo más rápido que pudo, para así no darle tiempo a la dama de negarse. Victoria lo maldijo un poco, pues había entendido a la perfección aquella intensión. Se sentó en el escritorio de su oficina llena de hojas con diseños de dijes en los que estaba trabajando, pe

