Los días siguientes a mi regreso se convirtieron en un encierro voluntario. Mi habitación era el único lugar donde podía fingir que respiraba, aunque cada inhalación me supiera a mentira. El miedo era un animal vivo en mi pecho, despertándome con sus garras cada vez que alguien se acercaba a la puerta. ¿Sería él? ¿Habría vuelto para recordarme lo que soy? Su propiedad. Pensaba. Todos habían tragado su farsa completa. Mi propia familia, que creían conocerme, miraban a Faruz con una gratitud que me hacía hervir por dentro. Cada vez que alguien mencionaba "ese acto de bondad" o "cuánta suerte tuviste de que él te encontrara", sentía cómo la repulsión me invadía carcomía. Yo, que siempre había despreciado las mentiras, ahora vivía sumergida en la más grande de todas. Las noches eran lo peor.

