El movimiento hipnótico del vehículo y el agotamiento que me carcomía los huesos me tenían al borde del sueño, pero cerrar los ojos era una rendición que no podía permitirme. No aquí, en esta jaula de lujo donde cada respiración de Faruz resonaba como un recordatorio de mi cautiverio. A mi lado, Faruz estaba sumergido en su móvil, con sus dedos deslizándose sobre la pantalla con una naturalidad que resultaba obscena, nauseabunda. La luz azulada del dispositivo iluminaba sus facciones, acentuando la cicatriz en su rostro. Dos de sus hombres completaban este infierno móvil: el conductor, con mirada dividida entre la carretera y el espejo retrovisor donde sus ojos se encontraban con los míos en breves, como aterradores instantes; y el otro, sentado al lado del conductor, escaneando cada somb

