—Con la nueva maquinaria que Zafiro ha gestionado, los laboratorios estarán operando el próximo mes —anunció mi abuelo con esa voz cargada de ambición que tanto me repelía. Faruz deslizó sus dedos por el borde de la copa, como si acariciara el filo de una navaja.— La eficiencia es lo único que me interesa, Abraham. ¿Un mes? No me opondría a que tomaran dos —su tono era tranquilo, pero cada palabra medida como un movimiento de ajedrez. —Puede parecer precipitado, pero no lo es. Tres turnos trabajan sin descanso —replicó mi abuelo, y ese orgullo en su voz me hizo querer huir de la mesa. No soportaba escuchar sobre sus negocios, no cuando el dolor por la despedida de Benet aún me ardía en el pecho como una herida abierta.— Confía en mi criterio. Me lo agradecerás cuando tengamos el mercado

