—Sabes que puedes contarme cualquier cosa —dijo mi madre, arrancándome de mis pensamientos. Pero no podía hacerlo. No podía confesarlo. No podía pronunciar en voz alta cómo Faruz había irrumpido en mi habitación, cómo sus manos habían convertido mi cuerpo en un territorio conquistado. No existían palabras para describir los horrores que escupió sobre la memoria de mi padre, ni la fría promesa de que haría conmigo lo que quisiera antes de destrozar lo que quedara de mí. Menos aún podía revelar cómo sus labios habían profanado los míos, violentos y posesivos. Si ahora estaban hinchados y sensibles, no era por ninguna alergia sino por la brutalidad de su beso. O que su nombre, estaba grabado en mi carne como una marca de propiedad. El peso de esos secretos me ahogaba, pero permanecían ence

