Las maldiciones vienen en frascos pequeños

3722 Words
— ¿Acaso no logras entender que solo deberíamos ser nosotros dos? —repito, con la paciencia desbordándose del vaso. — ¿Qué tan egoísta tienes que ser? Es mi hermano del que hablamos, ni siquiera maneja tan bien el idioma. ¿Acaso estás celoso, Andy? Reprimo una carcajada sarcástica mientras cierro mi portátil con mi tarea a medio hacer y carraspeo, apoyando mis brazos en el escritorio. — Nada de celos, ¡simplemente no quiero al estorbo de tu hermano entre nosotros veinticuatro siete! — ¡No hables así de mi hermano, Andrew! ¿Tanto te cuesta dejar que venga con nosotros? Suelto un gruñido y despeino mi cabello con frustración. — De acuerdo —me rindo, sabiendo que no íbamos a llegar a ningún lado—, deja que venga, pero evita que se entrometa entre nosotros; me pone de los nervios. Suelta una exclamación victoriosa y sonrío instintivamente. — ¡Iré a arreglarme, estaba deseando ver esa nueva película! Cuelga la llamada y suelto un largo suspiro, tomando a mi gato en el regazo. Estos días habían sido un martirio, tantas cosas estaban en mi mente que incluso aquel suceso ocurrido en la puerta de mi apartamento figuraba como uno irrelevante ante el estrés de las clases que llevaba encima. Hace unos días, me había tomado el tiempo para visitar a mi doctor, como hacía regularmente; pero este se había limitado a cambiar mi medicamento y darme pequeñas charlas sobre cómo masajear mis hombros. Vaya desperdicio de dinero. *** Apoyado en uno de los pilares del cinema, espero pacientemente a Amber y su pequeño hermano siamés hasta que la veo llegar vistiendo tan hermosa como siempre, con una blusa color salmón y una corta falda negra. Últimamente le había dado muchas vueltas a lo que dijo Ian, había empezado a ser consiente de que una chica como ella no encaja con alguien como yo. Mientras pensaba en ello, ruedo los ojos al ver tras mi novia a dicho estorbo. ¿De qué le sirve vestir tan bien si es tan molesto? ¿Para qué la vida le dió tal rostro si ni siquiera presta atención a las chicas a su alrededor? Un desperdicio, Andy, es la definición perfecta de des-per-di-cio. — ¡Amor! —suelta una sonriente Amber, corriendo con los brazos abiertos en mi dirección— ¡Amor, estoy tan feliz! La abrazo de la cintura y correpondo a su beso olvidándome por completo de mis problemas hasta que la mano del desagrado me saluda en forma de un carraspeo que corta nuestro feliz encuentro. — Ví un motel a un par de cuadras ¿Quieren que les pida un cuarto? Ruedo los ojos y Amber lo empuja juguetonamente, iniciando su camino hasta la taquilla. Aprovecho la distancia para ver de soslayo a aquel tipo. — Hablas demasiado para no manejar tan bien el idioma —suelto entre dientes. — Es una de las maravillas que puedo hacer con la boca —susurra, inclinándose un poco a mi oreja—. ¿Te enseño otra? Me cubro rápidamente la oreja con la palma y le lanzó una mirada llena de ira. Mi paciencia tiene un límite, y él lo está tocando. Murmurando maldiciones por lo bajo me acerco a la butaca y pido dos entradas para la película que Amber había elegido; sin embargo, la mirada de dicha pelirroja me detiene. — ¿Por qué has pedido solo dos? —inquiere, con el ceño fruncido— Ian viene con nosotros, no seas tacaño, Andy. La sonrisa satisfecha de aquel chico me hizo crujir los nudillos, hasta que recordé cierto detalle y se la devolví, palmeando amigablemente su hombro. — Por supuesto que sí, mi cuñado merece lo mejor. Es más, ¿por qué no vas a pedir algo a la dulceria, corazón? Yo invito. Saco la tarjeta negra de mi cartera y se la paso a la cajera, quien sin más demora cobra la tarifa y me entrega los boletos. Seguido, y sin siquiera darle importancia a la creciente sonrisa de Ian, acompaño a Amber a la dulceria y pago nuevamente con mi tarjeta. — Eres un amor —suelta con la ternura de una niña mi novia, tomando mi mano para llevarme hasta nuestros asientos, los últimos de la sala, justo en una esquina (para nada intencional, por supuesto) — Tu asiento está en la otra fila —indico a Ian. — Yo creo que me sentaré a tu lado —responde, sin borrar la sonrisa. — ¿Por qué lo pediste lejos? —reprocha Amber, viéndome molesta— Quédate acá, de todas formas la función no se veía muy demandada. Ruedo los ojos, pero en algo tenía razón: ¿Qué idiota pagaría para ver esta porquería de película? Ah, sí, yo pagaría por ella. Me siento de mala gana, tratando de ignorar lo mejor posible al estorbo sentado cómodamente a mi derecha que se dedicó a comer en silencio durante los créditos, acción que agradecí, pero mi paz no duró demasiado. De un momento a otro, mis manos empezaron a picar y sentí adormecidos los dedos de mis pies. Definitivamente el cambio de medicamento había sido un fatídico error. Trato de ignorar aquellos efectos secundarios pero mientras la película avanzaba, mi situación también lo hacía. Miro a Amber comer por su cuenta nuestro pedido y de repente mi vista cae en su falda. La película estaba demasiado aburrida como para tomarla de distracción, ahora estaba prestando completa atención a cómo comía palomitas por puñados, sin ninguna delicadeza. — Ojalá lo que te estuvieses metiendo fuera algo más grande —le susurro, dejándola paralizada a medio masticar. Me mira estupefacta y me apoyo un poco en ella. — Lo siento, pero desde que te fuiste a Francia no hemos tenido tiempo a solas —explico, mirando un poco por su escote—. No soy de cartón ¿Sabes? Su mirada era de pura incredulidad, simplemente termina de masticar y vuelve su rostro a la película, sin siquiera molestarse en darme una respuesta. Veo la corta falda que viste, la que deja al descubierto sus largas piernas contorneadas que me dispongo a tocar hasta que me propina un fuerte golpe en la mano. — ¿Qué diablos pasa contigo? —masculla molesta— ¿Tienes ganas? Entonces mira porno. Vuelve a la película ahora mucho más enfadada y me doy por vencido. Si ella dice no, es un no. Suelto un suspiro y trato de acomodarme en la butaca. — ¿Problemas de calentura? —susurra una voz masculina a mi lado, cargada de diversión— Qué pena. Hago una mueca de molestia, sin siquiera prestarle la más mínima atención. — ¿Conoces el porno? —continúa— Patético. Le volteo a ver lleno de molestia. — ¿Te tengo que recordar quién te ha traído? —mascullo por lo bajo— Cierra la jodida boca. Suelta una risa discreta con el popote de su refresco entre los dientes. Ahora estaba de peor humor. — ¿Por qué no te abres conmigo Andy? —suelta, sin intención de dejarlo ir— ¿Buscas porno? Te puedo prestar una de mis cuentas, puedes masturbarte con los favoritos y así estrechamos lazos. Me limito a fingir que no le he escuchado. — ¿Vas a ignorarme? Trato de que seamos amigos. Continúo con mi tarea. — Yo también puedo aburrirme, Andy, no hagas nada que te traiga arrepentimiento en el futuro. Tomo un par de palomitas y me las como con tranquilidad. — Oh, vamos a jugar de este modo, entonces... Vous l'avez voulu, Andy.* *Tú lo has querido, Andy. Frunzo el ceño ante su comentario en francés, dispuesto a exigir una inmediata traducción hasta notar la presencia de cierta mano deslizándose sutilmente por mi muslo que casi me hace atragantar. Era un toque juguetón de sus dedos que fingían caminar por la longitud de mi pierna. ¿Qué diablos...? Aparto su mano con el ceño fruncido y sin hacer mucho escándalo. Me cercioro antes de cualquier cosa que Amber no nos preste ni la más mínima atención para luego voltear hasta ese tipo y mirarle airado. — ¿Qué estupidez crees que haces? —gruño. Alza sus manos en son de paz, fingiendo inocencia, y le lanzó una última mirada antes de volver a ver al frente. Ian se recuesta en su asiento, lejos de la mirada de Amber, y luego se inclina un poco en mi dirección. — ¿Por qué estás tan agitado? —susurra, acariciando con su dedo índice el dorso de mi mano que sostiene el vaso en el apoyo de la silla— ¿Nunca te habían tocado así? Apreto la mandíbula, negándome a responder o hacer algún movimiento brusco. — Lo dudo, Amber debe tratarte bien —prosigie— Entonces, ¿qué es, Andrew? ¿Tienes miedo? Me volteo ligeramente, quedando frente a frente, con la punta de nuestras narices casi rozándose por un centímetro. — ¿De qué supones que tengo miedo? —espeto. Ian baja sus ojos verdes iluminados solo por la irregular luz de la pantalla a mi nariz. — Miedo de que te guste, por supuesto —responde, sacando su lengua y propinandome un delicado toque en la punta de mi nariz, poniéndome alerta de inmediato. Vuelvo a la pantalla, hacia esa película que había decidido ver como a mi favorita desde ahora, pero que, al parecer, no me dejaría disfrutar. Ian apoya su cabeza en mi hombro, bebiendo de su refresco como si fuese lo más normal del mundo, pero deslizando su dedo desde mi dorso hasta mi muñeca, pasando sobre mis pulseras hasta desaparecer al final de mi codo, recorrido que me hizo tragar grueso más de una vez. Volteo hacia Amber y noto como ahora come más lento, con la mirada tan prendida en la pantalla que sus ojos se notaban cansados. Quería sacudirla y pedirle que saliéramos pero no podía simplemente decir "Oye, ¿sabes qué? Tú hermano mayor me está metiendo mano, vámonos." sería una dura muerte a mi orgullo. Aquella escurridiza mano vuelve a escabullirse hasta mi muslo, esta vez recorriéndolo con suave deleite, dando especial énfasis en las zonas rasgadas de éstos donde descaradamente introducia sus dedos y tocaba mi piel. — Lindas piernas —halaga, llevando sus labios a mi oreja. Vuelvo a tragar grueso—; encajarán de maravilla sobre mis hombros. Mis labios se presionan en una delgada línea. Sí que tiene una boca audaz ¿Quién se cree este tipo? Maldecia constantemente su existencia en mi mente, pero era solo para ocultar las grietas de mi cordura. Algo estaba saliendo mal, yo también soy un hombre, puedo apartarle fácilmente, entonces, ¿por qué sigo tratando de ignorale? ¿Por qué miro constantemente a Amber para asegurarme de que no se entere? Su mirada me estudia en silencio mientras su mano sube bajo mi camiseta, tanteando mi disponibilidad a lo que se preparaba a hacer; para mí mala suerte, mi cuerpo no respondía como yo quería y eso le dió la victoria a mi oponente. Sus labios fríos se pegan poco a poco a mi cuello, haciéndome cerrar los ojos ante el efecto de sus caricias húmedas llenado mi piel ardiendo, aliviando aquella sensación de incomodidad como un remedio sutilmente morboso que se acompañaba de su mano navegando hasta mi entrepierna. Amber se mueve a mi lado, haciendo que de inmediato empuje con mi hombro a Ian y ponga sobre aquella mano el contenedor de las palomitas, carraspeando un poco, fingiendo ver con actitud crítica aquella absurda escena. — ¿Te la vas a comer? —pronuncia mi novia, señalando las palomitas. La miro con cierto nerviosismo. — ¿El qué? Ian suelta una ligera risa a mi lado. — Las palomitas —responde con obviedad— ¿Te las comerás? —niego, permitiendo que las tome— La película está muy aburrida —se queja, apoyando su mejilla en su mano. Ni siquiera le presté atención. Con sutileza aquel tipo se inclina un poco y sus labios se cierran sobre mi desnudo cuello con mayor deteminacicion y técnica que antes. Doy un respingo en mi asiento y aprovecha mi guardia baja para deslizar sin miedo su mano bajo mi camisa, subiendo y acariciando todo mi torso lentamente hasta llegar a un punto sensible que roza con la yema de los dedos, aprieta y pellizca. Cierro los ojos y siento como mi cuerpo empieza a calentarse. — Para —susurro—, esto está yendo demasiado lejos. Recordé la presencia de Amber y entreabri mis ojos, notando que ella ahora tenía sus párpados totalmente cerrados. Me maldije mentalmente por la descarga de morbo que experimenté al ver que se había quedado dormida, a mi lado, totalmente ignorante a aquellas manos que exploraban mi cuerpo sin miedo alguno. — ¿Soy yo o te estás poniendo duro? —murmura, tirando con sus labios del arco de mi oreja— Es muy alagador de tu parte. No, no, NO ¡NO! Mi pulso estaba acelerado, mi cuerpo no respondía a mis deseos y no podía dejar de suspirar ante el tacto de sus manos sobre mí piel y su boca comiéndose a mordiscos mi cuello. Mi cabeza iba a explotar. Lucho por encontrar el camino de salida de ese bucle de erotismo que inunda mi mente, pero se me hace más que imposible encontrarlo; caigo y caigo en un laberinto que derriba mis barreras en donde sus expertos dedos surcando mi piel y su boca chupando lentamente mi cuello son la tortura más placentera que he experimentado. Casi sin quererlo, un suave y profundo gemido abandona mi garganta y se pierde junto a las voces de los actores de la película de la cual ya había olvidado hasta el nombre. En la oscuridad de mis párpados cerrados, la visión de aquella señora con su gata panqueca en las escaleras se repetía como un recuerdo de mi maldición, hasta que de repente recordé mi medicamento nuevo. Abro los ojos con la respiración un poco agitada y me pongo en pie bajo la atenta mirada de Ian, a quién miro entre jadeos, notando que bajo su pantalón se marcaba el producto de nuestros manoseos. No me demoro más, salgo de la sala tratando de mantener la compostura y me refugio en el baño justo cuando el último individuo sale, lo que aprovecho para salpicar agua en mi cara buscando recuperar la lucidez. Estaba completamente irreconocible, con las mejillas rojas del calor y sutiles marcas de besos y mordidas en el cuello. Dejo caer mi cabeza entre mis brazos apoyados en el lavabo y niego. — Mierda, estoy tan caliente —suelto con la voz agitada—. Maldito medicamento, maldita bruja y maldito gato. Mi m*****o dolía dentro de mi pantalón, debía deshacerme de ello lo antes posible o corría el riesgo de abrirme el cráneo contra la pared debido a la frustración. Me giro dispuesto a entrar en un cubículo hasta que la puerta se abre dejando entrar a un Ian un poco sonriente a la habitación. Sus ojos se prenden en los mios y camina a grandes zancadas hasta tenerme cerca y así sujetar la parte posterior de mi cabeza, juntando nuestros labios en un intenso beso. Su lengua se abre paso entre mis dientes y abro mi boca para darle paso absoluto a mi cavidad bucal, enredandonos sin control, invadiéndome con una mezcla de experiencia y dominio que erizó mi piel. No pude negarme más. Enredo mis dedos en su lacio y alborotado cabello, tirando de él y acercándolo a mí para profundizar el beso. Sus manos no eran para nada dulces sino desenfrenadas, tocando a su antojo mi cuerpo, apretándome y pegándome descaradamente a su pelvis. — Adentro —pronuncia entre nuestras bocas antes de tomar mis caderas con firmeza y me conducirme hasta dentro de uno de los cubículos, poniendo el pestillo tras nosotros. No deseaba separarme de él pero mi cuello empezaba a resentir nuestra diferencia de altura; para mi suerte, no estuvimos mucho tiempo más de pie ya que le empujé hasta dejarle sentado en el inodoro con la tapa abajo. Rápidamente me acomoda sinvergüenza sobre su regazo, apretándome hacia él. — Dieu...Andy. Je veux baiser³ —murmura en francés, lo que extrañamente logra ponerme más caliente aún. ³ Dios, Andy. Quiero follarte. Estaba en mi límite, los besos ya no calmaban el incontenible deseo que me fundía el pecho, necesitaba más. Su respiración era igual de errática que la mía pero aquel toque de superioridad no podía ser opacador por sus ganas, incluso mientras su mano habia empezado a tocarnos para aliviar la urgente calentura, sus comisuras se levantaron marcando en sus mejillas un par de hoyelos. Mi cabeza daba vueltas, era como si mi parte inferior tuviera vida propia y se sintiera completamente a gusto con la estimulación mientras mi cerebro podia derramarse en cualquier momento de mi cráneo. Me apoyé en el hombro de Ian con los labios entreabiertos por un tiempo que me pareció eterno, su aroma era mucho más embriagnte ante su respiración agitada, haciéndome creer que podia morir felizmente en su abrazo. De repente, una sensación que echaba de menos me recorrió por completo, aliviando aquel cosquilleo incómodo que me torturaba. Pero mi cuerpo no parecia querer acabar ahí a pesar de físicamente haber terminado. El puro calor y la desesperación me hizo despegarme de él y bajar de sus piernas por puro impulso. Me arrodillé entre ellas con la vista desenfocada y las manos en sus rodillas separadas. — Bon appetit —murmuró, desabrochando su pantalón. Sus palabras a penas llegaron a mis oidos para cuando, como si alguien hubiese sonado un gong en mi oido, cualquier rastro de confusión se disipó ante la dimensión de la imagen que mis ojos captaron. Su mano no habia dejado su tarea, incluso le vi aumentar el ritmo mientras mi rostro se ladeó un poco, escéptico. Estaba estupefacto, hubiese deseado tener un par de gafas para poder acomodarlas y asegurarme que todo era real y no un producto de mi muy dañado autoestima que tendia a ver más verde la grama en casa del vecino. Con mi calentura anterior siendo reemplazada por la incredulidad y mi herido ego, abro los labios para exigir pruebas contundentes, pero los pensamientos de mi cuñado y los míos no estaban sincronizados; yo quería que lo hablaramos como caballeros, él se vino en mi rostro. El líquido se desliza casi involuntariamente por el puente de mi nariz hasta llegar a mi barbilla, donde gotea sobre mis manos, pero a la persona frente a mí poco le importó este detalle ante la magnífica sensación que seguro le invadió; simplemente me miró con una sonrisa ladeada y los ojos entrecerrados por la satisfacción. Ian suelta una suave risa ante mi inmovilidad y la segura palidez mortal de mi piel, y se inclina hacia mí, tomando un poco de papel para empezar a limpiar mi rostro, haciendo especial enfasis en mis pestañas. No dije nada. Habiéndome limpiado, me mira por un segundo para asegurarse que todo estuviera en orden para luego acunar con sus manos mis mejillas y depositar un beso en la punta de mi nariz. — Tu es à moi, Andy* —susurra. ¹ Tú eres mío, Andy. El sonido de aquellas palabras en francés funcionaron como una patada directo en el abdomen. Me habian devuelto a la realidad. Mi cuerpo temblaba por la ira contenida y le miré fijamente. Justo cuando mis manos se alzaron para sacarle los ojos, mi vista cayó en mi reloj de muñeca. — Mierda —suelto, poniéndome en pie para arreglar mi ropa y luego salir hasta el lavabo, en donde lavo mis manos y enjuago mi rostro. Mientras estaba en lo mío, escucho a Ian también salir y luego noto como un par de brazos rodean mi cintura, haciéndome fruncir el ceño. — Chéri...—arrastra las palabras con un toque empalagoso. *Cariño. Mi desagrado era palpable, por lo que no di muchos rodeos antes de salir de su abrazo, negando en el proceso. — No sé nada sobre el francés, así que realmente no me importa —suelto, secando mis manos con el papel. Se le escapa una risa con cierta incredulidad. — ¿Vamos a fingir que esto no pasó? Un poco infantil luego de que ambos estábamos cómodos hace un rato —señala. — No —respondo con firmeza—. Lo que ha sucedido es gracias a los efectos secundarios de mi medicamento; algo asqueroso e incómodo, si me preguntas. Así que vamos a pasar esta desagradable página aquí y tú —espeto, presionando mi dedo en su pecho— seguirás siendo el mismo estorbo hasta que me case con tu hermana y te demos muchos sobrinos que te joderan la vida, ¿entendido? —frunce el ceño, dispuesto a objetar, pero le interrumpo— ¿ENTENDIDO? Me mira fijamente apoyado en la puerta del cubiculo y es una sonrisa inocente su única respuesta. Bufo de mala gana y salgo del baño con una manos frotando toda mi cara ante la reciente sensación extraña que me invadía. Estaba tan absorto en comprender lo que habia sucedido que un golpe en mi hombro me sorprende tanto que doy un respingo antes de notar a la molesta Amber frente a mí. — C-corazón, yo... —empiezo, pero la aparición de su dedo medio justo frente a mí silencia cualquier excusa. — No me llames, Andy —masculla antes de dar media vuelta y marcharse enfurecida. La veo salir del cinema y suelto un pesado suspiro. — Creo que dijiste algo sobre tener hijos en el futuro —pronuncia Ian, con aquel rastro de diversión que tanto odiaba—, espero de todo corazón que los míos te hayan caído bien hoy, Andy. Levanto la mirada como un halcón para poder mirarle con la ira que derribó miles de imperios, acercándome lentamente a él con el fin de estrangularle. — Voy a matarte —mascullo— ¡Voy a matarte! Su risa resuena en mi cabeza como una sirena de alerta, una sirena que solo escuché cuando ya era tarde. ¿Qué diablos acabo de hacer con el hermano de mi novia? ~~~~•~~~~
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD